sábado, 5 de mayo de 2012


No he dado aún tres pasos en el jardín cuando me encuentro de frente con un hombre que camina sofocado: un montón de hojas bajo el brazo. Le saludo, entonces se detiene en seco.
-          ¿Ha visto usted a Messer? – le pregunto. Parece dudar, por fin responde.
-          He estado con él ahora mismo.
Sonrío, por su aspecto diría que ha debido hacer descubrimientos interesantes. Bienvenido al club, amigo.
- Entonces no le molestará si tomamos algo dentro de la casa, soy un viejo amigo de su dueño y desearía esperarle. Además, me he tomado la molestia de traer un vinito…
            - De acuerdo, no me vendría mal calmarme un poco… me encuentro algo alterado.
            - No se hable más.
            Cuando entramos la casa está en penumbra. Silenciosa. Acomodoun par de sillas y me entretengo con un abridor de botellas.
            - No mentía.
            - ¿El qué…?
- Messer, cuando dijo que había ocultado fotos y cualquier cosa comprometedora.
            - Ah, ya…
            Descorcho la botella y sirvo un par de copas.
            - ¿No le parece un poco raro todo eso?

            Parece realmente interesado en dar con algo, aquel hombre mira arriba y abajo como si fuera una costumbre.
            - Sus motivos tendrá. Por cierto, aún no me ha dicho su nombre.
            - ¿El mío?, Greenberg, periodista.
            - Entonces yo omitiré el mío. – Respondo. – Por motivos personales.
            Le miro fijamente y le pregunto.
            - ¿Ha estado en la biblioteca, la ha… uh, visto?
            - Tiene allí sus obras al completo.
            - Esa biblioteca no, hombre – y señalo con el dedo – me refiero a la otra, ¡la de abajo!
            - Claro, esa… no hacía falta que gritara.
            No puedo evitar reír por dentro, la tentación de ser melodramático ha sido superior a mis fuerzas.
            - Ja, ja, ja… no se preocupe, ¿lo ve? Ya no somos dos extraños. Brindemos.
            Observo divertido cómo se bebe media copa de un trago. Luego dirijo mi atención al montón de hojas.
            - Hoffmanniana… al final lo hizo.
            - ¿Cómo dice?
            - Messer siempre quiso juntar cierto tipo de relatos e historias de su juventud bajo un mismo título.
            - No parece haber nada de raro en eso.

            - Mire, la primera historia aún la recuerdo, pero parece corregida. Debía correr el año 2000 o 2002 cuando…
            - Entonces, ¿la ha leído?
            - La he leído todas, salvo que haya alguna nueva… Memorias de un pequeño melómano, oh, qué tiempos. ¿Es usted seguidor de la obra de mi colega?
            - Pues para serle sincero no. He tenido que sustituir a un compañero, de todas formas, yo era el que estaba más cerca.
            - “El que estaba más cerca”, menudo pragmatismo el suyo. Si quiere leemos juntos el libro. Puede venirle bien para lo que sea que haya venido a parar aquí. Ésta historia tiene un poco de todo: hay quien incluso ha encontrado rasgos proustianos en ella. Pero generalmente se trata de historias góticas, macabras y fantásticas. Serviré de nuevo un poco más de vino… así. Veamos, hum, supongo que al menos le gustará la música. Bien, comencemos…


MEMORIAS DE UN PEQUEÑO MELÓMANO

                                              
            Pocas veces, mientras uno camina, suele observar las calles tras la caída de la lluvia. Nos perdemos así mil y una texturas, reflejos y variedades, que de ningún otro modo apreciaríamos en otro contexto. Acuden a nosotros los pequeños y sinuosos riachuelos que transportan entre los adoquines, una inusual mescolanza de residuos y objetos que serpentean por los diferentes surcos y caminos formados por el agua: Aquí, una colilla de cigarro, viene a caer por la rejilla que da a parar a las cloacas, (triste viaje incómodo el suyo), allá un transeúnte se aparta de su camino, con la ayuda de un pequeño salto, para no ensuciarse porque un envoltorio navega inexorable debajo de sus pies, hacia el final de la calle, perdiéndose de vista.

            Tal vez llegue al puerto de la ciudad, ¿verá ese papel inmundo e insignificante mundos que yo nunca conoceré, una vez se embarque en el mar? Y ya una vez pensado esto, no puedo evitar que la imaginación, a mí, se me dispare, así pues, ¡buen viaje a ambos!
            Buen viaje.
            ¿Es que, acaso jamás pensaron divertirse sin necesidad de reír o actuar?  Soñar despierto ayuda a sobrellevar la soledad y yo haré de mi camino un sueño.
            ¿No se han preguntado alguna vez si era posible cambiar el mundo?, si uno lo piensa imbuido del ambiente de la lluvia todo parece nuevo, nuevas incluso las ideas. El frescor que le rodea a uno y se adueña de todo lo que usted observa, parece otorgar renovada vida y sentido claro a su existencia, e incluso la sordidez de la urbe se torna llevadera... yo me distraigo pensando en éstas y otras cosas.

            Ustedes dirán: Vaya, ¡qué joven tan raro! y procurarán, con mucha discreción, apartarse de mí, sin ofender, discretamente. No les culpo. Yo no nací en la ciudad, si no que nací en el campo. En un bello pueblo en mitad de un páramo que linda con Andalucía y Madrid. Un lugar de historias corrientes y noches escondidas, porque son tan calladas que parece que vivan con el susto metido en el cuerpo. Allí quedó mi padre, allí quedó mi familia. Un lugar semidormido que me hizo heredar una cierta melancolía de pobre, esto es, la capacidad de ver e imaginar con tranquilidad lo que uno jamás podrá tener. Y sin embargo...
            Observo los escaparates. Muestran como lienzos pintados, la vida exterior reflejada en su superficie; los árboles con un ligero batir del viento, sacuden su exceso de agua al suelo cuando transito bajo ellos. Los pequeños charcos reflejan en sus ondas la distorsión de cuanto les rodea, gentes, perros y tranvías..., pero el basto desenfreno de principios de siglo lo inunda todo de humos, sinsabores y olores desagradables, ¡es la civilización, amigos! Si, es la civilización destructora de ánimos, que lo aprisiona a uno y no le deja libre y no le suelta.

            Semejante perorata me desvía de nuevo al pueblo de mis padres, donde les abandoné a ustedes de mala manera, que tan lejano me parece ahora, con su sosiego, sus eternos silencios; su calor, pero la tranquilidad, ¡ay, la paz, la bendita paz!
            Ya quisieran los habitantes de este infierno de sabores rancios saber lo que es la paz, caminar mirando al horizonte y distraerse ocioso contemplando, tal vez,  el revolotear tranquilo de las aves negras en el cielo...

            Y yo distraído, esquivo de repente, la maquina infernal que a poco ha estado a punto de matarme. El conductor me grita y el monstruo metálico, con su ruido de cacharro desengrasado, gira con estrépito sobre sus raíles para desaparecer por la calle de enfrente. Debo tener mucho cuidado, mucha gente muere atropellada a diario por errores como este. Primero, uno no lo ve venir, y al segundo, ya no ve venir nada más. Tal vez un último instante, pienso, en el que se puede contemplar los propios miembros agitarse. Me detengo por el repentino miedo. No quiero andar más. A mi alrededor gente con prisa camina segura de a donde se dirige, y yo los miro aún sin recuperarme del susto...

             Me encuentro situado frente a una plaza, deseo atravesarla y llegar hasta la avenida que veo más abajo. Decido continuar mi camino y cruzo la enorme plaza y en ella, la gente corre más que anda. Unos jóvenes conversan tranquilos transportando unos pesados libros, los pelos brillantes cortando el cielo. Las direcciones se confunden y cada cual va por su lado o por donde puede. Un hombre, distraído como yo, esquiva de milagro un tranvía, nos miramos a lo lejos y nos reconocemos como sufridos supervivientes de esta locura. Él se escabulle calle abajo y yo sigo aquí, intentando recordar mi camino. Logro salir del mortal atajo, porque bordear la enorme plaza ocupa mucho tiempo, y llego por fin a la enorme avenida descendente; pero antes de irme, un anciano emprende la peligrosa y rutinaria decisión de cruzar ese río Aqueronte mostrando muy tenso una cara de pánico que me aturde y desconcierta; sigo adelante, la calle no está muy transitada. Eso me dará lugar a detener mi atención sobre las fachadas tan hermosas que componen mi trayecto. Como la humedad ha formado manchas en la piedra me distraigo observando sus caprichosas formas. La tierra encharcada de un socavón me devuelve de mis ensoñaciones, al ver los edificios reflejados. Pero una pestilencia surgida de una alcantarilla rompe con todo posible romanticismo y de repente me giro y pienso: ¡el anciano!, como he podido... ¡acabará triturado, y yo aquí, ensimismado e indeciso! Arriba permanece quieto el viejo, curvada la espalda, con ademán inquieto, terso el brazo apoyado en un garrote y temblorosas las piernas. De repente alguien le ayuda a cruzar y yo respiro tranquilo.
            He de confesarles que tanta soledad acaba con uno, es malo estar solo. Y en una ciudad debemos ayudarnos todo lo que podamos o seremos tragados por ella, deglutidos por ella hasta que no deje restos de nosotros. Pero estar solo tiene sus ventajas, por ejemplo, poder oír música. El dinero que gano aquí, es enviado en su mayoría a mis familiares del pueblo, pero con lo que me queda y con cierta ayuda, conseguí un magnífico gramófono de alquiler, que me acompaña en mis horas de pesadumbre y soltería.

            Pero camino ya, por fin, por el magnifico parque que muestra sus orgullosas hileras de chopos como una interminable procesión. El olor de la tierra mojada y el frío me sacuden colmando mis ansias de tranquilidad y aire libre. Los árboles, recién lavados, brillan y gotean llenándolo todo de vida. Por todas partes, innumerables fragancias me desbordan y mi piel, erizados los pelos, parece renacer cuando tan sólo una calle más arriba se encontraba cansada, agotada y plegada en si misma. Camino, los niños gritan y corren alrededor de todas partes mientras decenas de paseantes disfrutan como yo, de tan singulares sensaciones.    

            Es ahora, y maldita sea mi suerte, cuando a mi cabeza acude una música gloriosa y como no consigo recordar cual es, decido regresar a casa a averiguarlo, ya. Porque yo soy de temperamento nervioso y me excito rápidamente con cualquier tontería. Debo disculparme por mis actos ya que, cuando una idea se perfila en mi cabeza, pero no se concreta, un no se qué se apodera de mí y debo concluirla.
            Pero por desgracia yo no vivo aquí, no en esta zona. Y me veo obligado a recurrir a los servicios de una de esas calamidades de metal, y cuando ya estoy dentro, trato por todos los medios de no olvidar aquello que me forzó a iniciar el viaje y sobre todo, las hermosas sensaciones que he vivido desde la mañana; y los rostros, entre pacientes y sumisos de los viajeros, parecen girar a todas partes para no encontrar las miradas de las demás personas. Es curioso que, para lograrlo, realicen toda suerte de espasmos y funambulismos calculados, tales como: mover una pierna es una excusa para arrebatar el pliegue del abrigo al vecino; inclinar la cabeza hacia la ventana también; los hay que permanecen rígidos como maniquíes; los hay que se mueven todo el tiempo, como si tuvieran los días contados, o una comezón singular. Posar la mirada al suelo, curvar la espalda, abanicarse de manera desmesurada, erguir la cabeza de manera altiva... Quien más y quien menos va leyendo un libro. Hay, frente a mí, una persona que ejecuta interminables proezas, deslizando una moneda entre sus dedos. Bien, adivinen quien, es el único que los observa, porque no termina de acostumbrarse a viajar en el tranvía. Los demás ya están harto acostumbrados de verse los unos a los otros de continuo.
            Me apeo cerca de mi calle y aún tendré que caminar algo más. Estoy plenamente convencido de que toda esa maquinaria nos aprisiona y consume, en ella nos sentimos envasados, y si quieren, no lo admitan. Pero yo por mi parte la detesto, le hace ver a uno lo pobres que son nuestras piernas para medir las distancias.

          Veo por fin mi calle. Y como siempre, no me gusta lo que por allí y como por casualidad, veo en ella. Habiendo transitado hace menos de una hora por toda la fastuosidad del centro de la urbe, me hallo ahora inmerso en la misma definición de la palabra deprimente. La lluvia, aquí, no rejuvenece los sentidos. Siquiera los anima. No. Aquí la lluvia hace surgir la belleza que ocultan en su interior las magníficas alcantarillas con las que hemos sido agraciados. Desfiles de ratas pueden salirte al paso sino rebuscan y menean entre la basura esparcida. Lo indecoroso que antes se soportaba, se torna lúgubre y calamitoso. Pero créanme, lo más peligroso para la salud, caiga agua o no caiga, es “la busca”, son los individuos que pululan por aquí y hacen la calle.  Maleantes, timadores, putas, ladrones y toda suerte de indeseables que toman esto como si fuera suyo, porque nadie se atreve a decirles o negarles que esto sea suyo o no. Por ello me veo obligado a bordear grandemente las esquinas y los apelotonamientos de casas sin sentido que aquí se conforman. Ahora una mujer gorda, desagradable, ha expelido un cubo lleno de heces hacia el suelo y a poco ha estado a punto de alcanzarme de pies a cabeza. Y aunque trate de alejarme, el hedor me persigue a mí y atufa a todo el vecindario. Pero es solo un instante. Viene a concluir cuando entra a formar parte de los olores indecorosos, ya existentes en la zona tiempo ha. Con el agua, nuestro deslumbrante sistema de cañerías se desborda, y si alguien pretende realizar sus necesidades más elementales en ese momento, descubrirá que habrá de emplear otros métodos si quiere librarse de su propia inmundicia, en vez de emplear el ya inútil sistema de la cadenita[1].

            No crean que esto sea habitual, ni crean tampoco que yo haya detestado siempre vivir aquí. Antes tenía otro espíritu, sucede que tal vez ya esté cansado. O sucede que ya ni siquiera soporte estar cansado.

            En otro orden de cosas, sepan que trabajo, (y no se rían), como chico de limpieza en una estación de trenes. Los monstruos que yo abomino son aquellos que yo limpio. El olor a grasa y herrumbre, forman parte de mi desayuno, los vapores y los ruidos son parte del condimento. A veces barro los andenes o simplemente arrincono la basura. Pero nunca, jamás, me libro de la influencia que ejercen sobre mí esas gigantescas oquedades de hierro. Sus chirridos desagradables y la fricción de la madera con el metal, o sus gritos sin vida al caminar por los rieles, me hacen rechinar los dientes y me trituran los nervios.
            A veces, cuando deslizo un trapo empapado por su lomo o los riego a cubetazos, los síntomas desagradables desaparecen y el agua, con sus formas ondulantes, que regalan reflejos variados y transparencias incesantes, me ayuda a tranquilizarme y a no pensar en nada. Bueno, eso no es verdad. Todo eso lo pienso ahora, por capricho, al recordar la situación. Al caminar por esta calle tan triste.

            Dos callejuelas más y ya estoy frente a mi portal. Vivo en una pensión barata, sin muchos lujos pero también sin muchas penalidades.
            Ahora trato de recordar las cosas agradables que he vivido hoy, mientras deslizo el disco de larga duración en el gramófono... Por supuesto el disco no es mío. En mi época de estudiante, en realidad aún no finalizada, pues pienso volver a estudiar cuando recupere algo de dinero, conocí a no pocos personajes de los cuales algunos llegaron a ser muy buenos amigos míos. Aunque por desgracia los veo muy poco porque no me atrevo a salir de mi casa por la noche, por miedo a lo que pueda encontrar a la vuelta. Bien, pues uno de ellos, sabedor de mi afición por la música, me nutre de ejemplares de Mozart, Handel, Bach, Berlioz, Schubert, Liszt... ¡la de gloriosas tardes y noches que me regaló sin saberlo! Pero ya suena la música y la imagen del agua cayendo entre adoquines, la de las casas salpicadas por la lluvia, de la vida brotando entre la hierba, sacude mi mente y una fuga de Bach, perfecta, ordenada y rítmica, se edifica con las imágenes precisas de la naturaleza en constante movimiento. Con una improvisación y un fluir de teclas y vientos veo yo a los ríos de gentes mezclarse entre las calles y plazas. Dos órganos golpean a los sonidos y me hacen cerrar los ojos. La música me habla de murmullos entre las avenidas, procedentes de una inmensa actividad lejana. Y por primera vez en este día, como en todos los días en los que para mí haya música, siento que en el mundo puede haber algo perfecto, superior a todo aquello que me rodea. Un algo que emana, un sentido ordenado, proyectado hacia todas las almas y todas las cosas de la tierra.

            Por la noche, luego de haber terminado mis tareas, decido sumergirme de nuevo entre los lamentos y gemidos de esa aguja que tanta calma me proporciona. La luz de una farola filtrada por el hueco de la ventana, ilumina lo bastante como para que uno no tenga necesidad de encender un candil. Mis pequeñas habitaciones, frías en invierno pero agradables en este caluroso verano, parecen achicarse ante mis ojos cuando el gramófono ejecuta las tristezas y melancolías de un violín o las desencadenadas notas de un piano. No hay, para mi, mayor gloria en el pequeño y grande mundo, que las alegrías y las penas que se hallan presas en el arte. Liberándolas al mundo, mostrándolas, lo hago llorar, queriendo yo,  llorar con él. Y era así como miles de pensamientos brillaban dentro de mí en la negra y oscura noche.

            El ruido de la aguja arañando el negro disco prolongó mis ensoñaciones hasta altas horas nocturnas. Aunque de súbito, algo no iba bien, pues junto al arrítmico sonido que caracteriza a la parte no grabada del disco, surgía un eco que cada vez se hacía más y más fuerte, que se elevaba y que parecía descender del cielo mismo. Si bien procedía de una calle, era un lamento rasgado de alguna cuerda que hirió la noche densa y disipó las notas que hasta ahora yo había regalado al infinito vasto y duradero. Y no obstante, resultaba extraño; sin duda doloroso pero incomprensible; quizás perturbador y sin embargo, no poseía un orden fijo. A veces incluso me era obsceno. Yo quise encontrar su origen oteando el vacío surgiendo desde mi ventana hacia la fría calle, pero desde mi altura no pude encontrarlo. Ya había callado. Muerto. Se apagó tan extrañamente como vino, inusual, como su propia forma.

                               .               .               .              


Grasa y aceite desparramados por los suelos; es por fin lunes, un lunes, maquinaria en pleno funcionamiento, dependiendo de que un sólo hombre, una personita, la deje limpia y bien aseada. El sudor se me derrama sobre la frente, es agua que no me gusta. Surgida de un  esfuerzo diario y desagradable. El cubo, lleno de pequeñas olas negruzcas, recibe al cepillo casi como tragándolo. Dentro, esta toda la suciedad del monstruo condensada en un liquido viscoso.
            Ya es hora de que el conductor me suplante, mi próximo objetivo son los baños. ¡Vamos, vamos! ¡Rápido, rápido!, a lo lejos la gente va y viene. ¿El lugar tiene que estar presentable? no hay problema. Vienen y van. No se a donde, siempre tienen prisa, es un denominador común. Y cuando he fregoteado bien los lavabos me digo: no hay otra estación igual de aseada, ni lugar más limpio. Y pienso entonces en la casa del pueblo... Y vienen y van, las personas. Y los árboles, los pájaros..., pienso en todos ellos. Vienen, nadie me mira pero yo observo al gran reloj. Es hora de irme, y es que no se imaginan ustedes cuan rápido se puede pasar una mañana....
            Al preparar mi marcha a casa, una mano se apoya en mi hombro.

            - Cada día eres más eficiente, pero acabarás agotándote. Mira, ayer llegó ese amigo tuyo y me dio esto para ti, creo que es lo de costumbre. Me lo hubiera quedado sin decirte nada, pero tienes la suerte de que no tengo dónde ponerlo. Por cierto, ayer saliste antes...

             - Tenía que ver la lluvia. - contesté.

            - Si, claro. Anda ve...

            Y me fui. Mi jefe de sección es un tipo amistoso, algo corpulento y de mirada cejuda. Me cae bien, pero él no tiene los mismos gustos que yo. Siquiera uno coincide. No importa, yo se que no he mentido aunque no lo crea. De camino a la salida de la estación, el Sol anunciaba ya el mediodía. ¿Qué sorpresa me dará mi amigo, tan melómano como yo? Una notita, pegada a un envoltorio que sin duda esconde un disco en su interior, me manda un mensaje suyo. “Éste no puedo regalártelo, escúchalo y ya me dirás si quieres comprarlo. Aclararemos el precio dentro de un par de días...” Una vez llego a la gran plaza central, me siento en el primer banco que veo y trato de abrir con cuidado y con mimo, el papel que protege al disco. Mis ojos se maravillan al contemplar un disco doble lleno de sonatas de Beethoven. Y ya nada importa, salvo llegar a casa y escucharlo para poder alejarme de esta ciudad, sin moverme del sillón. Como si de saborear un triunfo se tratase, no cruzo la plaza para enfrentarme a sus diabólicos tranvías, la bordeo, tranquilo, sosegado, mostrándome como señor sobre la acera, como demostrando a la urbe que no me asustan sus calamidades. Solo, solo como siempre, me dirijo a casa en el coche a raíles que, debido a la distancia, me veo obligado como de costumbre a usar. Ni siquiera me molesto en descubrir los rutinarios gestos de los pasajeros, ya no me importan. Todo aquello que centra mi interés, lo llevo bajo el brazo. Un giro desprovisto de fortuna, lanza a algún pasajero hacia el lateral, donde yo estoy. El disco es apretado contra mi pecho y un sufrimiento interno, desmedido, como el que sufre un niño al serle arrebatado su juguete preferido, se apodera de mi. Pero no se exterioriza; por suerte, no pasa nada y el tranvía continúa con su loco camino. Se suceden las disculpas y yo asiento con la cabeza. Por fin, mi parada. Me lanzo a la superficie de adoquines poseído por la urgencia y no me detengo hasta entrar en la panadería de siempre. Porque hay que comer, aunque no se necesite mucho. A estas horas, la gente se agolpa en colas cuyas sombras, forman manchas bajo sus zapatos en el suelo pedregoso; menguan por la incidencia del Sol sobre nuestras cabezas. Ya es mediodía y yo me pregunto: ¿Siempre tienen que esperar hasta ultima hora para venir a comprar?, yo no tengo opción, ellos si. Declina mi ofuscación por la tardanza al observar a madres acompañadas por sus hijos hambrientos, recoger el pan de cada día con las manos ensuciadas por  las máquinas o rojas de tanto lavar. Bajo la cabeza y me avergüenzo de mis pensamientos. El disco, sujeto bajo mi axila, cobra ahora un extraño peso inusitado.

            Las calles mantienen firmemente la suciedad casi como un derecho. Aquí el agua no limpia, muestra. A veces, cuando traía a algún amigo a mi pensión en mis tiempos de estudiante, miraba a su alrededor con ojos de búho. Sin duda nunca antes vieron tantas miserias juntas, y no es que ellos fueran de alto nivel social. Pero la pobreza que trata de esconderse, de no mostrarse por miedo a ser descubierta, llama más la atención, por extraño que parezca, a los ojos inhabituados a contemplarla. Pues bien, aún cuando aquí se presume ante el extranjero de bienestar social, una simple vueltecita por estas calles daría al traste con cualquier argumento. En este nuevo siglo, las maquinas han impuesto su ley más poderosamente que cualquier ejercito bien armado, no hay más que oír los suspiros que exhalan las personas de día y los gritos de la noche, voces, surgidas del interior de las tabernas y de los rincones ocultos. La única forma de escapar, quizá, está insertada en botellas de cristal. La violencia que de vez en cuando asoma ante la luna es, a veces, terrible y clara. Aquí las pasiones se desatan mejor que en cualquier sobrevalorado drama y sin embargo, sobrecoge la valentía que les impulsa a seguir hacia delante. Puedes, reír en una esquina y llorar en la siguiente, de manera insólita. Yo me digo que en verdad todas estas realidades resumen a nuestra especie y es eso mismo lo que están matando con sus raudos progresos.... Llego a mi portal, una rata de tamaño descomunal se ha detenido frente a mi puerta, a su lado y extendida por el frío suelo, una mano emerge de dentro de unos bultos mugrientos y la aleja esgrimiendo un palo tras proteger una oblonga caja, ávidamente, y ponerla a salvo de ojos extraños, a salvo  dentro de uno de esos lugares ocultos en sombras.
            Subo las resbaladizas y húmedas escaleras de mi pensión con una sensación de estupor ante semejante espectáculo. Aquello ha rebasado ya mi límite de aguante. Es inhumano. Yo necesito refugiarme y salir de aquí.
            No bebo gracias a lo que veo todas las noches, pero me emborracho de música. Es lo único verdadero que aquí poseo. El gramófono, protegido por una tela verde, se halla bucólicamente asentado sobre su mesita de al lado de la ventana.
            Coloco el disco, y las melodiosas cadencias del piano surgen como brotes tiernos, pronto crecen, maduran y revolotean por los tejados junto a las palomas, junto a las humeantes chimeneas. Las nubes, liberadas del agobio que se respira aquí abajo, continúan con su lento transitar a lomos del viento. La intimidad de los objetos me es desvelada en cada compás, en cada corchea, y me abandono ante pensamientos sin principio ni fin... (…)


            Mi pueblo natal se halla a la ribera de un río y los niños jugábamos y reíamos en él cuando terminábamos de ayudar a recoger la siembra. Las casas, pintadas mayormente de blanco con su imagen de madre protectora, nos esperaban tras la caída del Sol, bajo el horizonte enrojecido y tras la meseta plana. El anaranjado cielo era inalcanzable y la llanura se extendía por todas partes hasta que los lejanos y apaisados montes, cerraban la línea del horizonte. Cerca del río se podían escuchar los últimos cantos de los pájaros, entre arboledas e hileras de plantas que terminaban combándose en la dirección del agua por efecto de la corriente. Un viejo puente hecho de madera y hierro gemía ante el ulular del suave viento del atardecer. Aún puedo ver a mi padre pescando allí, en la ribera, junto a los demás hombres, y allí se pasaba horas y horas para descansar de una mañana de trabajo... Waldstein, la maravillosa pieza de piano, hacía tiempo que había dejado de surgir de la mecánica aguja. Todo era ya, paz y sosiego de espíritu. Y yo estaba medio dormido, completamente reparado de mi vida ajetreada. Esto era bueno. La noche guarnecía a  la ciudad y unas enormes nubes ocultaban la luna.
            Y de nuevo, un susurro.
            Luego un quejido; después, un lamento hecho música que crecía y crecía hasta hacerse sentir y surgiendo de entre las calles, del rincón mas oculto; y daba vueltas cerca de las estrellas, muy cerca. Para de nuevo, regresar a su rincón perdido, que estaba por todas partes. Era otra vez aquel sonido, aquella música que ésta vez, escuchada con atención, vertía sobre las penas del mundo, la paz y el consuelo mejor que cualquiera de las imitaciones circulares que yo atesoraba. Era real porque era el artista manifestando que estaba allí y que nunca podrías alcanzarlo. Miré por el hueco de la ventana y no vi nada; escudriñé con ojos llorosos todo lo que éstos me permitían ver. Silencio. En sólo un instante me arrebató, como un enemigo furioso, la noche y me robó la calma.
            Sin duda la odiaba, llegué a odiar esas melodías como se puede odiar a algo que respira y ataca. Sentí que me desafiaba. No sabría explicar por qué. Quizás porque en ese momento me quitó lo único que me hacía ser distinto de todo aquello que yo normalmente detestaba.
            Estaba allí otra vez.
            Y no cejaba  de sonar un instante.
            Aquello no era bueno, no lo era. Nadie tocaba así, nadie toca así. Nadie que sea normal. Sonaba voluptuosa pero también irascible y cuando no, melancólica y triste, aquella música. Una sola cuerda sin acompañamiento desafiaba todas las reglas conocidas y se burlaba de mí. Me indicaba su superioridad mirándome por encima del hombro.
            El Mesías de Handel se escurre entre mis dedos y queda colocado debajo de la aguja. Aún no es tarde. Puedo reparar el daño que ha cometido. Los coros y arias lanzan bocanadas de notas sin cesar, tapando con su vigor el rastro de mi adversario. Hasta que cesa por completo. Hasta que el Hallellujah final lo eclipsa todo, hasta el éxtasis.

            Claramente, un ruido y unas voces me sobresaltan. Luego unas risas.
            Detengo la música y el silencio reina por todas partes, se hace dueño del espacio. Pronto, las risas se alejan calle abajo y el sonido, como de un saco cayendo, precede a unos ininteligibles lamentos. Extrañado, decido bajar y lo hago de prisa. En el rellano de la escalera todo es oscuro y tengo que abrirme paso a tientas. Siento como una puerta se cierra no lejos de mí y me creo observado por ojos curiosos e inquisidores. No me importa. La calle ya está ante mí. No está iluminada porque nunca funcionaron las espitas de gas en las farolas. Si bien la luna se presta a bañarnos con su luz nacarada, liberada ya de los nubarrones; sus tonos azulados reflejan las paredes de piedra y un aspecto fantasmal  lo abarca todo. Entre los agujeros de la calzada, los pequeños charcos semejan espejos. Y yo vuelvo a sentir el frío.

            De la inmundicia surge un cuerpo que solloza y respira, su pelo enmarañado oculta su rostro. Puedo ver sus ropas raídas mezclarse con la basura. Una caja oblonga, que me parece haber visto antes, oscila descuidadamente por el suelo con peligro de caer por una pendiente, calle abajo. Unas manos callosas sujetan con amor un objeto de madera roto, que brilla a la luz de las estrellas. Pendiendo está de él, la cuerda mágica; ahora es mucho más pequeña; ya mucho menos importante. Una cabeza se gira y unos rasgos extraños lloran palabras que yo no entiendo, pero sus ojos negros de una pureza inconcebible me miran serenos aún a pesar del dolor, destacados sobre largas trenzas de oscuro pelo.
            Es su humildad lo que me derrumba, su humildad y un sentimiento de impotencia y vergüenza. Así quedó grabada la nítida imagen en mi mente. Así me golpeó, bajo la claridad de la luna oronda, que se elevaba aislada, acechada por ciclópeas nubes.










[1] - El inodoro, allí donde lo hubiere.

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