martes, 1 de mayo de 2012

(Los cuentos macabros de la señorita Templeton, continuación)






 
         
            Henry devolvió al estante el libro que estaba leyendo y se sentó en una silla, justo al lado de Edgar William. 

- ¿De qué trata? – Preguntó.

- El tema es… el sentimiento de culpa, la inquieta sensación tras haber cometido una acción inconfesable. – Contestó Edgar, y aquí dirigió una amplia mirada a sus dos oyentes, pero especialmente hacia los rojizos cabellos de Myriam. – Incluso le he puesto un título. Lo he llamado “La sombra disipada”

Henry cruzó una pierna. Myriam, embutida en su vestido blanco, se apretó un poco contra el sillón. Por su parte, Edgar hizo una pausa. Simuló un gesto concentrado y comenzó a leer:

            - “¿Quedaría algo de aquello…? Sintió dentro de su pecho una presión creciente. Bajo la llama del Sol implacable, aquella figura perdida entre las calles comenzaba a actuar mecánicamente, la silueta de su propia sombra reproducida con total fidelidad sobre las fachadas. La sombra, que parecía recorrer todas las distancias, chocaba una y otra vez contra los silenciosos muros, contorneándose, doblándose. Su soledad era ya absoluta. La soledad comenzaba a asolarle, tras cada esquina, en cada ángulo…”

            Las copas de vino fueron rellenadas.

            - “…Y la pregunta regresó, sutil, para asomarse después en lo más recóndito de su cabeza, sólo que ésta vez ya conocía la respuesta. Por supuesto que sí.”

            - La pregunta. – opinó Henry. – Yo habría incluido ahí también la pregunta.

            Myriam giró ligeramente el rostro para ocultar lo cómica que le había parecido aquella interrupción. 

            - La pregunta… - Masculló Edgar, visiblemente turbado. Ojeó rápidamente el texto y repasó las líneas una y otra vez, luego apoyó el papel en una mesita y escribió algo. – La pregunta…, sí. Veamos… “Y la pregunta regresó, sutil, para instalarse después en lo más recóndito de su cabeza, sólo que ésta vez ya conocía la respuesta: ¿Quedaría algo de aquello? Por supuesto que sí.  Permanecerán todos los recuerdos y a ellos vendrá a acariciarlos la angustia. Mientras tanto, sus pies se trababan, sus hombros se encontraban con otros hombros y sus oídos descubrían, cercanas, ásperas palabras de queja. Ya no estaba solo, sino perdido entre la multitud. Donde se disipa la tragedia de uno y comienza la de todos.”

            A continuación se hizo el silencio. Edgar William buscaba con la mirada la aprobación unánime. 

            - ¿Qué os ha parecido? – Dijo al fin.

            - Muy misterioso. - Se apresuró a contestar la muchacha.

            - A mi me ha recordado… Myriam,  - Exclamó sorprendentemente Henry - ¿cómo se llama ese autor del que te regalé una edición en francés? La de Baudelaire, si no me equivoco…

            - Sí, a mí también me lo ha recordado un poco, pero gracias a eso ya sé que historia contar. ¡Ahora me toca a mí! - Y presa de su excitación, Myriam comenzó a garabatear con desenfreno.

- Yo tocaré algo de Chopin. – Dijo Henry antes de encaramarse al piano. 

Y mientras tanto Edgar William permanecía recostado en el sillón. Observando con auténtica desgana y apatía cómo se alejaban las tormentosas nubes y menguaba la lluvia tras el ventanal. Pero ya había pasado un rato cuando Myriam reclamó la atención de los dos muchachos.

- Fijaos cómo ha pasado el tiempo. Amaina… entonces podremos regresar. Me daré prisa y os contaré mi historia, ya casi está. 

De nuevo se terminó la música y se organizaba un corro atento a lo que iba a suceder. La muchacha concentraba sobre sí toda la decisión que era capaz de manifestar. 

- Edgar  -Comenzó a decir Myriam. – Tú has querido imaginar cómo piensa un criminal. Yo quiero ir más allá. Verás: ha habido un asesinato.

- ¡Myriam! – juzgaron los dos jóvenes. 

- Ha habido un asesinato y el asesino ya ha enterrado el cadáver. -Añadió Myriam con un tono más agudo.

Alguien bebió deprisa. Una pierna fue cruzada hacia la izquierda.

- “Está acosado por la ansiedad. Está en un cementerio, en la profunda noche. Los recuerdos se agolpan en su mente: los golpes secos de un pico abriendo el terreno, el sonido de una pala arrastrando la arena. Los propios jadeos del esfuerzo, los alarmados pies avanzando entre las lápidas, luego el chirriar de goznes al cerrar la puerta…” Había pensado que podría encontrarse con alguien al salir  - la femenina voz cambió de tono al interrumpirse a sí misma. – Eso lo he escrito en los dos siguientes párrafos… ¿Qué os parece?

- No sabría qué decir. – Contestó Edgar sin saber realmente qué decir.

            - Entonces me los salto, no me gustan. El tercer párrafo es el interesante. “…Un frío insoportable se coló por sus adentros, entre sus huesos. Se vio obligado a mantenerse en calma. Los estremecimientos - se dijo - responden a la aprehensión que produce el pánico, ¿por qué temer? Sí, por qué sentir ahora ése pueril rechazo, ésa carcoma siseante en el espíritu, si ya he vencido…”

            Una copa es abandonada sobre un mantel. Allá alguien se aprieta el cinto.

            - “He vencido. Se recordó a sí mismo entre dientes - gané. Todo lo que tengo que hacer ahora es regresar. Nadie podrá intuir lo ocurrido si me muestro en calma, si ayudo en las labores de búsqueda, si me mantengo firme. No puedo dudar. Eso es, la duda siembra los pasos en falso. Pero el frío, ¡Ay!, el frío... calma, cálmate. Este frío sólo atenaza al espíritu de quien ha visto, ojo con ojo, suspiro con suspiro, endurecer sus propias manos y provocar el acto de la muerte, el horroroso asesinato. Y estas manos… son estas manos y las tengo enfrente, ojos y manos te delatarán y la imagen futura de la horca delatará a tus manos y ojos, pero no al corazón. Ya lo escuchas, lo sientes muy dentro de ti, sólo un vago rumor, y podrás caminar sereno sin generar sospecha alguna, tan solo con mantener ese vago rumor atrapado en la conciencia, tan solo si consigues mantenerlo atrapado en lo más hondo de tu conciencia, y así poder huir… aunque no sepas a dónde ni sepas por cuánto tiempo, a salvo entre tus semejantes, entre ellos que nunca, nunca sospecharán nada. ”

            - ¡Oh, Myriam, es como si eso mismo te hubiera sucedido a ti! – Exclamó un emocionado Henry.

            Edgar emitió un rápido pero sonoro carraspeo. 

            - Mirad. Ha terminado de llover. – gritó Myriam.

           - Entonces te llevaré a casa, se hace tarde. – Y tras decir esto, Henry se levantó, aunque luego volvió a sentarse.

            Edgar acompañó a ambos a la entrada y tras concertar una nueva cita para tomar el Te dentro de un par de días, los despidió y se introdujo de nuevo en su salón gabinete, donde decidió que lo mejor era apurar él solo el resto de la botella de vino, abandonándose a sus reflexiones acerca de la velada que acababa de terminar. Mientras tanto y durante el viaje en carro, Myriam aclaró a Henry dos asuntos que parecían tener vital importancia: El primero, que la inspiración de su tétrico relato fue una lectura que hizo la noche pasada y que obviamente se trataba de Macbeth. El segundo que sí había reconocido a John Ashley Wotton.
            - Alguien debió contarle que me gustan las historias de misterio. Y aprovechó en aquella fiesta para intentar impresionarme con una historia muy aburrida que pensaba enviar a un periódico local. – Sonaba el traqueteo y el galopar de caballos – la historia trataba sobre un hombre solitario cuya propia sombra reflejaba su propio… miedo. 

            Henry pareció dudar un momento. Luego se le iluminó la cara en un gesto de sorpresa. Myriam comenzó a reír y movida por un impulso natural besó al joven en la mejilla. 

            - Pero Myriam ¡Qué haces! – Henry, contrariado, se llevó la mano a la cara y de un brinco se alejó al otro extremo del carruaje. 

            Myriam, conmocionada y asustada por ello, sintió asomarse alguna lágrima a sus ojos. Trató de contemplar el paisaje que avanzaba tras la ventanilla, mientras la decepción se transformaba en mudo desconsuelo al llegar a su pecho: Y ahí sí que no había que buscar ningún misterio.

                                  
                                   .                       .                       .                       .



            - Las cosas se ven con otra perspectiva después de llenar el estomago. 

            Greenberg se recuesta en la silla y tamborilea con los dedos sobre la mesa.

            - Voy a buscar algo en el mueble bar. – Le digo.

            - ¿Pero es usted su amigo o…?

            - No se preocupe, vengo muy a menudo últimamente. Ya le repondré, hum, esto…

            - Pues yo voy a conectar mi lámina… un momento, suponiendo que haya acceso a la red por aquí.

            He encontrado una botella de ron de una marca aceptable cuando contesto.

            - Eso sí que ya sería una locura, quedarse aislado del mundo…

            - Bien, ya está. Al menos sabemos que existe algún tipo de tecnología que nuestro amigo no desprecia… lo que no entiendo entonces es por qué he tenido que venir aquí a entrevistarle. Otro de sus caprichos, supongo. – Hace una pausa para navegar – Estoy repasando la información para mi artículo. Usted me ha dicho que ha leído sus libros… ¿Media literaria?

            - ¿Cómo dice?

            - Parece que Messer es muy popular en ese formato, los media…

            - No sé de qué se sorprende, lo suyo es la literatura de género. Voy a abrir un poco las ventanas, ¿le parece?

            - Sí, bien. Claro. Literatura fantástica. Le confesaré – Greenberg se balancea – que yo estoy suscrito a un autor de novela policiaca de éxito… - Le escucho hablar desde el estudio de Messer. - …ya sabe, casos de todo tipo, algo de sordidez aquí y allá, pistas, puzles y cosas así. A veces resulta emocionante. ¿Va a abrir esa botella?

            - Sirva unos hielos.




(Continuará…)

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