martes, 17 de abril de 2012


- Y bueno… ¿qué le ha parecido?

          - Un poco extraño, pero me ha gustado. ¿Cómo resumirlo? Bastante poético, me parece.

          - ¿Qué conclusiones sacaría de todo esto?

          Entonces Greenberg pareció tomarse su tiempo para responder.

          - Diría… que estar solo no es bueno para nadie.

          - Exacto, en esa situación los corazones sensibles comienzan, además, a pensar ciertas cosas…, ideas delirantes.

          - ¿A ver el siguiente? Menudo título… ¡Uno a cero!

          - ¿De verdad? Déjeme verlo…, ah, sí. Es parecido al anterior. Bueno, pero por lo que estoy viendo…. Verá, la mayoría de estos relatos son de la misma época y entonces…

          - Comprendo.

          - Si no recuerdo mal, este quería ser un poco parecido a los cuentos de Kafka… típico lugar común del escritor que empieza, ya sabe.

          - ¿Parecerse a algo? ¿Con ése título?

          Ambos decidimos que lo mejor es beber un poco más de vino. Luego me animo y pongo el manuscrito frente a mis ojos.

          - Vamos a leerlo.

          - Oiga, ¿y Messer sabía que usted iba a visitarle?

          - Pregúnteselo a él cuando regrese.

          Greenberg abre los ojos en un gesto de sorpresa y creo entender.

          - No creerá que le he mentido, tengo una copia de las llaves de…

          - No, no es eso… ¿cómo va a regresar si yo…?

          - No se preocupe – contesto mientras trato de no reírme – allí abajo hay pasadizos ocultos, nuestro amigo no echará de menos la barca, si es eso lo que le preocupa.

          Greenberg parece inquieto. Su silla cruje.

          - Es que eso es precisamente… ¿Qué diablos es ése lugar?

          - Un viejo fantasma. Pero no se distraiga, luego hablaremos sobre eso, pero por ahora, continuemos leyendo. A ver qué opinión me da de éste cuento… más allá de lo que le parezca su título…



¡UNO A CERO!



Me situé bajo la única bombilla. Ella sola iluminaba el cuarto, hasta donde llegaba su influjo. Por eso mismo no podía colegir, sino intuir, el tamaño del cuarto. Pero estaba cómodo en él, a pesar de todo. Cierto es que el polvo acumulado era excesivo por todas partes, pero si uno se movía con cautela, éste no tenía por qué elevarse del suelo. Comprendía sólo aquello que abarcaba esa única luz, lo demás resultaba misterioso y distante. Observé sus repentinos parpadeos. Cuando esto sucedía se producía un súbito enrojecimiento de la luz y luego una desagradable palidez amarillenta. Temí que se apagara definitivamente. Por eso lo primero que hice fue buscar el interruptor. Sin embargo y para lograrlo, tuve que desapilar unas cajas vacías sin saber qué me encontraría tras ellas. Como soy un poco torpe derribé alguna, y aunque me percaté de que estaban vacías, el polvo acumulado en su superficie durante años creó una nube insoportable. Ácaros y restos orgánicos enviciaron el aire sobremanera. Fue por su culpa que no paré de estornudar con vehemencia durante un rato, hasta hartarme. Con los ojos llorosos pude distinguir, blanco y lleno de mugre, mi objetivo: el escurridizo interruptor. Me acerqué a él y noté su dureza. Lo apagué, ¿volvería a encenderse? Transcurrieron dos segundos de alarmante obscuridad y luego lo encendí. Hubo un parpadeo luminoso y un zumbido monótono. El zumbido se mantuvo. El zumbido era irregular. Lo mismo aumentaba, lo mismo disminuía de frecuencia.

          Esa iluminación permitía ver, aún con cierto límite, dónde me encontraba: más allá se vislumbraban reflejos e informes figuras. Sombras y sombras y sombras. Frente a mi había lo que parecía unos contadores. Sus manecillas oscilaban dentro de las cajas que los guardaban. Un gran depósito amarillo imponía su presencia y su misterio más o menos en el centro del cuarto, mientras que el sonido breve de un goteo incesante era perceptible entre unas cañerías y tubos. Estaba en un sótano, no cabía duda. Todo él estaba cogido con cemento… o bien era de hormigón puro.  ¿Pero qué sentido tenía aquello? ¿Desde cuándo estaba yo allí y por qué? Lo primero, estaba claro, era hallar la puerta de salida, huir de allí. Mis pensamientos se mezclaron con el sonido del agua corriendo sobre mi cabeza, repentinamente. Miré alrededor, la salida debía estar al fondo… donde no llegaba la luz. A lo sumo temía encontrarme con alguna rata muerta. La idea se me hizo insoportable: fui hacia allá.



(Continuará...)

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