jueves, 12 de abril de 2012

No he dado aún tres pasos en el jardín cuando me encuentro de frente con un hombre que camina sofocado: un montón de hojas bajo el brazo. Le saludo, entonces se detiene en seco.

-          ¿Ha visto usted a Messer? – le pregunto. Parece dudar, por fin responde.

-          He estado con él ahora mismo.

Sonrío, por su aspecto diría que ha debido hacer descubrimientos interesantes. Bienvenido al club, amigo.

- Entonces no le molestará si tomamos algo dentro de la casa, soy un viejo amigo de su dueño y desearía esperarle. Además, me he tomado la molestia de traer un vinito…

            - De acuerdo, no me vendría mal calmarme un poco… me encuentro algo alterado.

            - No se hable más.

            Cuando entramos la casa está en penumbra. Silenciosa. Acomodoun par de sillas y me entretengo con un abridor de botellas.

            - No mentía.

            - ¿El qué…?

            - Messer, cuando dijo que había ocultado fotos y cualquier cosa comprometedora.

            - Ah, ya…

            Descorcho la botella y sirvo un par de copas.

            - ¿No le parece un poco raro todo eso?

            Parece realmente interesado en dar con algo, aquel hombre mira arriba y abajo como si fuera una costumbre.

            - Sus motivos tendrá. Por cierto, aún no me ha dicho su nombre.

            - ¿El mío?, Greenberg, periodista.

            - Entonces yo omitiré el mío. – Respondo. – Por motivos personales.

            Le miro fijamente y le pregunto.

            - ¿Ha estado en la biblioteca, la ha… uh, visto?

            - Tiene allí sus obras al completo.

            - Esa biblioteca no, hombre – y señalo con el dedo – me refiero a la otra, ¡la de abajo!

            - Claro, esa… no hacía falta que gritara.

            No puedo evitar reír por dentro, la tentación de ser melodramático ha sido superior a mis fuerzas.

            - Ja, ja, ja… no se preocupe, ¿lo ve? Ya no somos dos extraños. Brindemos.

            Observo divertido cómo se bebe media copa de un trago. Luego dirijo mi atención al montón de hojas.

            - Hoffmanniana… al final lo hizo.

            - ¿Cómo dice?

            - Messer siempre quiso juntar cierto tipo de relatos e historias de su juventud bajo un mismo título.

            - No parece haber nada de raro en eso.

            - Mire, la primera historia aún la recuerdo, pero parece corregida. Debía correr el año 2000 o 2002 cuando…

            - Entonces, ¿la ha leído?

            - La he leído todas, salvo que haya alguna nueva… Memorias de un pequeño melómano, oh, qué tiempos. ¿Es usted seguidor de la obra de mi colega?

            - Pues para serle sincero no. He tenido que sustituir a un compañero, de todas formas, yo era el que estaba más cerca.

            - “El que estaba más cerca”, menudo pragmatismo el suyo. Si quiere leemos juntos el libro. Puede venirle bien para lo que sea que haya venido a parar aquí. Ésta historia tiene un poco de todo: hay quien incluso ha encontrado rasgos proustianos en ella. Pero generalmente se trata de historias góticas, macabras y fantásticas. Serviré de nuevo un poco más de vino… así. Veamos, hum, supongo que al menos le gustará la música. Bien, comencemos…




MEMORIAS DE UN PEQUEÑO MELÓMANO




                                              
            Pocas veces, mientras uno camina, suele observar las calles tras la caída de la lluvia. Nos perdemos así mil y una texturas, reflejos y variedades, que de ningún otro modo apreciaríamos en otro contexto. Acuden a nosotros los pequeños y sinuosos riachuelos que transportan entre los adoquines, una inusual mescolanza de residuos y objetos que serpentean por los diferentes surcos y caminos formados por el agua: Aquí, una colilla de cigarro, viene a caer por la rejilla que da a parar a las cloacas, (triste viaje incómodo el suyo), allá un transeúnte se aparta de su camino, con la ayuda de un pequeño salto, para no ensuciarse porque un envoltorio navega inexorable debajo de sus pies, hacia el final de la calle, perdiéndose de vista.

            Tal vez llegue al puerto de la ciudad, ¿verá ese papel inmundo e insignificante mundos que yo nunca conoceré, una vez se embarque en el mar? Y ya una vez pensado esto, no puedo evitar que la imaginación, a mí, se me dispare, así pues, ¡buen viaje a ambos!
            Buen viaje.
            ¿Es que, acaso jamás pensaron divertirse sin necesidad de reír o actuar?  Soñar despierto ayuda a sobrellevar la soledad y yo haré de mi camino un sueño.
            ¿No se han preguntado alguna vez si era posible cambiar el mundo?, si uno lo piensa imbuido del ambiente de la lluvia todo parece nuevo, nuevas incluso las ideas. El frescor que le rodea a uno y se adueña de todo lo que usted observa, parece otorgar renovada vida y sentido claro a su existencia, e incluso la sordidez de la urbe se torna llevadera... yo me distraigo pensando en éstas y otras cosas.

            Ustedes dirán: Vaya, ¡qué joven tan raro! y procurarán, con mucha discreción, apartarse de mí, sin ofender, discretamente. No les culpo. Yo no nací en la ciudad, si no que nací en el campo. En un bello pueblo en mitad de un páramo que linda con Andalucía y Madrid. Un lugar de historias corrientes y noches escondidas, porque son tan calladas que parece que vivan con el susto metido en el cuerpo. Allí quedó mi padre, allí quedó mi familia. Un lugar semidormido que me hizo heredar una cierta melancolía de pobre, esto es, la capacidad de ver e imaginar con tranquilidad lo que uno jamás podrá tener. Y sin embargo...
            Observo los escaparates. Muestran como lienzos pintados, la vida exterior reflejada en su superficie; los árboles con un ligero batir del viento, sacuden su exceso de agua al suelo cuando transito bajo ellos. Los pequeños charcos reflejan en sus ondas la distorsión de cuanto les rodea, gentes, perros y tranvías..., pero el basto desenfreno de principios de siglo lo inunda todo de humos, sinsabores y olores desagradables, ¡es la civilización, amigos! Si, es la civilización destructora de ánimos, que lo aprisiona a uno y no le deja libre y no le suelta.

            Semejante perorata me desvía de nuevo al pueblo de mis padres, donde les abandoné a ustedes de mala manera, que tan lejano me parece ahora, con su sosiego, sus eternos silencios; su calor, pero la tranquilidad, ¡ay, la paz, la bendita paz!
            Ya quisieran los habitantes de este infierno de sabores rancios saber lo que es la paz, caminar mirando al horizonte y distraerse ocioso contemplando, tal vez,  el revolotear tranquilo de las aves negras en el cielo...




(Continuará...)

       

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