jueves, 17 de mayo de 2012



            - Qué historia más extraña. Es muy oscura…, no sé si he entendido algo. - proclama Greenberg algo molesto.  – Empiezo a preguntarme por la obsesiva tendencia hacia lo extravagante de tu amigo...

            -  A lo mejor releyéndolo…

            - Pero al fin y al cabo, hablamos de alguien que se pasea por ahí disfrazado de vagabundo cuentista, ¡alguien que me debe sacar diez años! El abrigo raído, los guantes cortados, esas patillas y esa barba… y el sombrero de copa, ¡ah!, no olvidemos el sombrero…

            No sé cómo responder, ¿se puede juzgar a una persona tan a la ligera? Por otro lado, algo de razón no le falta a este periodista, y la tendría… de no saber yo mismo todo lo que sé de Johannes Messer.

            - Supongo que estoy siendo algo grosero. – Añade mirándome a los ojos.

            - De todas formas estos relatos tienen muchos años ya… de hecho el que acabamos de leer me recuerda a otro, que en su día me gustaba mucho… no sé si lo habrá incluido aquí o lo publicó en otra parte. – Ojeo el manuscrito y localizo el índice. – trataba acerca de un sacerdote que era destinado a un pueblo y se volvía loco por el amor de una mujer, ehm…, todo muy gótico, claro. – Observo que el índice está lleno de borrones, como si en el orden habitase la duda.

            - A lo mejor, sencillamente, este tipo de literatura no me atrae…

            - El siguiente es muy corto. Vea.

            - Esta vez lo leeré yo… - Aclara, mientras carraspea para poner a tono la voz.




El saco de esparto




Con aquel enorme saco de esparto se podían hacer muchas cosas. Miguelín soñaba por ello infinitos juegos. Afuera sólo estaban los pájaros con su monótono piar. Había un Sol radiante afuera, pero la penumbra del silencioso trastero le resultaba atractiva, llena de misterios. Resultaba una indolente y quieta penumbra. Un aura pesada parecía envolver el aire, como si el lugar se hubiese detenido en el tiempo y como si allí dentro resultara posible esconderse para ejercitar el febril vuelo de la imaginación y la sugerencia de lo prohibido. Oblicuos haces de luz caían desde el ventanuco y en ellos revoloteaba el polvo, fugazmente iluminado.

Antes de nada Miguelín se previno bien de que nadie fuera a molestarle: para él todos los múltiples objetos diseminados, la enorme montaña de serrín, los maderos apilados, el olor a madera que lo impregnaba todo, los tenues rayos de Sol apenas filtrados por la suciedad del ventanuco, los diversos objetos misteriosos cubiertos de polvo... y el viejo saco para la leña, aquel saco grueso al tacto que ahora iba a contener las ambiciosas fantasías de Miguelín, que no tardó en cubrirse por entero con él, de pies a cabeza. Gloriosos proyectos de mirada pequeña se extendían desde la imaginación de aquella pequeña cabeza hacia el interior de la repentina negrura. El áspero tacto, la rojiza claridad interior, el arrastrarse de los pies..., la urdimbre hacía que el filtro de la luz se antojara como algo mágico y a la vez extraño, casi protector. Aquel era un lugar protector. Miguelín observaba todo aquello con cuidado, lleno de curiosidad. Y llegó un momento que la fascinación le hizo protagonista de ensueños profundos. Rodaba por el suelo y reía, estaba sólo en su mente infantil saber por qué. Tal vez por las diversas aventuras imaginadas, por los múltiples hechos ocurridos en ellas. Chocaba a ciegas y reía, derribaba a ciegas y gritaba. Saberse escondido en su lugar secreto, sin ser molestado por nadie, le animaba más, aún más. Todas aquellas imágenes luminosas..., la ensoñación producida por los juegos mentales exigía un gran esfuerzo físico al pequeño cuerpo de Miguelín, mas, ¡qué insospechada recompensa! excitación y gozo tras vislumbrar fugaces y alocadas visiones: la visión cegada que se llena de luz. Aquellos espasmos frenéticos, casi voluptuosos se detuvieron de pronto. En un momento se hallaba aprisionado, la tela le rodeaba con fuerza. Se encontraba anudado al enorme saco y poco a poco se hacía difícil respirar. Pataleaba sin remedio y comenzó a asustarse. Y sin embargo aquel miedo le produjo un atractivo insospechado, casi morboso, todo lo morboso que puede haber en una mente infantil. Dentro del saco todo doblaba y se doblaba, se plegaba y la oscuridad tomaba presencia al hacerse insoportable el tacto de la urdimbre de esparto en su cara, en su espalda.
            En realidad aquel forcejeo duró poco. Aunque sobresaltado por el suceso, logró calmarse cuando notó que desde hacía unos segundos una mano y después un brazo asomaban al aire, fuera de la tela. Entonces no le fue complicado liberarse. Con calma y tras apartar la cabeza, reptó hasta situarse de nuevo bajo el haz de luz del ventanuco, se giró y contempló en cuclillas aquel bulto que le había hecho prisionero.
            El saco yacía frente a él, arrugado y quieto. A su alrededor el trastero parecía una presencia muda, su claroscuro parecía respirar, aguardar expectante a algo que jamás iba a suceder. Miguelin notaba calor allí dentro.  Las cajas, los paños sucios, las botellas vacías, los montones de papel, las herramientas del campo, todo inmensamente inmóvil, oculto y a la vez visible, inquietante y a la vez triste. Se irguió y salió afuera. El batiente de la puerta aún chirriaba lejos cuando el mediodía le bañó con su deslumbrante amplitud. Se oía el trinar ocasional de algún ave, y mientras corría en salvaje carrera, las arboledas dormitaban bajo el aplastante calor en aquel verano inacabable.







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