domingo, 22 de abril de 2012




                     


                    


                        Los cuentos macabros de la señorita
                                        Templeton

                                    (Primera jornada)






            - (…) Y ya, llegados aquí, hemos entrado en el tercer acto. El resto de lo que vi no valía mucho. Pero es entonces cuando los sucesos se tornan más atractivos.        

            - Pero Edgar, ¿y qué hay de los dos anteriores? Apenas los has esbozado…

            La silueta frente a la ventana, complacida porque sobre ella había recaído toda la atención, suspiraba de impaciencia. La desapacible tormenta que se desarrollaba en el exterior emitía sus fogonazos. Los truenos provocaban ligeros temblores en los vidrios de los vanos. Sintió cómo un nudo apretaba su estomago, mientras exhalaba el humo de sus pipa de kif. Entonces, de repente, la mirada joven e irrespetuosa se perdió por la habitación, al girarse de un gesto. Vagaba con ella entre los muebles victorianos y los aburridos y clasicistas retratos familiares, que pendían de los tabiques. Quería hacer hablar a la boca e hilvanaba las ideas que nacían confusas en su mente. Sus rubios cabellos rizados parecían rebrillar de vez en cuando, con el impacto que en ellos producían las luces nocturnas.

            - Edgar William Wolfstone… ¡Estoy esperando! - De rubios cabellos, aunque aplastados y de color paja, de gesto indolente y con cara de cansancio, John Ashley Wotton agitaba su copa y cruzaba, sobre la izquierda, su pierna derecha.  – Además, para qué querías exactamente que te trajera el esbozo de un cuento si ni siquiera lo has mirado.  - Sin embargo, no podía saber que en ese mismo instante, su gran amigo estaba a punto de pronunciar un discurso improvisado.

            - Amigo mío. Es el tercero porque los dos primeros actos de esa obra son el ejemplo perfecto del más perfecto tedio, y porque…

            Pero en ese momento un chasquido vino a interrumpir la conversación. El pomo de la puerta ha cedido y a continuación un rostro joven y ovalado se asoma por la abertura de la puerta:

            - ¿Edgar…? – dice la femenina voz.

            Y tras ella hace su aparición una enclenque figura, ataviado con una levita negra y un gran pañuelo rojo al cuello.

            - Oh… aquí están ya… levántate y saluda, John Ashley, tenemos compañía.

            Pero John Ashley Wotton permanece absorto contemplando las femeninas formas. Parece recordar algo y un momento después se yergue tieso como un garrote.

            - Claro, por supuesto. – Contesta.

            Edgar William… ejerce entonces de perfecto anfitrión y se acerca a los nuevos invitados, mostrando una gran efusividad y abriendo los brazos.

            - Finalmente habéis venido. Me alegro. Henry, Myriam…

            Entonces se gira y comienza las presentaciones “John, te los presentaré: John Ashley Wotton,  Lord Henry Cunnings; Myriam Templeton, John Ashley Wotton…” etc. John Ashley, mudo y turbado, se ajusta la ropa ante la muchacha y trata de afinar  una voz de tenor cuando dice:

            - La señorita Templeton… nos vimos en la cena que ofreció madame Cunning el día de…

            - Mi madre. – Se apresuró a responder el enclenque muchacho, que hasta ahora había pasado desapercibido para la mirada de John Ashley Wotton. Una risa apagada al instante pareció provenir de Myriam Templeton, lo que incomodó al bravo muchacho, que agitó su rubio cabello.

            - Por desgracia… me veo en la imposibilidad de permanecer aquí más tiempo. Hay asuntos que reclaman mi atención. – Se apresuró a decir. La voz de tenor ésta vez no le salió tan bien. – Señorita, permita que le bese la mano.

            - Cómo no.

            En la retaguardia, sentado en uno de los grandes sillones, Edgar William pareció carraspear.

            - Bien, me marcho. – Tras decir lo cual, John Ashley Wotton desapareció tras la puerta, marcando el paso. No sin antes dirigir una mirada a Edgar William, que se hizo el distraído recolocando un mantelito.

            Una luz repentina iluminó la estancia. La tormenta no tenía visos de terminar nunca. Pero ahora eran tres y no dos las figuras que deambulaban por ella. Edgar William cruzaba una pierna acostado sobre un gran sillón. En el sillón de enfrente, Lady Myriam, colgó su negro abrigo para acomodarse con su vestido blanco. Y en un sofá algo alejado, la curva figura de Henry Cunnings se recostaba en espera permanente a que algo sucediera. La voz de Edgar sonó clara:

            - He reservado una botella especial para esta ocasión.

            Y de un salto, casi literal, se lanzó hacia un exuberante armario de donde pudo proveerse de vino y copas. Tras lo cual empujó una mesita para tener un sitio donde ponerlo todo. Con una sonrisa algo exagerada concluyó su acción diciendo:

            - Pues bien, éste es mi estudio, lugar de reflexión y melancolía… ¿qué os parece?
            Y efectivamente. La estancia resultaba un gabinete de lo más completo. No faltaban las estanterías llenas de libros, las mesas de estudio, un mapamundi y diversos montones de hojas aquí y allá, retratos familiares, un piano oculto por una gran tela, etc. La gran ventana central era una ominosa presencia que destacaba las enormes nubes de una tormenta que se acercaba cada vez más. Los jóvenes ojos azules de la señorita Templeton parecieron recorrer los libros almacenados en las estanterías. Luego se apresuró a decir:

            - No creo que un poco de vino le haga mal a una señorita ¿verdad Edgar?

            Y como respondiendo a una orden recibida en mitad de la batalla, Edgar William sirvió las tres copas empleando para ello el ímpetu de un felino. Sonaron risas cordiales. Y Lady Templeton acudió a ojear los lomos de los libros, ante la atenta mirada de Edgar William. Lord Henry Cunnings recogió su copa y regresó al instante al sofá, adoptando la misma expresión de inseguridad con la que entrara en el salón. Entonces Edgar William se aproximó a los libros y comenzó a ponderar ante la nuca de la muchacha, (pues esta permanecía absorta leyendo títulos y títulos),  las magníficas posibilidades de su biblioteca. Los clásicos latinos, algún tratado medieval, textos de Rousseau, Milton, John Donne…, algunos autores franceses y una sección dedicada a los románticos ingleses y alemanes. Por allí desfilaban Novalis, Goethe, Coleridge, Walpole, Lewis, Hölderlin, Keats…etc. Henry Cunnings, aburrido ya de permanecer en su escondite, también se acercó a los estantes. Ojeó por encima y dio una opinión, que más bien pareció una sentencia:

            - No veo ningún autor moderno.

            Tal aseveración fue casi ignorada con un rechinar de cuello de Edgar William, quien pareció realmente contrariado. Pero eso no hizo mella para que continuase divagando de esto y aquello, tratando de impresionar a la señorita Templeton. Cuando hubieron repasado los lomos allí expuestos, decidieron animar la noche con un juego. Pero en realidad todo parecía estar planeado por el anfitrión de antemano.

            - Una noche como ésta,  - Declamó Edgar William de una manera cuasi teatral - hace ya casi setenta años, la familia Shelley se reunió con Byron y Polidori en Suiza donde decidieron retarse para ver quién de todos ellos era capaz de componer la mejor historia de terror…, ahora nosotros haremos lo mismo.  – Aquí dirigió una mirada algo histriónica a sus acompañantes – tomad el asunto con la seriedad que se merece.

            Henry Cunnings suspiró inquieto. Deslizó la mirada hacia su copa y comenzó a agitarla. Lady Templeton, en cambio, pareció encontrar diversión en la propuesta. Las gotas de lluvia bañaban el vidrio del ventanal y producían un sonido seco y múltiple.

            - De acuerdo – se apresuró a contestar la muchacha. – Pero para inspirarnos ¿podemos tocar algo de música?

            - Faltaría más, querida.

            - Un poco de Schumann, Myriam, por favor… - Añadió Henry Cunnings desde su atalaya. – Yo releeré un poco a Novalis…

            Y así dio comienzo la velada, con Cunnings estirando el cuello para inspeccionar la librería, Edgar William, afanándose en reescribir una y otra vez unos garabatos y Lady Templeton interpretando diversas piezas que eran acompañadas por el repiqueteo de la lluvia en el mundo lejano del exterior. De repente alguien exclamó “¡ya lo tengo!”, y un acorde disonante puso fin a la música.

            - Os va a emocionar – Decía a su vez un emocionado Edgar William. 




(Continuará...)

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