domingo, 15 de abril de 2012

(Memorias de un pequeño melómano, continuación)





           Grasa y aceite desparramados por los suelos; es por fin lunes, un lunes, maquinaria en pleno funcionamiento, dependiendo de que un sólo hombre, una personita, la deje limpia y bien aseada. El sudor se me derrama sobre la frente, es agua que no me gusta. Surgida de un  esfuerzo diario y desagradable. El cubo, lleno de pequeñas olas negruzcas, recibe al cepillo casi como tragándolo. Dentro, esta toda la suciedad del monstruo condensada en un liquido viscoso.
            Ya es hora de que el conductor me suplante, mi próximo objetivo son los baños. ¡Vamos, vamos! ¡Rápido, rápido!, a lo lejos la gente va y viene. ¿El lugar tiene que estar presentable? no hay problema. Vienen y van. No se a donde, siempre tienen prisa, es un denominador común. Y cuando he fregoteado bien los lavabos me digo: no hay otra estación igual de aseada, ni lugar más limpio. Y pienso entonces en la casa del pueblo... Y vienen y van, las personas. Y los árboles, los pájaros..., pienso en todos ellos. Vienen, nadie me mira pero yo observo al gran reloj. Es hora de irme, y es que no se imaginan ustedes cuan rápido se puede pasar una mañana....
            Al preparar mi marcha a casa, una mano se apoya en mi hombro.

            - Cada día eres más eficiente, pero acabarás agotándote. Mira, ayer llegó ese amigo tuyo y me dio esto para ti, creo que es lo de costumbre. Me lo hubiera quedado sin decirte nada, pero tienes la suerte de que no tengo dónde ponerlo. Por cierto, ayer saliste antes...

             - Tenía que ver la lluvia. - contesté.

            - Si, claro. Anda ve...

            Y me fui. Mi jefe de sección es un tipo amistoso, algo corpulento y de mirada cejuda. Me cae bien, pero él no tiene los mismos gustos que yo. Siquiera uno coincide. No importa, yo se que no he mentido aunque no lo crea. De camino a la salida de la estación, el Sol anunciaba ya el mediodía. ¿Qué sorpresa me dará mi amigo, tan melómano como yo? Una notita, pegada a un envoltorio que sin duda esconde un disco en su interior, me manda un mensaje suyo. “Éste no puedo regalártelo, escúchalo y ya me dirás si quieres comprarlo. Aclararemos el precio dentro de un par de días...” Una vez llego a la gran plaza central, me siento en el primer banco que veo y trato de abrir con cuidado y con mimo, el papel que protege al disco. Mis ojos se maravillan al contemplar un disco doble lleno de sonatas de Beethoven. Y ya nada importa, salvo llegar a casa y escucharlo para poder alejarme de esta ciudad, sin moverme del sillón. Como si de saborear un triunfo se tratase, no cruzo la plaza para enfrentarme a sus diabólicos tranvías, la bordeo, tranquilo, sosegado, mostrándome como señor sobre la acera, como demostrando a la urbe que no me asustan sus calamidades. Solo, solo como siempre, me dirijo a casa en el coche a raíles que, debido a la distancia, me veo obligado como de costumbre a usar. Ni siquiera me molesto en descubrir los rutinarios gestos de los pasajeros, ya no me importan. Todo aquello que centra mi interés, lo llevo bajo el brazo. Un giro desprovisto de fortuna, lanza a algún pasajero hacia el lateral, donde yo estoy. El disco es apretado contra mi pecho y un sufrimiento interno, desmedido, como el que sufre un niño al serle arrebatado su juguete preferido, se apodera de mi. Pero no se exterioriza; por suerte, no pasa nada y el tranvía continúa con su loco camino. Se suceden las disculpas y yo asiento con la cabeza. Por fin, mi parada. Me lanzo a la superficie de adoquines poseído por la urgencia y no me detengo hasta entrar en la panadería de siempre. Porque hay que comer, aunque no se necesite mucho. A estas horas, la gente se agolpa en colas cuyas sombras, forman manchas bajo sus zapatos en el suelo pedregoso; menguan por la incidencia del Sol sobre nuestras cabezas. Ya es mediodía y yo me pregunto: ¿Siempre tienen que esperar hasta ultima hora para venir a comprar?, yo no tengo opción, ellos si. Declina mi ofuscación por la tardanza al observar a madres acompañadas por sus hijos hambrientos, recoger el pan de cada día con las manos ensuciadas por  las máquinas o rojas de tanto lavar. Bajo la cabeza y me avergüenzo de mis pensamientos. El disco, sujeto bajo mi axila, cobra ahora un extraño peso inusitado.

            Las calles mantienen firmemente la suciedad casi como un derecho. Aquí el agua no limpia, muestra. A veces, cuando traía a algún amigo a mi pensión en mis tiempos de estudiante, miraba a su alrededor con ojos de búho. Sin duda nunca antes vieron tantas miserias juntas, y no es que ellos fueran de alto nivel social. Pero la pobreza que trata de esconderse, de no mostrarse por miedo a ser descubierta, llama más la atención, por extraño que parezca, a los ojos inhabituados a contemplarla. Pues bien, aún cuando aquí se presume ante el extranjero de bienestar social, una simple vueltecita por estas calles daría al traste con cualquier argumento. En este nuevo siglo, las maquinas han impuesto su ley más poderosamente que cualquier ejercito bien armado, no hay más que oír los suspiros que exhalan las personas de día y los gritos de la noche, voces, surgidas del interior de las tabernas y de los rincones ocultos. La única forma de escapar, quizá, está insertada en botellas de cristal. La violencia que de vez en cuando asoma ante la luna es, a veces, terrible y clara. Aquí las pasiones se desatan mejor que en cualquier sobrevalorado drama y sin embargo, sobrecoge la valentía que les impulsa a seguir hacia delante. Puedes, reír en una esquina y llorar en la siguiente, de manera insólita. Yo me digo que en verdad todas estas realidades resumen a nuestra especie y es eso mismo lo que están matando con sus raudos progresos.... Llego a mi portal, una rata de tamaño descomunal se ha detenido frente a mi puerta, a su lado y extendida por el frío suelo, una mano emerge de dentro de unos bultos mugrientos y la aleja esgrimiendo un palo tras proteger una oblonga caja, ávidamente, y ponerla a salvo de ojos extraños, a salvo  dentro de uno de esos lugares ocultos en sombras.
            Subo las resbaladizas y húmedas escaleras de mi pensión con una sensación de estupor ante semejante espectáculo. Aquello ha rebasado ya mi límite de aguante. Es inhumano. Yo necesito refugiarme y salir de aquí.
            No bebo gracias a lo que veo todas las noches, pero me emborracho de música. Es lo único verdadero que aquí poseo. El gramófono, protegido por una tela verde, se halla bucólicamente asentado sobre su mesita de al lado de la ventana.
            Coloco el disco, y las melodiosas cadencias del piano surgen como brotes tiernos, pronto crecen, maduran y revolotean por los tejados junto a las palomas, junto a las humeantes chimeneas. Las nubes, liberadas del agobio que se respira aquí abajo, continúan con su lento transitar a lomos del viento. La intimidad de los objetos me es desvelada en cada compás, en cada corchea, y me abandono ante pensamientos sin principio ni fin... (…)



            Mi pueblo natal se halla a la ribera de un río y los niños jugábamos y reíamos en él cuando terminábamos de ayudar a recoger la siembra. Las casas, pintadas mayormente de blanco con su imagen de madre protectora, nos esperaban tras la caída del Sol, bajo el horizonte enrojecido y tras la meseta plana. El anaranjado cielo era inalcanzable y la llanura se extendía por todas partes hasta que los lejanos y apaisados montes, cerraban la línea del horizonte. Cerca del río se podían escuchar los últimos cantos de los pájaros, entre arboledas e hileras de plantas que terminaban combándose en la dirección del agua por efecto de la corriente. Un viejo puente hecho de madera y hierro gemía ante el ulular del suave viento del atardecer. Aún puedo ver a mi padre pescando allí, en la ribera, junto a los demás hombres, y allí se pasaba horas y horas para descansar de una mañana de trabajo... Waldstein, la maravillosa pieza de piano, hacía tiempo que había dejado de surgir de la mecánica aguja. Todo era ya, paz y sosiego de espíritu. Y yo estaba medio dormido, completamente reparado de mi vida ajetreada. Esto era bueno. La noche guarnecía a  la ciudad y unas enormes nubes ocultaban la luna.
            Y de nuevo, un susurro.
            Luego un quejido; después, un lamento hecho música que crecía y crecía hasta hacerse sentir y surgiendo de entre las calles, del rincón mas oculto; y daba vueltas cerca de las estrellas, muy cerca. Para de nuevo, regresar a su rincón perdido, que estaba por todas partes. Era otra vez aquel sonido, aquella música que ésta vez, escuchada con atención, vertía sobre las penas del mundo, la paz y el consuelo mejor que cualquiera de las imitaciones circulares que yo atesoraba. Era real porque era el artista manifestando que estaba allí y que nunca podrías alcanzarlo. Miré por el hueco de la ventana y no vi nada; escudriñé con ojos llorosos todo lo que éstos me permitían ver. Silencio. En sólo un instante me arrebató, como un enemigo furioso, la noche y me robó la calma.
            Sin duda la odiaba, llegué a odiar esas melodías como se puede odiar a algo que respira y ataca. Sentí que me desafiaba. No sabría explicar por qué. Quizás porque en ese momento me quitó lo único que me hacía ser distinto de todo aquello que yo normalmente detestaba.
            Estaba allí otra vez.
            Y no cejaba  de sonar un instante.
            Aquello no era bueno, no lo era. Nadie tocaba así, nadie toca así. Nadie que sea normal. Sonaba voluptuosa pero también irascible y cuando no, melancólica y triste, aquella música. Una sola cuerda sin acompañamiento desafiaba todas las reglas conocidas y se burlaba de mí. Me indicaba su superioridad mirándome por encima del hombro.
            El Mesías de Handel se escurre entre mis dedos y queda colocado debajo de la aguja. Aún no es tarde. Puedo reparar el daño que ha cometido. Los coros y arias lanzan bocanadas de notas sin cesar, tapando con su vigor el rastro de mi adversario. Hasta que cesa por completo. Hasta que el Hallellujah final lo eclipsa todo, hasta el éxtasis.

            Claramente, un ruido y unas voces me sobresaltan. Luego unas risas.
            Detengo la música y el silencio reina por todas partes, se hace dueño del espacio. Pronto, las risas se alejan calle abajo y el sonido, como de un saco cayendo, precede a unos ininteligibles lamentos. Extrañado, decido bajar y lo hago de prisa. En el rellano de la escalera todo es oscuro y tengo que abrirme paso a tientas. Siento como una puerta se cierra no lejos de mí y me creo observado por ojos curiosos e inquisidores. No me importa. La calle ya está ante mí. No está iluminada porque nunca funcionaron las espitas de gas en las farolas. Si bien la luna se presta a bañarnos con su luz nacarada, liberada ya de los nubarrones; sus tonos azulados reflejan las paredes de piedra y un aspecto fantasmal  lo abarca todo. Entre los agujeros de la calzada, los pequeños charcos semejan espejos. Y yo vuelvo a sentir el frío.

            De la inmundicia surge un cuerpo que solloza y respira, su pelo enmarañado oculta su rostro. Puedo ver sus ropas raídas mezclarse con la basura. Una caja oblonga, que me parece haber visto antes, oscila descuidadamente por el suelo con peligro de caer por una pendiente, calle abajo. Unas manos callosas sujetan con amor un objeto de madera roto, que brilla a la luz de las estrellas. Pendiendo está de él, la cuerda mágica; ahora es mucho más pequeña; ya mucho menos importante. Una cabeza se gira y unos rasgos extraños lloran palabras que yo no entiendo, pero sus ojos negros de una pureza inconcebible me miran serenos aún a pesar del dolor, destacados sobre largas trenzas de oscuro pelo.
            Es su humildad lo que me derrumba, su humildad y un sentimiento de impotencia y vergüenza. Así quedó grabada la nítida imagen en mi mente. Así me golpeó, bajo la claridad de la luna oronda, que se elevaba aislada, acechada por ciclópeas nubes.
    
     

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