domingo, 20 de mayo de 2012


La Melodía Del Diablo.



…here I opened
Wide the door;-
Darkness there and
nothing more.

E. A. Poe  
(The Raven)






           
En el año mil novecientos diecisiete, cuando en Europa la guerra se había recrudecido y el horror de la “matanza de los inocentes”[1] hacía tiempo que había consternado al mundo, aún existía quien, inmerso en su mundo interior, se debatía entre oscilantes posturas frente al conflicto bélico. Según las habladurías, aquel era el hijo criado entre algodones, acostumbrado a corretear a sus anchas por sus dominios, y ahora se mostraba indiferente ante la barbarie humana y militar que acontecía tras las lejanas costas. Por otro lado, dado que al parecer estaba inmerso en un tardío mundo de identidad decimonónica, su misantropía miope le convencía de no mezclarse en los asuntos ajenos a su existencia edificada entre gruesos muros y altas torres.
            Aquellos fueron el fin de los buenos tiempos para Sir Thomas Hampton. Por eso a nadie sorprendió lo que sucedió después, cuando los hechos de mil novecientos treinta y siete tuvieron su trágico lugar; una leyenda más en la historia difusa de los mitos populares.

            No hace falta recalcar el hecho de que en el mundo aquellos tiempos no eran buenos. Como una tormenta nocturna, las convulsas realidades de las naciones crispaban el ánimo de los ciudadanos y aunque la palabra guerra era aún un rumor, era un rumor, al fin y al cabo. Aquella noche, los reflejos de los relámpagos que desde la bruma eran lanzados sobre la región de C** hicieron aterrorizar a las reses en sus establos cochambrosos. El liso y llano campo se vio sacudido por fuertes espasmos de viento y entre el espacioso hogar que dominaba las vastas extensiones, un temor reprimido dio lugar a momentos de dolorosas experiencias. Pero en medio del tumulto, el silencio amenazante asfixiaba al viejo caserón.

             
            Hacía tiempo que Sir Thomas Hampton ya no razonaba como antaño. Ya no razonaba como en aquellos buenos tiempos. No se parecía ya a aquel testarudo noble que desaprobaba la intervención inglesa en Sudáfrica, por mucho que pintasen como leones a los miembros de la expedición Boer. Los Hampton achacaron esta rebelde forma de pensar, contraría a los intereses de la nación, a la juventud revoloteante de su hijo. Entonces le buscaron a una mujer y el “rebelde” iconoclasta ya no tuvo ojos sino para “madame” Effort, hija de un diputado Tory, aplacando así sus tentativas de cambio.
            Murieron los padres allá por mil novecientos once o doce. El matrimonio de Hampton Effort avanzó por la vida gestionando las propiedades y organizando actos benéficos. Durante años Lady Effort fue una figura reconocida entre las bambalinas del ala más conservadora de Inglaterra. Y poco a poco el joven Thomas se fue apagando de manera servil, aún siendo el dueño de todo, la sombra de su mujer y, por tanto, el dueño de nada. Ella le recriminaba su desinterés por la política y él alegaba dedicarse a fines más elevados y artísticos, ante lo que ella lanzaba un profundo suspiro cargado de desprecio y él, finalmente, acababa refugiándose en su gran piano de cola blanco, muchas veces durante el día y en ocasiones también por la noche. Los criados ya lo tomaban por costumbre y si el piano sonaba a esas altas horas, ellos optaban por cerrar bien las puertas y encogerse de hombros. Lady Effort mantenía buenas relaciones con la nobleza inglesa y alemana, lo que por aquella época era de lo más normal. También eran rumores los asuntos extramatrimoniales de Lady Effort, ya que por algún tiempo hizo diversos viajes al continente. Pero nada alteraba el orden de las cosas en la vieja mansión. Sir Thomas Hampton se dejaba ver poco, cuando acompañaba a su mujer para asistir a alguna fiesta en sociedad no hablaba mucho o si lo hacía, acababa agarrándose a algún invitado con el que pudiera conversar de poesía o de pintura, al calor de las botellas que se servían sin parar. Nunca con altos dignatarios, jamás con políticos. Todo ello exasperaba a su mujer. Quien montaba en cólera al regreso a casa. Odiaba ella su falta de ambición, su ausencia de amor propio, su tendencia hacia lo inútil. Y él, borracho y gimoteante, trataba de mostrar sus sentimientos ante la inflexible postura de su compañera, quien se encerraba en su cuarto para no escucharle. Entonces no era raro que Sir Thomas Hampton se aferrara a alguna botella y se dejaba caer sobre el piano blanco, interpretando las notas en medio de la desesperación.

Acostumbraba él a dar paseos solitarios por el campo. Un buen día, su mujer le comentó que había llegado el momento de tener un hijo. Él asintió como quien obedece una orden buscando con la mirada la aceptación y el perdón. Lady Effort se ciñó un gorro de montar sobre la cabeza, golpeó ligeramente con su fusta el aire y se estiró la chaqueta con decisión. Sus ojos se curvaron. Riendo grotescamente dio media vuelta y se dirigió al establo, apartando con sus botas las heces de los caballos. Sir Thomas comenzó a caminar, aún le temblaba el semblante. Un hijo… Aún pensaba en esto cuando vio cómo un caballo se vino abajo a gran velocidad precipitando al jinete contra un muro de contención. Las nubes se apelotonaban en lo alto de la escena. Sir Thomas permaneció en pie mientras el viento comenzaba a levantarse en la ladera y mientras allá abajo un caballo relinchaba agudamente y las negras levitas de los criados corrían de aquí para allá. Poco tiempo después, Sir Joshua Effort, el suegro, alejado ya de la política, mandó una carta y un árido telegrama al nuevo viudo. Y aunque ambos apenas se conocían, fue inevitable que luego se encontrasen en el sepelio.


            Eso fue todo y aquí comienza la leyenda, el mito popular. Sir Thomas Hampton quedó viudo a los treinta y ocho años. Incapaz de superar la pérdida de quien por otro lado había gobernado su existencia incluso en los más mínimos resquicios de su alma, quedó abandonado a su suerte, porque él mismo no había sabido o podido organizarse una vida propia. Era el año mil novecientos treinta y siete y en Europa sonaban sones violentos de gallardías desafiantes, pero el único desafío que le quedaba al señor Hampton era luchar frente a algo a lo que no estaba preparado: el dolor terrible y la soledad plena, la insufrible ausencia de ocupación trascendental alguna y el abandono de la plena consciencia de manera involuntaria.
           
            Se levantaba un viento terrible en el condado de C** aquella tarde. Los árboles sacudían sus hojas y en las llanuras los cultivos se combaban en ritmos sinuosos hacia la lejanía. Un porche quedó vació y la puerta principal se cerró por espacio de dos días, dos noches y una lluviosa mañana.
            Era algo habitual, los encierros voluntarios del dueño de la casa ya no alarmaban a los criados. Entonces, cuando se cerró el portón de las estancias interiores y el último de los avejados sirvientes se había ido ya a dormir, Sir Thomas Hampton se escabulló por el enorme Hall y encendió unas pocas velas y quinqués, buscando una vez más la intimidad. Luego de cerrar las cortinas, ansioso e impaciente, destapó el piano blanco como de costumbre; en ese ambiente extraño, rodeado de los enseres de varias generaciones, circunvalado por la iluminación de vagos claroscuros, tenso a pesar de todo.
            Sin duda escondía un insospechado terror cervil tras su fino pecho, sin embargo: Y es que el pobre Sir Thomas Hampton, paranoico y obsesivo, iba a dar el salto a la locura.   





(Continuará...)


[1]              La batalla de Ypres, en la Primera Guerra mundial.

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