martes, 8 de mayo de 2012


(…) Me entretengo en el estudio de Messer para ojear un poco sus libros. Hemos coescrito algunas cosas que aglutinamos en libros de cuentos…, no lo había pensado aún, pero, ¿habrá alguno mío en Hoffmanniana? La habitación transmite una calma quieta. Escucho el tintineo de unos hielos cayendo en el vidrio. Casi siento la tentación de echar un vistazo a los papeles del escritorio, pero me abstengo, revolverlos más sería intervenir de alguna manera en el proceso creativo que ya está en marcha y que debe ser retomado cuando regrese su dueño…, Observo los libros de la trilogía de Johannes… ¿cuándo pensará escribir el tercero?

            - Ya he llenado las copas, tenga. – Dice Greenberg tras el tabique. Decido acompañarle.
           
            - ¿No cree que Messer es un poco extraño? Ir por ahí disfrazado de esa manera y a su edad…, dígame, ¿de qué le conoce?

            - Inquisitivo hasta el final ¿eh? – respondo.

            - Me aburro un poco… ¿o prefiere seguir leyendo?

            Doy un sorbito a mi copa y me siento delante del manuscrito. El título del siguiente relato es bastante extraño. No lo reconozco, pero por el tono parece que no es nuevo, como los anteriores.




A través de los versos espejados






Sujeto firmemente a un cayado de rama de roble reemprendo la marcha decidido a hallar reposo de mi largo paseo campestre. Ya había visitado la lapida de mi padre fallecido hacía cuatro años. Su voz aún me sonaba clara al hollar mis pies entre la hojarasca otoñal, amarilla y parda, que tupía el camposanto. La verja, oculta entre la altura de los árboles que se elevaban hacia el cielo, se abrió con un gemido. En uno de los laterales descansaban los nichos como nidos escarbados en la dura piedra. El silencio aumentaba la gravedad del ambiente sereno del cementerio, lo que causa extrañas sensaciones al pasear entre aquellas calmas y estrechas lapidas. El lugar es triste. Está descuidado aunque es pequeño, la hojarasca se la lleva el viento, pero ninguna flor adorna las tumbas.
Ahora sólo quedan las mías, coloridas y clavadas junto a una cruz desnuda de la que pende el nombre de mi progenitor. Unas flores sobre un fondo gris entre las quebradizas hojas arremolinadas. Más cruces y más nombres, todos con su misterio y su memoria. ¿Para qué permanecer allí más tiempo? Mi padre solía decirme que visitase el pueblo para que me entrase el aire sano del campo en los pulmones y así poder expulsar el recuerdo malsano de la ciudad. Él siempre quiso vivir y morir aquí y aunque nunca me explicó a qué se debió la separación con mi madre, nunca dejaba de recordarme que el pueblo era mi hogar, a pesar de haberme criado con mis tíos en la ciudad y de haber hecho mi vida entera allí. Hace cuatro años que lo enterré. Cuatro años sin pasear por éstos parajes. El día de su entierro vi a poca gente, esparcidos y diseminados, llegaron poco a poco para dar el pésame y el adiós al viejo vecino. Pero tanta prudencia y desconfianza me resultó extraña. Ese día el párroco me llevó en su carro, con tanta mala fortuna que en el espacio de carga llevaba sujeto un ataúd, lo que naturalmente transformó mis pensamientos en algo grotesco. El párroco se disculpó tras darme el pésame y en seguida se apiadó de mí, decidido a dar sepultura tras haber dado los auxilios del espíritu a mi difunto padre.


            El resto del viaje lo pasé como sumido en un sueño. El traqueteo producido por los irregulares caminos hacía zarandear el féretro. A nuestro alrededor los árboles iban menguando su número y el llano apareció abruptamente ante nuestros ojos. Allende se extiende mi vista no encuentro nada de la exhuberancia que antaño exhibían éstos campos, referida con orgullo por parte de mi progenitor. Es cierto que hace cuatro años el bosque clareaba, pero ahora no se escucha ni el rumor del fluir del agua en raudos cauces al atravesar la tierra. Y sin embargo, allá, más allá, el bosque cerrado nos rodea en círculo y seguramente continúe tras los montes, ahora pelados. Hago saber esto a mi acompañante, el cual suspira. Me contestó que lamentaba mucho que yo no hubiese acudido a velar al muerto y que tal vez ahora asistiría a un sepelio triste y solitario. Aquellas palabras me hundieron el ánimo bajo la claridad de aquel Sol restellante. El párroco reaccionó rápido y me palmeó la espalda, justo cuando llegábamos al camposanto. La verja estaba abierta, entre aquellas paredes blancas. Apenas tres personas aguardaban a su alrededor y al menos dos de ellas debían ser los encargados de ayudar en el oficio. Detuvimos el carro y el ataúd hizo un golpe seco. Aquellos dos hombres se aproximaron mientras el tercero permaneció en su puesto, a la espera: era el enterrador y aquellos venían a ayudarle para cargar con el féretro. "¿No viene nadie?", pregunté. Sonaron los suspiros debidos al esfuerzo de aquellos dos hombres. Nadie respondió nada.

            El párroco se me adelantó, así que comencé a caminar tras aquella triste comitiva. Fue cuando por el rabillo del ojo vi que aparecieron por el camino un grupo de personas. Sus figuras contrastaban con el yermo horizonte. Y mientras iban posando el ataúd en el suelo, todo parecía encaminarse hacia una discreta ceremonia, en espera de que llegasen los pocos vecinos del pueblo. Apenas hubieron llegado se recitaron unos salmos y se depositó el féretro bajo tierra. Según se iban sucediendo los chasquidos de la arena al chocar con la madera, mi padre iba quedando cada vez más lejos de mí, bajo capas y capas de terreno removido. Entretanto, aquellos aldeanos inclinaban en señal de respeto su cabeza o la visera de su sombrero a medida que se marchaban.

            Ese es el recuerdo de hace cuatro años. Así que cayado en mano he comenzado a caminar por el sendero que guía al poblado para pasar la noche en la antigua casa paterna. Faltan aún cuatro horas para que el Sol se ponga y pienso disfrutar el paseo alejado del mundanal ruido, hasta que llegue el momento de retornar a la ciudad y a sus oscuras humedades, pero eso será mañana. El aire maculado de la tarde refresca mi piel y ondea mis cabellos. Mis músculos se tensan ante la novedad de caminar por entre los guijarros y las subidas y bajadas del terreno irregular, pero aún así éste lugar dista mucho de como yo lo recordaba y por tanto imaginaba en mi memoria. Tristes recuerdos, lo último que me viene a la memoria de aquel funesto día es que escapé en el primer coche de la tarde y que me refugié a la noche en mi hogar. Pero ahora debía inspeccionar la casa paterna en busca de algo de valor, antes de acordar su venta. Qué tedioso se me hacía aquel asunto. Pues seguramente aparecería algún lejano familiar del que no recordaría su nombre, o peor aún aparecerían varios. Negociaciones... negociaciones tediosas junto al que sería mi única mano amiga: mi abogado, un panorama desolador.
            Apretando pues el palo que me servía de sostén, continué mi camino en la tarde que acababa. Aprecié una hilera de árboles en la lejanía y me conduje hasta allí entre brotes de legumbres con cuidado de no pisar nada. Los surcos eran húmedos y el légamo cubría las partes al amparo de la sombra. Si no fuera porque ya nada me sorprendía en aquel lugar, diríase que el dueño de los cultivos bajo mis pies había abandonado su trabajo hacía ya tiempo. No menor fue mi sorpresa al llegar a los árboles. Se trataba de un aislado bosquecillo y mientras algunos troncos permanecían sanos, otros estaban echados a perder. Sé que los álamos son blancos, no negros como los tizones de la turba, y esbeltos, no retorcidos como la espalda de una vieja maltrecha. ¿Obra de un olvidado incendio? sin embargo ni se me ocurría una explicación para comprender por qué el fuego había respetado a algunos de esos árboles y condenado al resto. El fuego no hace elecciones. Un campo de árboles moribundos, con el limo cubriendo la base de los troncos y las cortezas desprendidas en lo alto. Así que algo debía haber contaminado aquellos ejemplares y ese algo debía ser natural. No se me ocurría el qué hasta que descubrí un hilillo de agua sucia que provenía sin duda de algún lugar profundo, bajo las raíces de aquellos álamos deshechos. Levanté la cabeza. Desde allí podía ver ya el pueblo. Donde la vegetación aumentaba su presencia, ya que alrededor de mí tan sólo estaba la altiplanicie de tierra y helechos. El camposanto en el centro y este bosquecillo apartado... qué extraña distribución. Y cuando ya dirigí mis pasos hacia las casas, a mi lado brotaban los cardos que devoraban la posibilidad de que algo sano creciera. Incluso las moreras se multiplicaban resecas ondeando sus pinchos frente al seco río pegajoso. El Sol se ponía ya, pero el aumento de la vegetación alegraba mi espíritu. En ocasiones esgrimí el palo como un sable. 





(Continuará...)

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