sábado, 5 de mayo de 2012


                                           
Primer interludio
 (Kreisleriana)









- ¡Ah!, pero es que yo, que vivo en un sin sentido, anhelo el sin sentido mayor de cuantos hayan…

            - Eso tiene fácil solución. Precisamente conozco a una prima que…

            - ¡Hablo en serio, mi querido Spitzweg!

            - Deberíais – añadió con cara de consternación el dibujante amateur - no excitaros tan inútilmente. Os conviene un trago. Y a mí también, sin duda.

            Al torcer por la boca calle, al descender por el empedrado suelo, se distinguían las relucientes ventanas de un mesón. Pero más abajo, una taberna que rezumaba grasa y que no dejaba escapar el aire de su interior, les atrajo a causa del bullicio que allí dentro se percibía, a juzgar por las voces ahogadas que a duras penas retenían sus muros.

            - Acerquémonos, amigo mío, a ese lugar tan lleno de ruido – se apresuró a decir el dibujante, trotando calle abajo – acerquémonos para poder empaparnos de la vida nocturna.

            El lugar estaba atestado. Aquí y allá la barahúnda de jóvenes y viejos compartían,  jarras en mano, el desprecio más absoluto por el vil metal, transformado por medio de la bebida en el elixir alquímico del olvido y la despreocupación. El tabernero viendo las levitas de los nuevos clientes, empujó sin miramiento alguno a un borracho que se quedo colgando de la barra, canturreando un absurdo. Kreisler y Spitzweg se instalaron cómodamente en unos taburetes,  junto a una mesa de madera amarillenta. A su alrededor todo giraba sin cesar. El lugar era tosco, el suelo resbaladizo. No parecía que se respetase la intimidad de nadie porque todos participaban  de algún modo del jolgorio, incluso aquellos que permanecían absortos en su borrachera. El humo en jirones era expulsado como fumarolas y el olor a tabaco de la peor clase embotaba los sentidos. Y si bien el tabernero se dio prisa en traer sendas jarras de cerveza tibia, haciendo malabares entre aquella buena gente, Spitzweg no pudo detener su airada decepción:

            - ¡Dónde hemos ido a parar! ¡Nunca más te fíes de mí el día que organice una velada! ¡Oh, que lugar infecto! ¡Oh qué terrible disparate para los sentidos!

            A lo que Kreisler, que no parecía para nada contrariado, se dispuso a tomar tranquilamente la bebida y le pidió que se calmase.

            - ¿No encuentras – prosiguió – no encuentras, digo, atractivo el mero hecho de hallar aquí y allá y en todas partes la variedad que se nos ofrece a los ojos?

            - Por supuesto. Ya sé muy bien a dónde quieres ir a parar. Pero sea que tú estés más cercano a la pared, o que yo sea quisquilloso ante los coscorrones fortuitos, la verdad es que nunca vi lugar más incomodo y poco apropiado para…

            En ese momento alguien giró dejando caer, junto a una risa arrítmica, una jarra de cerveza al suelo, que salpicó los zapatos de una mujerzuela que profirió, por ello, los más deleznables y gráficos exabruptos a todo aquel que la mirara, porque ni siquiera sabía quien le había empapado la falda. El grueso borracho, trastabillándose, acudió raudo hacia el tabernero y pidió otra jarra lanzando saliva por la boca, empapando su bigote de saliva al gritar.

            Pronto un círculo de fornidos hombrones comenzaron a abordar con preguntas estúpidas a la mujer que se revolvía airada y que en un momento dado se zafó de cuantos pudo, lanzando al aire otra sarta de obscenidades, para marcharse fuera del tugurio. Mientras tanto, la calma había retornado y el tono del griterío se trocó en incesante murmullo, bajo la hiriente luz que reverberaba por el ambiente. Sin embargo Spitzweg pareció ignorar tales sucesos y prefirió gimotear incómodo.

            - No soporto el tacto de la grasa. Y menos aún la opresiva sensación de sudor y ánimos caldeados… ¡Oh, Kreisler, viejo amigo! ¿Sabrás perdonarme? Ya me has castigado suficiente por hoy, vámonos ahora donde tú digas y…

            - Y yo te digo que aquí estamos bien. ¿No deberías sacar algo de papel? ¿No podrías encontrar entre ésta barahúnda, algún motivo para uno de tus dibujos? Dónde si no hallarías los tipos populares para tus obras: ¿Copiando las copias de otros artistas?

            - Sabía a donde irías a parar. Tu espíritu es incansable, pero de pintura tal vez no seas muy diestro ¿Acaso pretendes que el público huya despavorido al ver unos cuadros tan vívidos, que parecen abofetear la cara del espectador, unos cuadros que huelan. Acaso sueñas de nuevo con la pintura de ese suizo loco y sus demencias?

            En la incesante actividad, los tropiezos y las muecas iban en aumento. Una exquisita sucesión de acontecimientos que terminaron por abordar la mesa de los dos artistas a lo que siguieron forzadas frases de disculpa apenas ininteligibles. Algo ocurría en una esquina. Alguien había empujado a alguien.

            - Nos veremos metidos en un lío, Kreisler, marchémonos cuanto antes.
            - ¿Y renunciar a éste remolino de actividad? ¡Ni pensarlo!, observa allí…

            Ante el aumento de voces y caras enrojecidas, la espuma de la cerveza se sacudía como el vaivén de las olas. Las sillas se arrastraban y ya se tomaba partido para una posible pelea ¿el motivo? ¿Debía haber algún motivo? Salido de nadie sabe dónde un violinista callejero comenzó a tocar una melodía a petición del tabernero que comenzaba a temer por el nivel de excitación. Pero la música, lenta y quejumbrosa tan sólo sirvió para dar un tono medio, completamente alejado del ruido del tumulto. Sacaba de los nervios, contribuyendo así, a irritar aún más el ambiente.

            - Observa, te digo, copista de modelos muertos. Y mira en esos gestos vivos, en esos carrillos inflados, en la sorna que domina esas narices enrojecidas, en la variedad de emociones que te rodean ¿no ves tú ahí un cuadro? Los unos se contagian de los otros y así nace el ruido que libera…

            - ¿Cómo los cuadros de Holbein?
            - Como un cuadro de Holbein… ¡aguarda aquí!
            Spitzweg permaneció sentado, reflexionaba, y entretanto se apoyaba ahora contra la pared como único refugio seguro contra el ritmo de los acontecimientos. Se escuchaban golpes de protesta ante el formidable lío organizado frente a la barra. Alguno jadeaba, otro quería que comenzase una pelea, pero fue un silbido agudo y penetrante el que desvió la atención de todos por un segundo. El silbido se volvió ligero para después ser modulado, como una hebra que pende en el aire. Los ojos de Kreisler brillaban, la incredulidad se apoderó del ambiente un instante. Entonces comenzó una melodía llena de ritmo que el maestro de capilla punteaba a golpe de zapato y el violinista callejero seguía a palmadas, riendo sin parar. Spitzweg despertó de sus cavilaciones y junto a él un viejo se puso a golpear la mesa al ritmo de la danza. Otros dos se pusieron en seguida a bailar, mientras los enfurecidos hombretones permanecían parados sin saber que hacer. Kreisler aullaba, su esbelta y angular fisonomía le permitía moverse como un títere movido por las notas que sacaba del ajado violín, y fue casi inmediato que tras su improvisado baile algunos borrachos le siguieran los pasos. Spitzweg estaba atónito. De pronto la taberna entera saltaba, reía y bebía, siguiendo al alegre chalado que los guiaba zigzagueando entre las mesas. La taberna temblaba. Spitzweg trató, inútilmente, de bosquejar los detalles con su carboncillo y tuvo que conformarse con sacar una idea general de aquella fiesta. Cuando alguien movido por la curiosidad se asomaba desde la calle descubría a todo un grupo de hombres y mujeres cabriolando alrededor de las mesas en un círculo común, profiriendo consignas y juramentos obscenos. Y frente a ellos estaba Kreisler, como un diablillo saltarín. Ante la puerta y las ventanas abiertas el frío del exterior vino a purificar el ambiente, pero la muchedumbre aumentó y en la calle la gente comenzó a imitar aquel tumulto. Spitzweg se llevó las manos a la cabeza, ¿y si acudía la guardia?, era demasiado, no pasaría la noche en el calabozo…, pero fue arrancado de golpe por un par de brazos y muy a su pesar participó en la algarada. Por suerte y sin saber por qué, sus propias risas acallaron sus negros pensamientos.

            Y así pasó una hora. Y así pudo devolver el maestro de capilla el violín a su legítimo dueño. Y así se despidieron Kreisler y Spitzweg, quien por otro lado debía regresar a Munich a la mañana siguiente.

            - Ya lo has visto, ¡te has divertido, amigo mío! – Decía Kreisler, quien permanecía aún en un estado de ánimo contagioso.
           
            - Estoy algo mareado…, apenas te he conocido dos días. Eres el más extraño cicerone que yo…

            - Jamás pensaste que una aburrida visita familiar acabaría así, hum. Bueno, pequeño dibujante. – Anunció cariñosamente el maestro de capilla. - Debo marcharme. Hay un último sitio que debo visitar y se me hace tarde.

            - Entonces me marcho yo también. Algún día nos encontraremos de nuevo.

            Marchando calle abajo, las sombras oscurecieron la silueta del dibujante Spitzweg, hasta que se giró y alzó la mano en señal de última despedida. Kreisler lanzó un suspiro. Esquivó a algún borracho mientras caminaba hacia una zona más iluminada, donde las tabernas tenían un lustre más aceptable. Kreisler se detiene frente a una de ellas; sus ventanas dejan caer una brillante luz sobre el pavimento y las paredes cercanas, similar a como se desprendería la iluminación de un farol que tuviese los vidrios tintados de colores. Un casi inaudible murmullo proviene de su interior. Kreisker se acerca primero hacia una ventana, para escuchar, pero no oye nada; su rostro queda invadido por los verdes y los rojos de las vidrieras. Apenas distingue nada, así que decide entrar, con mucha cautela. Bajo la iridiscencia de las lámparas, se distribuyen las mesas entre los pilares. Un grupo de personas escuchan a un hombre viejo y flaco que describe con las manos las sardónicas y fantásticas historias que despliega con su ingenio. Kreisler reconoce a quienes allí se juntan. Reconoce a Brentano, tal vez ese de ahí sea Chamiso, pero sin duda ahí está Devrient. Los demás, un auditorio que ríe o calla, o aplaude o propone. El ambiente está cargado, son demasiadas horas allí dentro. Los licores hacen sudar la frente de cuantos allí se congregan, y por espacio de un tiempo indeterminado, han olvidado pesares y penas.

            Otras noches hay menos suerte. El que tiene instalado allí su lugar preferido para pasar el rato, ha ocupado la tarde escribiendo notas en páginas pautadas, un par de jarras vacías al lado. Entonces regresa solo a casa, no está muy lejos; ¡qué raro que hoy Devrient no vino! Y Kreisler, siguiendo los pasos de aquel hombre tararea en su imaginación múltiples melodías mientras interpreta un violín imaginario, camina en círculos, para así poder jugar en sus ensoñaciones mientras vigila el regreso de su amigo, sin que éste lo sepa. ¿Cuántos años han transcurrido ya? Kreisler aguarda en una esquina a que Ernst Theodor entre en casa. Y cuando se cierra la puerta, y la noche ya es segura, la calle permanece vacía y ya no hay ni rastro del maestro de capilla, sea éste el real o el imaginario.





           


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