viernes, 13 de abril de 2012


(Memorias de un pequeño melómano, continuación)

            Y yo distraído, esquivo de repente, la maquina infernal que a poco ha estado a punto de matarme. El conductor me grita y el monstruo metálico, con su ruido de cacharro desengrasado, gira con estrépito sobre sus raíles para desaparecer por la calle de enfrente. Debo tener mucho cuidado, mucha gente muere atropellada a diario por errores como este. Primero, uno no lo ve venir, y al segundo, ya no ve venir nada más. Tal vez un último instante, pienso, en el que se puede contemplar los propios miembros agitarse. Me detengo por el repentino miedo. No quiero andar más. A mi alrededor gente con prisa camina segura de a donde se dirige, y yo los miro aún sin recuperarme del susto...

             Me encuentro situado frente a una plaza, deseo atravesarla y llegar hasta la avenida que veo más abajo. Decido continuar mi camino y cruzo la enorme plaza y en ella, la gente corre más que anda. Unos jóvenes conversan tranquilos transportando unos pesados libros, los pelos brillantes cortando el cielo. Las direcciones se confunden y cada cual va por su lado o por donde puede. Un hombre, distraído como yo, esquiva de milagro un tranvía, nos miramos a lo lejos y nos reconocemos como sufridos supervivientes de esta locura. Él se escabulle calle abajo y yo sigo aquí, intentando recordar mi camino. Logro salir del mortal atajo, porque bordear la enorme plaza ocupa mucho tiempo, y llego por fin a la enorme avenida descendente; pero antes de irme, un anciano emprende la peligrosa y rutinaria decisión de cruzar ese río Aqueronte mostrando muy tenso una cara de pánico que me aturde y desconcierta; sigo adelante, la calle no está muy transitada. Eso me dará lugar a detener mi atención sobre las fachadas tan hermosas que componen mi trayecto. Como la humedad ha formado manchas en la piedra me distraigo observando sus caprichosas formas. La tierra encharcada de un socavón me devuelve de mis ensoñaciones, al ver los edificios reflejados. Pero una pestilencia surgida de una alcantarilla rompe con todo posible romanticismo y de repente me giro y pienso: ¡el anciano!, como he podido... ¡acabará triturado, y yo aquí, ensimismado e indeciso! Arriba permanece quieto el viejo, curvada la espalda, con ademán inquieto, terso el brazo apoyado en un garrote y temblorosas las piernas. De repente alguien le ayuda a cruzar y yo respiro tranquilo.
            He de confesarles que tanta soledad acaba con uno, es malo estar solo. Y en una ciudad debemos ayudarnos todo lo que podamos o seremos tragados por ella, deglutidos por ella hasta que no deje restos de nosotros. Pero estar solo tiene sus ventajas, por ejemplo, poder oír música. El dinero que gano aquí, es enviado en su mayoría a mis familiares del pueblo, pero con lo que me queda y con cierta ayuda, conseguí un magnífico gramófono de alquiler, que me acompaña en mis horas de pesadumbre y soltería.

            Pero camino ya, por fin, por el magnifico parque que muestra sus orgullosas hileras de chopos como una interminable procesión. El olor de la tierra mojada y el frío me sacuden colmando mis ansias de tranquilidad y aire libre. Los árboles, recién lavados, brillan y gotean llenándolo todo de vida. Por todas partes, innumerables fragancias me desbordan y mi piel, erizados los pelos, parece renacer cuando tan sólo una calle más arriba se encontraba cansada, agotada y plegada en si misma. Camino, los niños gritan y corren alrededor de todas partes mientras decenas de paseantes disfrutan como yo, de tan singulares sensaciones.    

            Es ahora, y maldita sea mi suerte, cuando a mi cabeza acude una música gloriosa y como no consigo recordar cual es, decido regresar a casa a averiguarlo, ya. Porque yo soy de temperamento nervioso y me excito rápidamente con cualquier tontería. Debo disculparme por mis actos ya que, cuando una idea se perfila en mi cabeza, pero no se concreta, un no se qué se apodera de mí y debo concluirla.
            Pero por desgracia yo no vivo aquí, no en esta zona. Y me veo obligado a recurrir a los servicios de una de esas calamidades de metal, y cuando ya estoy dentro, trato por todos los medios de no olvidar aquello que me forzó a iniciar el viaje y sobre todo, las hermosas sensaciones que he vivido desde la mañana; y los rostros, entre pacientes y sumisos de los viajeros, parecen girar a todas partes para no encontrar las miradas de las demás personas. Es curioso que, para lograrlo, realicen toda suerte de espasmos y funambulismos calculados, tales como: mover una pierna es una excusa para arrebatar el pliegue del abrigo al vecino; inclinar la cabeza hacia la ventana también; los hay que permanecen rígidos como maniquíes; los hay que se mueven todo el tiempo, como si tuvieran los días contados, o una comezón singular. Posar la mirada al suelo, curvar la espalda, abanicarse de manera desmesurada, erguir la cabeza de manera altiva... Quien más y quien menos va leyendo un libro. Hay, frente a mí, una persona que ejecuta interminables proezas, deslizando una moneda entre sus dedos. Bien, adivinen quien, es el único que los observa, porque no termina de acostumbrarse a viajar en el tranvía. Los demás ya están harto acostumbrados de verse los unos a los otros de continuo.
            Me apeo cerca de mi calle y aún tendré que caminar algo más. Estoy plenamente convencido de que toda esa maquinaria nos aprisiona y consume, en ella nos sentimos envasados, y si quieren, no lo admitan. Pero yo por mi parte la detesto, le hace ver a uno lo pobres que son nuestras piernas para medir las distancias.

          Veo por fin mi calle. Y como siempre, no me gusta lo que por allí y como por casualidad, veo en ella. Habiendo transitado hace menos de una hora por toda la fastuosidad del centro de la urbe, me hallo ahora inmerso en la misma definición de la palabra deprimente. La lluvia, aquí, no rejuvenece los sentidos. Siquiera los anima. No. Aquí la lluvia hace surgir la belleza que ocultan en su interior las magníficas alcantarillas con las que hemos sido agraciados. Desfiles de ratas pueden salirte al paso sino rebuscan y menean entre la basura esparcida. Lo indecoroso que antes se soportaba, se torna lúgubre y calamitoso. Pero créanme, lo más peligroso para la salud, caiga agua o no caiga, es “la busca”, son los individuos que pululan por aquí y hacen la calle.  Maleantes, timadores, putas, ladrones y toda suerte de indeseables que toman esto como si fuera suyo, porque nadie se atreve a decirles o negarles que esto sea suyo o no. Por ello me veo obligado a bordear grandemente las esquinas y los apelotonamientos de casas sin sentido que aquí se conforman. Ahora una mujer gorda, desagradable, ha expelido un cubo lleno de heces hacia el suelo y a poco ha estado a punto de alcanzarme de pies a cabeza. Y aunque trate de alejarme, el hedor me persigue a mí y atufa a todo el vecindario. Pero es solo un instante. Viene a concluir cuando entra a formar parte de los olores indecorosos, ya existentes en la zona tiempo ha. Con el agua, nuestro deslumbrante sistema de cañerías se desborda, y si alguien pretende realizar sus necesidades más elementales en ese momento, descubrirá que habrá de emplear otros métodos si quiere librarse de su propia inmundicia, en vez de emplear el ya inútil sistema de la cadenita[1].

            No crean que esto sea habitual, ni crean tampoco que yo haya detestado siempre vivir aquí. Antes tenía otro espíritu, sucede que tal vez ya esté cansado. O sucede que ya ni siquiera soporte estar cansado.

            En otro orden de cosas, sepan que trabajo, (y no se rían), como chico de limpieza en una estación de trenes. Los monstruos que yo abomino son aquellos que yo limpio. El olor a grasa y herrumbre, forman parte de mi desayuno, los vapores y los ruidos son parte del condimento. A veces barro los andenes o simplemente arrincono la basura. Pero nunca, jamás, me libro de la influencia que ejercen sobre mí esas gigantescas oquedades de hierro. Sus chirridos desagradables y la fricción de la madera con el metal, o sus gritos sin vida al caminar por los rieles, me hacen rechinar los dientes y me trituran los nervios.
            A veces, cuando deslizo un trapo empapado por su lomo o los riego a cubetazos, los síntomas desagradables desaparecen y el agua, con sus formas ondulantes, que regalan reflejos variados y transparencias incesantes, me ayuda a tranquilizarme y a no pensar en nada. Bueno, eso no es verdad. Todo eso lo pienso ahora, por capricho, al recordar la situación. Al caminar por esta calle tan triste.

            Dos callejuelas más y ya estoy frente a mi portal. Vivo en una pensión barata, sin muchos lujos pero también sin muchas penalidades.
            Ahora trato de recordar las cosas agradables que he vivido hoy, mientras deslizo el disco de larga duración en el gramófono... Por supuesto el disco no es mío. En mi época de estudiante, en realidad aún no finalizada, pues pienso volver a estudiar cuando recupere algo de dinero, conocí a no pocos personajes de los cuales algunos llegaron a ser muy buenos amigos míos. Aunque por desgracia los veo muy poco porque no me atrevo a salir de mi casa por la noche, por miedo a lo que pueda encontrar a la vuelta. Bien, pues uno de ellos, sabedor de mi afición por la música, me nutre de ejemplares de Mozart, Handel, Bach, Berlioz, Schubert, Liszt... ¡la de gloriosas tardes y noches que me regaló sin saberlo! Pero ya suena la música y la imagen del agua cayendo entre adoquines, la de las casas salpicadas por la lluvia, de la vida brotando entre la hierba, sacude mi mente y una fuga de Bach, perfecta, ordenada y rítmica, se edifica con las imágenes precisas de la naturaleza en constante movimiento. Con una improvisación y un fluir de teclas y vientos veo yo a los ríos de gentes mezclarse entre las calles y plazas. Dos órganos golpean a los sonidos y me hacen cerrar los ojos. La música me habla de murmullos entre las avenidas, procedentes de una inmensa actividad lejana. Y por primera vez en este día, como en todos los días en los que para mí haya música, siento que en el mundo puede haber algo perfecto, superior a todo aquello que me rodea. Un algo que emana, un sentido ordenado, proyectado hacia todas las almas y todas las cosas de la tierra.

            Por la noche, luego de haber terminado mis tareas, decido sumergirme de nuevo entre los lamentos y gemidos de esa aguja que tanta calma me proporciona. La luz de una farola filtrada por el hueco de la ventana, ilumina lo bastante como para que uno no tenga necesidad de encender un candil. Mis pequeñas habitaciones, frías en invierno pero agradables en este caluroso verano, parecen achicarse ante mis ojos cuando el gramófono ejecuta las tristezas y melancolías de un violín o las desencadenadas notas de un piano. No hay, para mi, mayor gloria en el pequeño y grande mundo, que las alegrías y las penas que se hallan presas en el arte. Liberándolas al mundo, mostrándolas, lo hago llorar, queriendo yo,  llorar con él. Y era así como miles de pensamientos brillaban dentro de mí en la negra y oscura noche.

            El ruido de la aguja arañando el negro disco prolongó mis ensoñaciones hasta altas horas nocturnas. Aunque de súbito, algo no iba bien, pues junto al arrítmico sonido que caracteriza a la parte no grabada del disco, surgía un eco que cada vez se hacía más y más fuerte, que se elevaba y que parecía descender del cielo mismo. Si bien procedía de una calle, era un lamento rasgado de alguna cuerda que hirió la noche densa y disipó las notas que hasta ahora yo había regalado al infinito vasto y duradero. Y no obstante, resultaba extraño; sin duda doloroso pero incomprensible; quizás perturbador y sin embargo, no poseía un orden fijo. A veces incluso me era obsceno. Yo quise encontrar su origen oteando el vacío surgiendo desde mi ventana hacia la fría calle, pero desde mi altura no pude encontrarlo. Ya había callado. Muerto. Se apagó tan extrañamente como vino, inusual, como su propia forma.



(Continuará...)


[1] - El inodoro, allí donde lo hubiere.

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