jueves, 17 de mayo de 2012

Greenberg hace una pausa al terminar la lectura. No hace ningún ruido.

            - El final no es nada desalentador… - digo yo para romper la tensión del silencio.

            - Confieso que éste sí me ha gustado, pero ¿sabe? No me ha gustado…, bueno, no sé si sabe a lo que me refiero. Hay algo aquí…

            - Al final va a tener usted razón acerca de las extravagancias de mi amigo…

            Pero Greenberg no me escucha, de nuevo está inmerso en su lámina.

            - Mire, sigo añadiendo información. Supongo que la literatura online de Messer será más simple, supongo que su público no será muy exigente. Mundos de caballeros, dragones y demás… nunca me atrajeron esas cosas ¿cómo participar de algo que sólo puede ser virtual? Bien, había oído hablar de éste portal, pero…

            - Es cierto que no es muy original, pero al menos en ese terreno si que no tiene tecno fobia.

- Voy a registrarme. ¿No ve? Ésta gente le denomina “Der Meister” yo pensaba que aquello era un chiste, algo peyorativo… éstas cosas siempre han funcionado de otra manera, la literatura es otra cosa…

- En eso se equivoca, la literatura es ahora muchas cosas, o al menos forma parte de otras cosas… - me reclino en el asiento – yo mismo en ése sentido soy el más conservador aquí ¿lo ve?

- Recuerde que aún no sé ni siquiera su nombre.

- Si se lo dijera rompería el encanto. Pero vea, la siguiente historia le resolverá algunas dudas. Si no me equivoco… esto sucedió, no así tal vez, pero lo sé porque conocí a gente de aquella época, nuestra época de estudiantes universitarios. – Apoyo los brazos y la cabeza sobre la mesa. – Al recordar esos días… y pensar en todo lo que vino después. Todo ha cambiado tanto…



La Galatea



            Cae por fin la noche tras el moribundo declinar del Sol, las ambáricas luces del crepúsculo se van con un suspiro, y tras ellas se eleva un viento muy desagradable. Una gran masa de nubes informes amenazan, desde arriba, con empapar las calles de un momento a otro, los pitidos de los coches y sus ocupantes ebrios gritan en el sopor de la noche. Los cafés y los bares están atiborrados de gente. Sin embargo aquella noche lo que se buscaba era soledad.

            Sólo habían pasado diez horas desde que Ramón te hizo aquella pregunta, cerveza en mano:

            - Dime amigo ¿Sabrías tú decirme qué le ocurrió al cíclope después de que le dejasen en la isla abandonado y ciego?

            Evidentemente, estaba borracho. Ramón es de ese tipo de gente que sólo se preocupa por remediar los momentos absurdos, palpando inútilmente la cordura. Habíais visto juntos aquella exposición y os habíais detenido frente a al cuadrito de Gustave Moureau. Era haberlo visto y pronto ambos volabais en combate eufórico tratando de ser uno más original que el otro… oh, ¿pero de dónde nos viene ése aburrimiento? Y luego llegó esa llamada, del móvil brotaron los adioses definitivos y tu pusiste (tuviste que ponerla) esa cara que habría sido mejor no haberla visto reflejada en el maldito espejo del café.

- ¿Acaso importa? - Le respondiste entonces. Y luego Ramón siguió bebiendo. Y luego tu bebiste varias más, y luego…

            Y ahora vagas de nuevo por entre los cafés y los bares con desesperación maldiciendo esa pregunta insustancial, tal vez porque al igual que tú, pero no cómo tú, el cíclope Polifemo halló a Galatea con Acis, el amante Acis, estallando luego en furia destructora y asesina y brutal. Por eso quieres encontrar, ésta noche, algo de ese ambiente aniquilador del que tantas y tantas veces te han hablado, entre risas, tus amigos del arte ¡Los artistas! ¡Esos decadentes de folletín!
            Hoy en día consumir opio resulta pedante. Y tú odias lo Kitch, especialmente. Entre copa y copa lo sustituyes por vino y comienzas a pensar en un mundo de oropeles disfrazados y de aves nocturnas. Tu imaginación te transporta al París de 1900. A la bohemia y todos sus tópicos. Con sus damas encopetadas, esas prostitutas elegantes, que salen a la caza de algún adinerado gordo y grasiento; los bohemios, pintarrajeando cualquier trozo de papel en un acceso frenético: deben rentabilizar el dinero que se les va entre copa y copa de ajenjo para poder acabar entre las piernas de las muchachas que quizá se ofrezcan, a pesar de todo, a servir de modelos para el gran cuadro, ésa póstuma ramera. En tu delirio, alejado de la realidad, ya escuchas el traqueteo de los tranvías, el delirar de las voces, la intensidad de los gritos.
            Y te conformas con un triste vino de la casa mientras te ríes de tus pensamientos tan ingeniosos como manidos, mientras observas a la pareja de enfrente besarse. Ella te mira por el rabillo del ojo. Sabe que acaba de cortar la cabeza del San Juan bautista que tiene agarrado y te mira, pálido Herodes. Te apetece tomar algo más fuerte, pero estas solo, no sería recomendable…

            El móvil comienza a pitar. Y al verlo algo te recorre por dentro, porque están allí. Y allí ya estuviste ayer. Siguiendo calle arriba superas la atestada zona de ocio y esquivas el errático tránsito humano. Te tropiezas frente a frente con el popular Café. La céntrica plaza madrileña se abre en todas direcciones y el metro bulle de gente, es hora punta. La hora punta nocturna y las aves revolotean en ávidas miradas. Si no hubiera tanto estruendo, tanto humo, tanto calor. Pero es inútil. Al fondo, apoderándose de unas mesas, encuentras por fin a la gente conocida. Hay un piano oculto, la belleza se oculta porque sólo decora, corre el año 2006, todo permanece en espera, todo permanece en una extraña espera. Es hora de acabar la farsa. El tremendo cíclope se derrumba en un asiento y deja que otros pidan lo que él ya está agotado de pedir, el vino te ha aplomado el espíritu, su nombre ha fusilado tu pensamiento…, Clara, Clara no está, pero tú la has traído contigo. Tus amigos, bueno, éstos amigos, gritan; tú has llegado tarde a la conversación, alguno te mira con ojos extraños, ¿se sabe ya? Entre las fosforescentes luces del café, una y otra vez, la imagen fatal te viene a la cabeza y entre dientes murmuras:

            – Lo que le ocurrió a Polifemo fue que se dejó cegar por dos veces...

            En la mesa de enfrente una muchacha alegre que no puede evitar desprender un aire de simpleza y vivacidad, te observa ahogada por el humo, los ojos fijos en su incredulidad e inmersa en el ruido de la muchedumbre. Ante su interés y completamente borracho, recuerdas que le comentaste:
            - Señorita, creo que usted acaba de conocer la natural inclinación femenina hacia el mal al fondear en mi mirada (…)
            Dijiste ese sarcasmo, inoportuno, tras lo cual creo que estallaste en una risa sobrecogedora,  terrible. Porque en ese preciso instante se..., etc.


(FIN)


            - Ja, ja, ja… - Greenberg ríe y no se como tomármelo.
           
            - En otro tiempo también fuimos jóvenes. A la moda, algo bohemios, modernos y estúpidos, como ha sido alguna vez todo el mundo. Si yo le contase… ese desgraciado de Max…

            - No se ofenda hombre, lo que me hace gracia no es la historia en sí… ¿Max?

            - No debí haberlo nombrado…, bueno, no se llamaba realmente Max. Uh… Max Spellman ¿ve que nombre tan…?

            - ¿Tan ridículo?

            - Eso. Cierto, no sé cómo de llamaba realmente. ¿Y qué más da? A veces no sé siquiera si hubo un Max.
            Greenberg observa la botella. Me imagino lo que piensa: “¿Le sentará bien beber tanto a éste señor mayor?”

            - Eran tiempos de ilusiones – añado. - ¿Verdad? Siempre hay un tiempo para la ilusión, ilusionarse…, con las casas, la vida…

            Veo que Greenberg comienza a asustarse. De inmediato vislumbra una posible salida.

            - Yo leeré el siguiente.

            - Me parece bien. – Concluyo.




 (Continuará...)


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