martes, 15 de mayo de 2012


(…) Me entretengo en el estudio de Messer para ojear un poco sus libros. Hemos coescrito algunas cosas que aglutinamos en libros de cuentos…, no lo había pensado aún, pero, ¿habrá alguno mío en Hoffmanniana? La habitación transmite una calma quieta. Escucho el tintineo de unos hielos cayendo en el vidrio. Casi siento la tentación de echar un vistazo a los papeles del escritorio, pero me abstengo, revolverlos más sería intervenir de alguna manera en el proceso creativo que ya está en marcha y que debe ser retomado cuando regrese su dueño…, Observo los libros de la trilogía de Johannes… ¿cuándo pensará escribir el tercero?

            - Ya he llenado las copas, tenga. – Dice Greenberg tras el tabique. Decido acompañarle.
           
            - ¿No cree que Messer es un poco extraño? Ir por ahí disfrazado de esa manera y a su edad…, dígame, ¿de qué le conoce?

            - Inquisitivo hasta el final ¿eh? – respondo.

            - Me aburro un poco… ¿o prefiere seguir leyendo?

            Doy un sorbito a mi copa y me siento delante del manuscrito. El título del siguiente relato es bastante extraño. No lo reconozco, pero por el tono parece que no es nuevo, como los anteriores.




A través de los versos espejados






Sujeto firmemente a un cayado de rama de roble reemprendo la marcha decidido a hallar reposo de mi largo paseo campestre. Ya había visitado la lapida de mi padre fallecido hacía cuatro años. Su voz aún me sonaba clara al hollar mis pies entre la hojarasca otoñal, amarilla y parda, que tupía el camposanto. La verja, oculta entre la altura de los árboles que se elevaban hacia el cielo, se abrió con un gemido. En uno de los laterales descansaban los nichos como nidos escarbados en la dura piedra. El silencio aumentaba la gravedad del ambiente sereno del cementerio, lo que causa extrañas sensaciones al pasear entre aquellas calmas y estrechas lapidas. El lugar es triste. Está descuidado aunque es pequeño, la hojarasca se la lleva el viento, pero ninguna flor adorna las tumbas.
Ahora sólo quedan las mías, coloridas y clavadas junto a una cruz desnuda de la que pende el nombre de mi progenitor. Unas flores sobre un fondo gris entre las quebradizas hojas arremolinadas. Más cruces y más nombres, todos con su misterio y su memoria. ¿Para qué permanecer allí más tiempo? Mi padre solía decirme que visitase el pueblo para que me entrase el aire sano del campo en los pulmones y así poder expulsar el recuerdo malsano de la ciudad. Él siempre quiso vivir y morir aquí y aunque nunca me explicó a qué se debió la separación con mi madre, nunca dejaba de recordarme que el pueblo era mi hogar, a pesar de haberme criado con mis tíos en la ciudad y de haber hecho mi vida entera allí. Hace cuatro años que lo enterré. Cuatro años sin pasear por éstos parajes. El día de su entierro vi a poca gente, esparcidos y diseminados, llegaron poco a poco para dar el pésame y el adiós al viejo vecino. Pero tanta prudencia y desconfianza me resultó extraña. Ese día el párroco me llevó en su carro, con tanta mala fortuna que en el espacio de carga llevaba sujeto un ataúd, lo que naturalmente transformó mis pensamientos en algo grotesco. El párroco se disculpó tras darme el pésame y en seguida se apiadó de mí, decidido a dar sepultura tras haber dado los auxilios del espíritu a mi difunto padre.


            El resto del viaje lo pasé como sumido en un sueño. El traqueteo producido por los irregulares caminos hacía zarandear el féretro. A nuestro alrededor los árboles iban menguando su número y el llano apareció abruptamente ante nuestros ojos. Allende se extiende mi vista no encuentro nada de la exhuberancia que antaño exhibían éstos campos, referida con orgullo por parte de mi progenitor. Es cierto que hace cuatro años el bosque clareaba, pero ahora no se escucha ni el rumor del fluir del agua en raudos cauces al atravesar la tierra. Y sin embargo, allá, más allá, el bosque cerrado nos rodea en círculo y seguramente continúe tras los montes, ahora pelados. Hago saber esto a mi acompañante, el cual suspira. Me contestó que lamentaba mucho que yo no hubiese acudido a velar al muerto y que tal vez ahora asistiría a un sepelio triste y solitario. Aquellas palabras me hundieron el ánimo bajo la claridad de aquel Sol restellante. El párroco reaccionó rápido y me palmeó la espalda, justo cuando llegábamos al camposanto. La verja estaba abierta, entre aquellas paredes blancas. Apenas tres personas aguardaban a su alrededor y al menos dos de ellas debían ser los encargados de ayudar en el oficio. Detuvimos el carro y el ataúd hizo un golpe seco. Aquellos dos hombres se aproximaron mientras el tercero permaneció en su puesto, a la espera: era el enterrador y aquellos venían a ayudarle para cargar con el féretro. "¿No viene nadie?", pregunté. Sonaron los suspiros debidos al esfuerzo de aquellos dos hombres. Nadie respondió nada.

            El párroco se me adelantó, así que comencé a caminar tras aquella triste comitiva. Fue cuando por el rabillo del ojo vi que aparecieron por el camino un grupo de personas. Sus figuras contrastaban con el yermo horizonte. Y mientras iban posando el ataúd en el suelo, todo parecía encaminarse hacia una discreta ceremonia, en espera de que llegasen los pocos vecinos del pueblo. Apenas hubieron llegado se recitaron unos salmos y se depositó el féretro bajo tierra. Según se iban sucediendo los chasquidos de la arena al chocar con la madera, mi padre iba quedando cada vez más lejos de mí, bajo capas y capas de terreno removido. Entretanto, aquellos aldeanos inclinaban en señal de respeto su cabeza o la visera de su sombrero a medida que se marchaban.

            Ese es el recuerdo de hace cuatro años. Así que cayado en mano he comenzado a caminar por el sendero que guía al poblado para pasar la noche en la antigua casa paterna. Faltan aún cuatro horas para que el Sol se ponga y pienso disfrutar el paseo alejado del mundanal ruido, hasta que llegue el momento de retornar a la ciudad y a sus oscuras humedades, pero eso será mañana. El aire maculado de la tarde refresca mi piel y ondea mis cabellos. Mis músculos se tensan ante la novedad de caminar por entre los guijarros y las subidas y bajadas del terreno irregular, pero aún así éste lugar dista mucho de como yo lo recordaba y por tanto imaginaba en mi memoria. Tristes recuerdos, lo último que me viene a la memoria de aquel funesto día es que escapé en el primer coche de la tarde y que me refugié a la noche en mi hogar. Pero ahora debía inspeccionar la casa paterna en busca de algo de valor, antes de acordar su venta. Qué tedioso se me hacía aquel asunto. Pues seguramente aparecería algún lejano familiar del que no recordaría su nombre, o peor aún aparecerían varios. Negociaciones... negociaciones tediosas junto al que sería mi única mano amiga: mi abogado, un panorama desolador.
            Apretando pues el palo que me servía de sostén, continué mi camino en la tarde que acababa. Aprecié una hilera de árboles en la lejanía y me conduje hasta allí entre brotes de legumbres con cuidado de no pisar nada. Los surcos eran húmedos y el légamo cubría las partes al amparo de la sombra. Si no fuera porque ya nada me sorprendía en aquel lugar, diríase que el dueño de los cultivos bajo mis pies había abandonado su trabajo hacía ya tiempo. No menor fue mi sorpresa al llegar a los árboles. Se trataba de un aislado bosquecillo y mientras algunos troncos permanecían sanos, otros estaban echados a perder. Sé que los álamos son blancos, no negros como los tizones de la turba, y esbeltos, no retorcidos como la espalda de una vieja maltrecha. ¿Obra de un olvidado incendio? sin embargo ni se me ocurría una explicación para comprender por qué el fuego había respetado a algunos de esos árboles y condenado al resto. El fuego no hace elecciones. Un campo de árboles moribundos, con el limo cubriendo la base de los troncos y las cortezas desprendidas en lo alto. Así que algo debía haber contaminado aquellos ejemplares y ese algo debía ser natural. No se me ocurría el qué hasta que descubrí un hilillo de agua sucia que provenía sin duda de algún lugar profundo, bajo las raíces de aquellos álamos deshechos. Levanté la cabeza. Desde allí podía ver ya el pueblo. Donde la vegetación aumentaba su presencia, ya que alrededor de mí tan sólo estaba la altiplanicie de tierra y helechos. El camposanto en el centro y este bosquecillo apartado... qué extraña distribución. Y cuando ya dirigí mis pasos hacia las casas, a mi lado brotaban los cardos que devoraban la posibilidad de que algo sano creciera. Incluso las moreras se multiplicaban resecas ondeando sus pinchos frente al seco río pegajoso. El Sol se ponía ya, pero el aumento de la vegetación alegraba mi espíritu. En ocasiones esgrimí el palo como un sable.


Alcancé el pueblo en silencio, entre la negrura, hasta alcanzar una solitaria farola. Atravesé un puentecillo de madera. Bajo el puente, el río seco dormía su sueño de nulidad. Seguí caminando y luego agaché la cabeza ante la llegada de unos molestos vientos que cruzaban las esquinas de las primeras casas. A lo lejos crecía una masa de nubes. El moho que colgaba de los tejados generaba un inquietante sentimiento de soledad. Temblé ante el repentino frío que llegó a la caída de la noche, con los perros ladrando a intervalos largos. Ladridos que más parecían ser quejidos, hechos más por oficio que por temperamento. Bajo el campanario de chapitel de pizarra, me figure a mí mismo como un ser de aspecto tenebroso, cayado en mano y enfundado en una levita negra. Por suerte no me crucé con nadie por la calle y no tarde en verme abriendo la puerta de mi casa, penetrando en ella y procurándome la luz de alguna vela mientras trataba de acceder al salón para animarme frente a los rescoldos de la chimenea.
Sentado allí, dispuse algo de comer y cuchillo en mano, traté de calmar mi estado llenando mi estómago. Luego debía mirar entre los papeles y las posesiones de mi padre en busca de las escrituras y de cualquier cosa de valor. ¿Sabía entonces lo que me encontraría? no lo creo, ¿no espera uno encontrarse siempre con algún tesoro de gran valor sentimental cuando ojea entre los recuerdos del pasado? ¡Y cual no es mi sorpresa al remover entre los trastos de mi progenitor! además de las esperadas cartas y viejas fotografías, allí estaba, escondido o apartado en la mesilla de noche, el papel misterioso, escrito con una caligrafía desconocida para mí, con un texto aún más extraño. La hoja amarilla parecía bastante vieja ya. ¿Obra de algún antepasado familiar? cuando la hube desempolvado leí con cuidado la difícil letra. Decía así:

            Hubo una vez una historia de otro tiempo y otro lugar,
            suceso contado de padres a hijos, generación tras
            generación, allí donde los señoriales cipreses cubren los
            páramos y su altura descubre en la lejanía el camposanto
            en mitad de la nada, llana y vasta, solitaria y muerta.
            Y muertos eran, quienes allí depositaban su morada y su esperanza,
            yerta, cada vez que más la postergaban, abandonando sus arrugas
            y abandonándose sus cabellos, blancos y grises, del color de su mirada.

            Quedé estremecido al instante debido a la extrañeza de esas palabras ¿qué podía ser aquello? retiré mis ojos de tan deprimente texto que parecía estar escrito con impetuosa desgana... escrito a desgana no, no es esa la palabra. Era ciertamente un poema, tal vez un poema de tradición oral que se perdía en el tiempo. Es curioso ¿hubo un poeta en mi familia? sin embargo aquel me parecía tosco, sin métrica aparente aunque con intención de encontrarla…. Tal vez fuese realmente así si es que era de tradición oral, o se hubiera ido alterando con el tiempo, transmitido de generación en generación. O bien se trataba, simplemente, del primer y último ejercicio acabado de un ascendente familiar que hizo brillar su genio en una ocasión y después lo hizo morir dado el mundo hostil que le rodeaba. Si fuera así, sentíame yo hermanado con aquel ascendiente; qué pálpito no llegué a sentir ante un compañero de armas, ante un artista. Así podía comprender yo mi natural inclinación al arte, tan alejado de éstos yermos odiosos, cuyas exigencias hacían menguar la vida de los hombres con el más arduo y poco agradecido de los trabajos. Pero no acababa ahí el poema, había más y seguí leyendo:



Hubo una vez una alameda por allí cerca elevada, que servía
            de guía a los corazones valientes sumergidos en la luz de la
            primavera, ahora ignorada, pues en su lugar permanecen,
            en el alto cerro que se alza y desciende por las perdidas hondanadas,
            los esqueletos de madera, como postrer señal de la vida que fue allí
            abundante,  junto a las jóvenes ilusiones y a los jóvenes
            amores que, en otro tiempo, bajo ellos se arrullaban.


            El tono seguía siendo extraño, pesimista, melancólico... esas eran las palabras.
Sin duda la sensibilidad del poeta adivinaba muerte allí donde en el momento florecía la vida, esqueletos de madera que sustituían a frondosos árboles que antaño arropaban bajo sus copas repletas de verdor a los jóvenes amantes. Emití un resoplido de satisfacción y por poco apago las velas. No me sorprendí al encontrarme excitado por aquel hallazgo. Un lúgubre viaje transformado ahora en un inquietante deambular por el pasado de mi sangre. Siempre me había juzgado como un ser extraño entre los míos. Tan sólo en la ciudad encontré gente afín a mí, y hete que me encuentro con esto... así que debo bajar a la bodega en busca de una botella para acompañar el descubrimiento. Por poco que sea lo que uno halle, si despierta sus emociones más anheladas, nada habrá en el mundo que iguale su fortuna. Así que corrí escaleras abajo, corrí y subí, y con la botella sobre mis labios ya, continué leyendo el siguiente párrafo, que decía:

            Hubo una vez un río donde ahora yace el barro,
en sus riberas colmaban
            las flores, hoy marchitas y no queda nada alrededor
salvo un llano abrupto
            y ceniciento como un llanto eterno, sumido en la desgracia;
pues ya nada
            agarra en su linde maldita, ese lugar de corazón compungido
donde nació
            la ponzoña que devoró el triste destino de una joven que supo amar,
            pero que jamás fue amada.

            Pero, ¿podía ser?, ¡qué estupidez! miré la botella de vino: apenas bebí de ella unos sorbos. ¿Acaso había que ser idiota para no ver la comparación que hacían los versos con el páramo yermo y la altiplanicie que rodeaba el cementerio?, ¿qué significaba aquello? de nuevo la extrañeza se apoderó de mí. Miré al vaivén de la llama sobre la vela. Pues... claro, el autor tan sólo había ambientado el texto con el territorio que él conocía. Simplemente dotaba de un aire misterioso un poema sobre dos amantes, quizá la historia de un amor no correspondido que él mismo sufrió. Como tantos otros... como tantos otros. Al fin y al cabo ¿cuántos se pueden jactar de no haber plasmado sus frustraciones amorosas de adolescente entre unos torpes versos? Yo mismo lo hice, ¡demonios!, son cosas de la tierna juventud. Ahora que lo pienso me resulta curioso. Los poemas de juventud parecen brotar siempre con la fuerza de un despertar indeterminado... como si no se pudieran contener los empujes del deseo o de una nobleza que brota al hacerse consciente del mundo. Es esa eufórica sensación la que nos hace imaginar y proyectar sobre nuestro futuro, ¡qué edad tan turbulenta... todo se quiere al instante!, pero veamos... sigamos con nuestro triste poema de amor.

            Hubo una vez que en estos campos tan llenos de todo
 y a la vez tan llenos de nada,
los bosques eran oscuros,
pues la claridad del Sol el suelo no hería.
Tierra fértil repleta de vida,
            allí donde las casas de los soñadores nacían y se multiplicaban,
            apilándose entre empedradas calles; no había quien dejase de reír
            hasta que cambió risa por llanto, buscando después entre los áridos campos,
            sueños y palabras, los familiares nombres, descripciones ya olvidadas.

            y luego:

            Los versos espejados.
Hubo una vez, finalmente, que aquel llanto fue aplacado,
            y ya no quedaron sino los recuerdos, espejos ensuciados.

            Esto no lo comprendía bien... ese era el final y de repente el poema era apagado con una oscura y vaga descripción..., no, premonición. A ver, aquí nos habla de vida, de vida que nunca cesaba. Los soñadores, los soñadores... vaya. Pues bien ¿no sueña alguien que proyecta un futuro...? Sí, es lo que decíamos antes, pero... unos soñadores..., gente que es joven, por supuesto, y que está en un sitio joven. Casas nuevas, con familias… pero esto no tiene sentido. No lo tiene a no ser, claro está, que sea una simple metáfora, una manera de hablar metafórica. Ya está, son las ilusiones comunes de la gente, sin más... y se trata de varias generaciones. Luego, todo se vuelve oscuro y algo parece desplomarse y llega ese olvido, sueños y palabras, sueños y palabras... y descripciones ya olvidadas, simplemente, el paso del tiempo y los deseos incumplidos, eso es obvio. ¿Pero por qué el llanto? ¿Estaba ante la típica atracción adolescente por la fatalidad? ¿Otra vez con esas? y me apoyé contra el respaldo de la silla. La desilusión comenzaba a aflorar en mi pecho y tragué más vino. "Una mediocridad", pensé. Y me convencí de que estaba en lo cierto. Penetré con mi mirada en el silencio ambárico de la habitación. "Pero no debo ser tan duro, decíamos que fue el primer y el último intento de mi viejo colega y estamos hablando de alguien de mi propia familia..."; con todo ojee por la parte de atrás con gesto decidido. Habían unas líneas.

            Camino por los paisajes por este cuento aquí descritos
            cómo han cambiado, no lo sé, pero no son ya los mismos

            Escudriñé la hoja en busca de algo más, pero fue inútil. Al menos fue bonito mientras duró. Me dirigí a los bultos donde había amontonado todo lo que pensaba llevarme de allí. Terminé de arrinconarlo y cuando di por concluida la tarea, regresé a la habitación. Comenzaba a hacer fresco, pues hacia ya rato que la chimenea estaba apagada y los rescoldos estaban consumidos. El tubo metálico se conectaba al exterior pasando por el dormitorio y eso hizo que allí, al menos, no se pasara mucho frío. Dejé el candelabro en la mesilla, al lado del poema manuscrito. "Mañana tengo que hacer la visita", me dije, y me preparé para dormir.




            A la mañana siguiente desayuné, me lavé y vestí a toda prisa. Debían ser las diez y media cuando me dirigí a la casa del alcalde que se había ofrecido para supervisar el reparto de los bienes de mi padre. Todo ello muy formal; al entrar me recibió el abogado, un hombre joven que dirimía entre las partes. Supongo que el alcalde actuaba a modo de cacique y pretendía estar bien informado de todo lo que sucedía por aquellas tierras. No me hablé mucho con el par de familiares que acudieron allí... unos primos lejanos, pero como estas cosas no son muy de mi gusto, les ahorraré los pormenores. Yo me quedé con una suma que dejó para mí mi padre y con los recuerdos del hogar que ya tenía empaquetados. A cambio cedía la  propiedad de la casa, a condición de que se ocupasen de cuidar la tumba, por supuesto. Vendí barata mi parte de las tierras, pero recibiría el dinero en unos meses... ¿para qué jugar con el destino de esas gentes? ellos las necesitaban más que yo. Además, si algún día regresaba al pueblo no quería pasar por indeseable. Así que, concluido todo, tenía un día más si lo requería, antes de marcharme. Tras lo cual aclaré que me iría por la tarde y añadí que se pasasen por la casa una media hora antes de que llegase el coche de caballos y yo les daría la llave. Tendría tiempo para preparar mi marcha. Cuando todo el mundo estuvo conforme, el alcalde rió satisfecho y el abogado me pidió compañía, porque ambos viajaríamos a la misma hora, ya que tenía que ir a sellar los papeles en el juzgado, en la ciudad. Aquello me pareció bien, dado que así podríamos comer en la taberna y yo no tendría que cocinar.

Así pues teníamos hasta las cinco... pues el carruaje salía a las cinco y media. Muchas horas por delante para pasarlas charlando tranquilamente. Y aún era pronto, no nos dimos mucha prisa en llegar. "¿Hacía mucho que usted no venía al pueblo?", me preguntó. Yo le dije que la última vez que estuve aquí fue hace cuatro años. Ya entrados en tarea nos bebimos unos vinitos y me confesó que   sus padres vivían en el pueblo más cercano "Sí es que no te molesta que saque el tema..."; nos hicimos familiares. "No fue fácil para el hijo de un carpintero abrirse camino en las leyes. Trabajo para una firma en la ciudad, ya sabe, modestita...". La taberna estaba semivacía. Un hombre muy mayor comió en una esquina, mientras el posadero devoró un gran conejo a nuestra salud. El lugar era agradable, aunque el olor de la cocina lo impregnaba todo. Afuera comenzó a levantarse viento, pero en el muro más extenso de la taberna había una colección de platos que atraía toda mi atención ya que era lo único ordenado allí. "Pero, no comprendo, entonces usted no conocía a sus padres, ¿cuántos años estuvo junto a sus tíos?", me inquirió. Yo le contesté que no andaba muy en sintonía con la familia. "Perdone que me entrometa, pero eso ya se ve. Es decir... creo haberlo visto". Le calmé diciéndole que no se preocupara. Que era del todo cierto y que con mi padre había mantenido una sólida correspondencia y que si yo no había ido mucho al pueblo, él si que se acercó bastante a la ciudad. Y es que, tras la temprana muerte de mi madre, el no volvió a casarse y vivió muy solo. Era a mi madre a quien no conocía, porque falleció cuando yo tenía cuatro años. Y a estas cosas sumé el hecho de que me había topado recientemente con una sorpresa: un familiar poeta, más bien un antiguo familiar poeta. Él acogió la noticia sorprendido. “Sí”, le dije, “no sabía de nada parecido en mi familia”. Pero también le dije que se andara con ojo, pues hablábamos de un proyecto de poeta, pero de un proyecto de poeta frustrado. Ciertamente, las risas iban en aumento en nuestra mesa a medida que el posadero fregaba los cacharros con verdadero ímpetu. Aquel abogado me contó no se qué historia y después demostró sentir curiosidad por el poema. El viejo solitario, que pareció acercarse antes a nuestra mesa, giró de un lado y sin decir nada, se marchó a la calle. Nos pilló desprevenidos, la verdad. Y nos echamos a reír, ya que el vino hacía rato que nos puso contentos. El posadero barría ahora el suelo, porque durante la comida dejó abierto para que entrara la corriente y como es natural, el polvo se coló adentro, tapizando las agrietadas baldosas. Le hablé, pues, del poema y de sus extraños versos, de sus ideas tópicas, de sus imágenes, y añadí que eran similares a los lugares que rodeaban el cementerio. Y que yo suponía que al fin y al cabo el autor no debía conocer muchos escenarios más donde posar su despertada imaginación. Él asintió y después dijo otra cosa: "Ha debido ser algo extraño. Y precisamente en el cementerio. ¿Recuerda haber visto aquella zona tan seca en su infancia?". El abogado, tras decir aquello, se echó para atrás con una sonrisa en la boca. Luego alzó la mano, "Voy a pedir un café ¿qué te ocurre?". Lo que me ocurría era inesperado ¿cómo decirlo? No, no lo recordaba. Claro que no podía recordarlo. Claro que yo era muy pequeño entonces.... ”Lo digo porque algo escuché por ahí, una habladuría. De adolescente, bueno... jugábamos a perdernos por esa zona. Como una prueba de valor ¿sabe?, una tontería. Se decía que el lugar es malo, cosas de viejas ¿comprende?, preguntaré al posadero, él se acordará." Le pedí que lo hiciera y a ambos se nos aclaró después algo la cabeza por la impresión que nos causó el hacerlo, dado que aquel hombre esquivaba respondernos sobre ése tema. Y no lo disimulaba. Se marchó a la barra y trajo dos cafés: "Invita la casa" y se marchó de nuevo e hizo como que tenía tareas importantes que llevar a cabo. La escoba, sin embargo, estaba donde la había dejado y el polvo seguía tapizando las baldosas agrietadas. El abogado y yo nos miramos. Tomamos el café y acto seguido salimos afuera dando las gracias.


            Ya en la calle y de camino a mi casa seguimos charlando. Me restregué la cabeza y declaré como si me regresaran las ideas. "Cuando me fui a la ciudad, o poco después... yo era muy pequeño. Quizá debería preguntar sobre esto a mis tíos, tal vez vaya a visitarlos. Fui a vivir con ellos cuando murió mi madre. Pero yo creo que los bosques enfermaron." comenté. "Extraña coincidencia, - contestó él - ¿Y usted cree que la tierra está contaminada desde entonces? y a saber de qué. Mire que aquí todavía son muy torpes y supersticiosos." Fui arrastrando los pies, como movido por una lejana inquietud. "¿Contaminadas?, pues verá... yo no soy hombre de campo, pero seguramente ocurra que..." Pero desde hacía un momento veíamos a una moza de unos treinta y pico al final de la calle. Morenaza, con un pañuelo en el pelo, un talle firme y andares decididos. En realidad ambos la estábamos mirando, para qué engañarse. Giró en el cruce antes que nosotros y a Fe mía que apresuramos el paso para alcanzarla. Al dar vuelta a la esquina ya no estaba. Y seguimos disimuladamente nuestro camino, entonces una vieja que estaba sentada a nuestra izquierda se levantó y nos hizo un gesto con la mano. Nos detuvimos. Yo ni me habría percatado de su presencia de no ser por su llamada y me figuro que mi nuevo colega tampoco. Avanzó despacio hacia nosotros, envuelta en luto, maldita costumbre. Entonces, de repente, me agarró de las manos. Pude notar el temblor de sus dedos. Miré al abogado en busca de apoyo, pero ni él mismo sabía que hacer con su cuerpo, pues se sentía totalmente fuera de lugar. Las manos de aquella vieja eran ásperas y sus ojos vidriosos me miraban fijamente. Al final tuve que enfrentarme a ellos. Esbocé una sonrisa. "Señora..." comenté. Y ella respondió "Yo conocí a tu madre. Ella te quería mucho". Murmuraba. Siguió mirándome, me miró de arriba a abajo. Sus ojos se agrandaron y  en ése momento sus manos apretaron con fuerza. Entonces me soltó y se fue, lentamente, hacia la esquina. Cuando no la vimos más, sentí  algo en mi hombro, la mano del abogado, pálida como su cara. "Vamos", fue lo único que pude dejar escapar por mi boca.


            No eran todavía las cinco de la tarde, pero el viento era molesto. Aquellos metros hasta mi portal se me hicieron densos, eternos. La turbación por aquel encuentro se iba disipando poco a poco a cada paso. Aquel primo lejano, el de la herencia, aguardaba frente a mi casa. Al verlo amagué un saludo, pero el viento levantó una tolvanera y se me metió algo de polvo en un ojo. "Tal vez bebimos demasiado y hayamos estado torpes con esa señora...", comentó mi colega. Pero yo me zafaba aún intentando liberar mi ojo de aquella molestia incómoda. Me sentí ridículo y sonreí. Ambos reímos, toda la tensión se liberó de nuestras cabezas ante la boba mirada de mi primo. "¡Eh!... parecen contentos, ¿eh?" comentó de lejos. Quería aparentar familiaridad y la oportunidad era magnífica para él, habida cuenta que hace unas horas nos estuvimos disputando tierras y casa. Luego añadió, observador: "Imagino yo que ya que va ha hacer el viaje con ese señor con el que ha comido, no me llegue a mi noticia mala sobre lo firmao", sonreí, ¿qué otra cosa podía hacer? en realidad éramos como dos extraños y comprendí que sus suspicacias eran algo natural. "Éste señor y yo sólo somos compañeros de viaje, nada más", él pareció insistir "Compañeros, ¿eh?" y tras ejecutar una sonrisa forzada, me dirigí a por los paquetes. En el cuarto, me encontré con la página manuscrita allí donde la había dejado la noche antes, junto al candelabro. Lo recogí y me lo guardé en la chaqueta. La persiana dejaba entrar un fosforescente y lánguido halo de luz.


            "Tome, la llave de la casa", dije mientras extendía el objeto metálico a su nuevo dueño. "¿Sabe? - comenté - antes he visto a una señora que dijo haber conocido a mi madre ¿la conoce?",  "Agradecido estoy por la llave - dijo - aquí ya no queda naide así, ya nada le ata a usté aquí. - Hizo una pausa -  por cierto, ¿usté es un artista ¿verdá?, ¿pintor?", según mi parecer aquel hombre quería por algún motivo forzar la charla de compromiso. No vi objeción en ello. "No, escritor. Escribo. Para periódicos. A veces publico cuentos, algún libro...", contesté sin prestar mucha atención, no veía ningún interés en ser conocido por allí, demasiados vínculos.... Me contestó lo que sigue: "Escribe ¿eh? ¿Poesía? como verá, aquí las noticias vuelan", me miró con suspicacia y me quedé helado. "Aquí no - continuó - aquí no tenemos d´eso, nunca tuvimos. Con el campo ya tenemos para rato largo...  -  se hizo el distraído y arrastró la arena bajo sus pies - ¡Eh!, vamos, el coche espera." Yo estaba estupefacto. No supe qué hacer ni responder. Señaló hacia delante, "El coche espera." Por fin el abogado agarró mi maleta y aprovechó para mirarme a los ojos y susurrar nervioso "El coche...", tratando de calmarme. Sin mirar atrás coloqué mi equipaje y acudí a sentarme. Mi colega delante y a su lado, una señora mayor, "Hola, cómo están ustedes", dijo reservada. Y tan pronto como eso sucediera, dos chasquidos pusieron en marcha el carro, con los caballos al trote.


            El viaje se hizo incómodo. El camino era pedregoso y accidentado. Aquellas palabras tan sutiles...,  "poesía", pensé, "Nuestra charla en la taberna..., qué error he cometido. Pero aún así... ¿por qué...?" La voz del abogado me despertó de mis ensoñaciones. La señora también pareció despertar. "¿No se ha dado cuenta de cómo ha subrayado algunas de sus palabras aquel... familiar suyo?, estaba claro que quería apartarle a usted de algo..." Entonces pareció pensar un momento "¿Me deja ver el escrito? ¿Lo lleva usted ahí?", yo, casualmente, lo había escondido en el bolsillo de la chaqueta, ya que fue lo último que me guarde estando todavía en la casa. Se lo acerqué, noté un pálpito insospechado en la sien izquierda. Aquel joven lo observó detenidamente, lo leyó para sí, y lo volvió a observar. A su lado la señora comenzaba a intrigarse, pero no se atrevía siquiera a preguntar. "No parece tan viejo - declaró de repente - créeme, estoy acostumbrado a ver papeles antiguos y éste no tiene mucho más de quince o veinte años.", "¿Está seguro?" respondí. "Totalmente. Y otra cosa más. Un detalle. La letra de éste manuscrito... ha notado sin duda suspicacias hacia su familia en el pueblo, hacia sus padres." "Extraño ¿no?, - respondí yo -  en los pueblos ya se sabe... ¿por qué lo pregunta?" Las ruedas pasaron por encima de algo y dimos un pequeño salto. La señora dejó escapar un "¡Oh!", pero el abogado lo aprovechó para acercarse a mi. "Amigo mío. Amigo mío... porque yo nunca me equivoco en éstas cosas ¿no se ha dado cuenta? la letra es tosca - señaló en el papel – pero la letra contenida en éste manuscrito es de mujer."
            Alargué la mano. Con la otra sujeté firmemente el pliego y leí aquellas líneas de nuevo. Miré a mi compañero, a su lado la mujer parecía asustarse sin saber ella misma por qué motivo. Luego volví a leer y a reeleer, varias veces. Repasé el texto varias veces mientras en la cabeza se arremolinaban los sucesos acontecidos los dos últimos días. Los sucesos y las conversaciones. Las conversaciones, aquella conversación.

Silencio.


            Al llegar a nuestro destino ya era casi de noche. Nos dimos un apretón de manos. "Ése campesino, primo suyo, tiene motivos de sobra para sospechar, ¿eh?", agradecí con la mirada que aquel abogado pronunciara aquellas palabras, ya que permanecimos callados en el coche durante hora y media. "Le enviaré  una copia en cuanto pueda", agregó señalando con un gesto su maletín. Fue una despedida escueta, casi automática, pues la sombra de la desazón se había interpuesto entre nosotros. Me marché, a paso rápido llegaría en media hora a la pensión. En cambio en una hora estaría en casa de mis tíos...  Descarté lo segundo.
            Por la mañana tenía trabajo. La mayor parte del tiempo hago de corrector en el periódico y la primera tirada... (…) Anduve por la acera, rápido por encima de los adoquines. La sombra de los últimos tranvías destacando en la distancia, con el ralentí nocturno en aumento. Pronto la bruma y la humedad. Sentí pesarme el corazón. Al llegar a mi destino estaba agotado. Desde aquel día no volví a saber nada de aquel joven, pues aquel amable abogado decidió enviar a un aprendiz a hacer las labores de correo.

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