miércoles, 4 de abril de 2012


                           
                     
         
                                   El maravilloso Johannes “Der Meister”






Junto a una plaza adoquinada y bajo el cielo claro, se abre una calle estrecha que va a parar a una verja.
            Voy para allá. Tras ella, observo un pequeño jardincillo donde los claros y las sombras forman un atractivo puzzle. En su centro y bajando unas escalerillas  de piedra, me espera él.
            Un raído abrigo de tela oscura y una bufanda muy larga echada al cuello; un sombrero de copa algo aplastado y unos zapatos brillantes; en sus manos unos guantes gruesos cortados a modo de mitones, me ofrece una de ellas y se la estrecho con una mezcla de sorpresa y admiración.

- Soy Martin Greenberg, corresponsal del T****, sección cultural.

- Por favor, haga que esto no sea una entrevista al uso, querido amigo.

            Él parece seguir algún tipo de juego interpretativo, una pantomima, metido en la piel de artista extravagante.

- No se preocupe. – Contesto – Me limitaré a tomar algún apunte. No se trata de un reportaje a modo de cuestionario. A nuestros lectores les encantará saber…

- Hablas como todo un profesional ¡quién lo diría! Tú, que pareces tan serio. – Se gira mirando al cielo, lo contempla un instante – Entremos ya.

Un fresco salón me hace comprobar que la casa es húmeda y que toda ella está levantada en piedra. Un sitio acogedor. Entonces comienza a hablar mientras yo le sigo los pasos.

- Los lectores, amigo mío, son insaciables. Agradezco que no me vaya a hacer un cuestionario del tipo: “¿Tiene amante;, o cómo se llama o hace deporte o le gustan las fresas o prefiere las ciruelas; acaso suele salir siempre con hombres o es que es además usted un misógino; cree en la incompatibilidad del hombre y la mujer?”  y así un largo etcétera. Después llegan las trascendentales: “¿Cree usted en dios, qué opina de la guerra tal o cual; la hambruna en el mundo; qué opina de la esclerosis múltiple en los mayores de cincuenta años?” como si el mero hecho de que quedemos todos conformes, nos exima de nuestra culpa por no haber hecho absolutamente nada.  Nada por nadie.

            Se balancea por entre mesas y muebles, diciendo éstas y otras cosas. La luz es ambárica.

- ¿Debería anotar todo esto, usted qué piensa…? - Se vuelve para mirarme, colocándose el sombrero.

- Haga lo que quiera, señor Greenberg. He escondido todas las fotos comprometedoras de mi vida, una hora antes de su llegada.

            Y sigue su camino.

 - …la sala de juegos. Allá el billar. Acá un pinball… que no funciona. 

            Creo decepcionarme por momentos ¿ustedes no? Me viene a la cabeza una frase que podría ser de Groucho: Admiro la obra de este escritor, pero empiezo a no admirar al escritor.

             - Hemos llegado a la cocina. Pero veo que el recorrido no le interesa, no toma fotos. ¿Quiere café?

             - Si, gracias. ¿Considera con lo que dice que el periodismo no le merece respeto?

             - Acerque un par de tazas…,  allí las tiene. No. No, el periodismo cultural amarillista no es nada más que supervivencia. Quiero hablar de mis libros, de mi ya se hablará cuando inscriban mi epitafio en una lápida.

             - Francamente, no me vea usted como un papanatas. Yo leo los libros que comento. De verdad… Me interesa comentarlos. Quiero que la gente los lea…

              - No siga. ¿Ve aquello?

            Se estira. Busca algo en el paragüero ¿abrirá ahora un paraguas? No, ha cogido un bastón.

             - Éste es mi estoque. Fabricado en la baja Sajonia. ¡En garde! ¡Zas! ¡Hum!

            Lo desenvaina y lo blande en el aire, toscamente. Gracias a su estrafalaria indumentaria resulta ridículo. No se que pensar acerca de todo esto.

 - En realidad… lo encargué en una tienda toledana. No moví un solo dedo. Es mentira, moví el índice derecho, así. Emplee Internet, y en un instante ¡Clic! ¡Clic!

            No le respondo. Sucede un silencio incómodo de unos diez segundos. Se pone serio, ¿otra extravagancia más?

             - Trato de darle material. Soy escritor y los artistas, se supone, estamos todos locos. Generando ideas absurdas, de continuo.

             - ¿No se considera un intelectual?

             - Si me invita a una copa de vino y a una fiesta, le mostraré todo lo intelectual que puedo llegar a ser. Coge ahora tu café, agárralo y sígueme.

            Mientras avanzamos de nuevo por un pasillo, sigue hablando e interpreta como un mal actor. 

             - …ésta es la sala de música. Como ves, cubierta en suelo, paredes y techo con madera blanda. Le he barnizado hoy, ésta mañana, así que no podemos entrar. – Se detiene y toma una pausa. – Aquí dejo de ser Johannes Messer por espacio de horas, para convertirme en Johannes Kreisler, por espacio de eternidades. Hablo en términos de lenguaje musical, por supuesto.

            Hay un sillón muy cómodo situado en el centro de la sala. Un piano junto a una ventana y el equipo Hi-Fi. Toda la habitación despide un fuerte olor, a barniz, por supuesto.

- Subiendo esas escaleras, hallará el dormitorio; al estudio se llega atravesando éste patio interior.

            Por fin, pensé. El patio bulle repleto de macetas y plantas. Me tiembla el café en la mano. El estudio está algo desordenado. No es muy grande. Sobre el escritorio un montón de cartas y correspondencia. Unos pocos libros en el estante, todos suyos, para mi sorpresa. Todos sus éxitos editoriales, unos junto a otros. Restos de un bocata (parece dejado ahí encima a posta) un ordenador y un par de montones de películas. Una ventana, que abre al patio interior, ilumina cálidamente, de manera apropiada. Decido sentarme. Él ya lo ha hecho antes.

             - ¿Y bien? – pregunta.

            Llegado ese momento, intento hablar con tacto. No sé si lo consigo.

             - ¿Qué significa todo éste teatro, ésta pantomima? Usted…, usted a quien ya se le incluye en la “Generación Beat de lo fantástico”, ¿pretende hacerme creer que en realidad es un vulgar personaje sacado del tedioso imaginario romántico o siendo más simples, un  friki corriente?

            Algo titiló en su semblante.

             - ¿…Generacion Beat, dices? ¿Ahora se valoran así esas basuras que defeco a modo de telegrama postmoderno? Un poco de respeto a la Generación Beat, no todo lo que hizo fue tan malo. ¿Y esas historias callejeras… de adolescentes… a qué te crees que responde toda esa correspondencia? No hay ni uno sólo de mis libros sobre ése género que no haya resuelto gracias a una charla animada en torno a un café o un jugoso bocata de calamares. Tengo muchos negros, amigos eficientes, para esas cosas. Ellos me dan las ideas, yo les doy la forma.

            Me cuesta asimilar lo que estoy escuchando.

             - Son los libros que no publicamos los que guardamos con verdadero amor. Ven, te enseñaré un secreto.

            De nuevo en el patio interior. Pero lo que parece un trastero para guardar útiles de jardinería, esconde una trampilla muy bien disimulada. Sorbo un poco de café. Aún está caliente.
            Desciendo junto al escritor por una escalera cavada en la roca viva. Muy profundo. Muy profundo. Johannes Messer, “Der Meister” para su legión de fans, me precede en ese camino obscuro, junto a su risa ¿Irónica? ¿Cínica? Que me hiela la sangre. Un chirrido y una luz muy débil hacen aparecer un farolillo. La piedra húmeda se  hace visible en un degradado brillante.
            Una bóveda se ha abierto ante nosotros. Hay por todas partes puertecillas que apuntan hacia lugares desconocidos.

             - No se sorprenda tanto. Un antiguo canal sin usar que ahora usamos nosotros.

            ¿De qué habla?
            A pocos pasos hay una pequeña embarcación, parece que vayamos a remontar un río. Más bien se trata de un lago cubierto, oculto bajo las casas que hay más arriba. Subimos a la embarcación. Pende de su proa otro farolillo que Messer se apresura a encender. Entonces nos deslizamos sinuosamente sobre el agua.
            Mientras rema bajo aquella magnificencia abovedada, “Der Meister” canta una antigua… ¿canción?

            “…ellos no te presienten en absoluto[1]

            en el flujo dorado de los racimos,

            en el jugo obscuro de la adormidera.

            ¡No saben que eres tú

            quien envuelve a la virgen delicada

            y quien hace de su seno un tierno paraíso!”

            Mientras, los reflejos del agua removida por nuestro viaje bailan en lo alto, más arriba, entre las piedras silenciosas. Sorbo de nuevo, el café que se está enfriando. A mí todo esto me recuerda a una vieja película, muda y en blanco y negro.

             - Ensanche sus pulmones, amigo Martin, tal vez el olor no sea agradable, pero quizá le ayude a limpiarse por dentro.

            Luego, de nuevo, aquella risilla.


            Algo flota a nuestra izquierda. Parece brillar en ella una ligera fosforescencia. Hay emanaciones brumosas. Un olor ácido, un golpecito, un crujir de madera y dejamos de navegar.

             - Verá como le merece la pena.

            Apenas se ve nada, salvo los oscilantes reflejos del agua sobre las paredes. Frente a nosotros, un enorme portón nos cierra el paso, y sobre él cuelga una placa que reza lo siguiente:

            “Todo gran escritor, cultiva su propia huerta

            Y un poco más abajo:

            (Pequeño homenaje a Voltaire)

            Empujamos la pesada puerta con esfuerzo logrando abrir un espacio que resulta ser lo suficientemente ancho para los dos.

             - A veces, este teatro, ésta pantomima como usted lo llama, tiene estos infantiles inconvenientes..., pero sin mi amiga la puerta de incomodas proporciones, ya nada sería lo mismo. – Ríe – Entremos ya.
           
            Ante nosotros, la biblioteca más inmensa que imaginarse uno pueda. Bloques de estanterías como edificios haya en las ciudades, que se pierden en la brumosa distancia. Y descansando sobre ellas, hay un innumerable tesoro de ediciones originales, incunables, manuscritos…, un penetrante olor a viejo y a antiguo me invade y envuelve. ¿Qué lugar es éste, es posible todo lo que estoy viendo?

             - Respire el olor de aquello que el cerebro humano ha sido capaz de redactar en más de siete mil años de historia. Ésta biblioteca inspiró entre muchos otros a un americano llamado Borges.

             - Creo recordar que era argentino.

             - ¿Qué hace con ese café aún en la mano? Pensé que ya se lo había bebido. Verá, el otro día Saramago y Kapuscinski vinieron a consultar unos clásicos. Y se encontraron con Herodoto y con Li Po. Ayer mismo tuve el placer de ver a Lord Byron, no vea qué sensación, qué nervios. Ésta es la Biblioteca Imaginada. El sueño imposible de Poliphilo. Lo quimérico dentro de la inmensidad, la naturaleza misma del arte y la imaginación.

             - No tengo palabras.

             - La sección dedicada a los Beatniks está por allí. No me gustaría cruzarme con Bukowsky de nuevo, no suele tener buen aspecto y jamás nos hemos llevado bien.

             - ¿Bukowsky, aquí?

             - Un momento, allí…, observe.

            Sumido en las más profundas reflexiones, descubrimos la figura de un hombrecillo con grandes patillas y barbilla prominente. Está sentado junto a un escritorio muy adornado, la luz de un candil ilumina el brillo de sus ojos.

             - Hoffmann, vea, ése de ahí es Hoffmann, qué casualidad. ¡Hola maestro!

            “Der Meister”, visiblemente emocionado, hace un gesto con los brazos y me agarra de una mano para que le siga.

 - Venga conmigo. Antes de que ésta extraña historia se vuelva sensiblera y melodramática, quiero enseñarle algo más.

Recorremos unas estanterías, hasta alcanzar una mesa. Está iluminada con velas y unos gruesos volúmenes con curiosos dibujos abultan sobre ella en pelotón decreciente. Todo de un gusto muy añejo y forzado.

             - Disculpe mis manías, Martin. Aquí es donde elaboro las obras que nacen en mi corazón: Todos los insultos, todas las verdades.

             - Pero ¿Y el escritorio de… arriba y todos los libros? – Me encuentro realmente aturdido.

             - ¿Eso…? Eso es el resultado de venderme como una sucia ramera: ¡Una puta! ¡Una puta envuelta en un sudario, eso son!

            Su grito lleno de cólera y furia aún resuena en el silencio de la Biblioteca Imaginada. Y a decir verdad, no sé de qué se queja, ¿cómo decirle que yo en realidad valoro más ese tipo de obras suyas que todo lo que tenga que ver con la literatura fantástica? Ciertamente, cada segundo que pasa creo entender menos lo que está sucediendo.

             - Vea, ésta es mi última obra. Un homenaje al maestro, que él nunca conocerá.

             - Fantástico. Pero ¿Por qué no se lo enseña? Hace un momento lo hemos visto ahí detrás.

            La sola mención de esa idea le ha contraído la cara.

             - Es inútil.

- ¿Y eso por qué?

- Es del todo inútil, de verdad,  - Se lleva las manos a la espalda - no sé hablar alemán.

             - Entonces veamos el título de ese libro… ¿Hoffmanniana?

            Sus guantes sesgados dejaban relucir unos dedos nerviosos.

             - Hoffmaniana. Tenga. Y usted aparece, aunque no se lo crea, aquí, en la primera historia. Puede leerlo por el camino, de regreso. Le veré pasadas unas horas porque yo me quedaré en la biblioteca. Necesito consultar unos volúmenes para otra historia que se me está ocurriendo en este mismo instante. En éste instante…, ahora mismo….  – Entonces arquea la espalda y eleva el pecho - Encantado de haberle conocido señor Greenberg... fue todo un placer.


           

           



[1] - Son unos versos de Novalis, pertenecientes a los “Himnos a la noche”

No hay comentarios:

Publicar un comentario