sábado, 5 de mayo de 2012


- Y bueno… ¿qué le ha parecido?
          - Un poco extraño, pero me ha gustado. ¿Cómo resumirlo? Bastante poético, me parece.
          - ¿Qué conclusiones sacaría de todo esto?
          Entonces Greenberg pareció tomarse su tiempo para responder.
          - Diría… que estar solo no es bueno para nadie.
          - Exacto, en esa situación los corazones sensibles comienzan, además, a pensar ciertas cosas…, ideas delirantes.
          - ¿A ver el siguiente? Menudo título… ¡Uno a cero!
          - ¿De verdad? Déjeme verlo…, ah, sí. Es parecido al anterior. Bueno, pero por lo que estoy viendo…. Verá, la mayoría de estos relatos son de la misma época y entonces…
          - Comprendo.
          - Si no recuerdo mal, este quería ser un poco parecido a los cuentos de Kafka… típico lugar común del escritor que empieza, ya sabe.
          - ¿Parecerse a algo? ¿Con ése título?
          Ambos decidimos que lo mejor es beber un poco más de vino. Luego me animo y pongo el manuscrito frente a mis ojos.
          - Vamos a leerlo.
          - Oiga, ¿y Messer sabía que usted iba a visitarle?
          - Pregúnteselo a él cuando regrese.
          Greenberg abre los ojos en un gesto de sorpresa y creo entender.

          - No creerá que le he mentido, tengo una copia de las llaves de…
          - No, no es eso… ¿cómo va a regresar si yo…?
          - No se preocupe – contesto mientras trato de no reírme – allí abajo hay pasadizos ocultos, nuestro amigo no echará de menos la barca, si es eso lo que le preocupa.
          Greenberg parece inquieto. Su silla cruje.
          - Es que eso es precisamente… ¿Qué diablos es ése lugar?
          - Un viejo fantasma. Pero no se distraiga, luego hablaremos sobre eso, pero por ahora, continuemos leyendo. A ver qué opinión me da de éste cuento… más allá de lo que le parezca su título…



¡UNO A CERO!


Me situé bajo la única bombilla. Ella sola iluminaba el cuarto, hasta donde llegaba su influjo. Por eso mismo no podía colegir, sino intuir, el tamaño del cuarto. Pero estaba cómodo en él, a pesar de todo. Cierto es que el polvo acumulado era excesivo por todas partes, pero si uno se movía con cautela, éste no tenía por qué elevarse del suelo. Comprendía sólo aquello que abarcaba esa única luz, lo demás resultaba misterioso y distante. Observé sus repentinos parpadeos. Cuando esto sucedía se producía un súbito enrojecimiento de la luz y luego una desagradable palidez amarillenta. Temí que se apagara definitivamente. Por eso lo primero que hice fue buscar el interruptor. Sin embargo y para lograrlo, tuve que desapilar unas cajas vacías sin saber qué me encontraría tras ellas. Como soy un poco torpe derribé alguna, y aunque me percaté de que estaban vacías, el polvo acumulado en su superficie durante años creó una nube insoportable. Ácaros y restos orgánicos enviciaron el aire sobremanera. Fue por su culpa que no paré de estornudar con vehemencia durante un rato, hasta hartarme. Con los ojos llorosos pude distinguir, blanco y lleno de mugre, mi objetivo: el escurridizo interruptor. Me acerqué a él y noté su dureza. Lo apagué, ¿volvería a encenderse? Transcurrieron dos segundos de alarmante obscuridad y luego lo encendí. Hubo un parpadeo luminoso y un zumbido monótono. El zumbido se mantuvo. El zumbido era irregular. Lo mismo aumentaba, lo mismo disminuía de frecuencia.

          Esa iluminación permitía ver, aún con cierto límite, dónde me encontraba: más allá se vislumbraban reflejos e informes figuras. Sombras y sombras y sombras. Frente a mi había lo que parecía unos contadores. Sus manecillas oscilaban dentro de las cajas que los guardaban. Un gran depósito amarillo imponía su presencia y su misterio más o menos en el centro del cuarto, mientras que el sonido breve de un goteo incesante era perceptible entre unas cañerías y tubos. Estaba en un sótano, no cabía duda. Todo él estaba cogido con cemento… o bien era de hormigón puro.  ¿Pero qué sentido tenía aquello? ¿Desde cuándo estaba yo allí y por qué? Lo primero, estaba claro, era hallar la puerta de salida, huir de allí. Mis pensamientos se mezclaron con el sonido del agua corriendo sobre mi cabeza, repentinamente. Miré alrededor, la salida debía estar al fondo… donde no llegaba la luz. A lo sumo temía encontrarme con alguna rata muerta. La idea se me hizo insoportable: fui hacia allá.

Unos metros después pisé suelo enlodado. Y el lodo envolvía objetos que no me atreví a mirar. Agarré un mango de puerta metálica al estirar el brazo y permanecí en silencio en la negrura. Sonó el “plick” de una gota de agua. Apreté y giré. Sentí aún más el frío metal. Nada. Tiré con fuerza; nada de nuevo, así que maldije al demonio.  Estaba claramente encerrado y me ofusqué. Qué pérdida de tiempo. ¿Por qué? ¿Para qué? Entonces no se me ocurrió otra cosa que golpear la odiosa puerta. Cada vez más fuerte: “Abran, abran” Era inútil. Me contuve. Era mejor buscar algo con qué forzarla, si esa idea era posible.

          Superé de nuevo la zona encharcada y comencé a ojear por los rincones. Sólo un instante después la luz enrojeció junto a los objetos… palideció… en ese momento me quedé mirando la bombilla, expectante, como bobo. Parpadeó. Volvió la luz. Sentí la calma en mi interior y seguí buscando. Entonces fue cuando encontré la barra de hierro junto al depósito amarillo y oxidado. Aquello debía funcionar. Di la vuelta y encaré la puerta. Pero como en una pesadilla, surgió un ruido ronco y brutal detrás de mí. El ruido de un motor. El ruido procedía del depósito, el ruido estaba dentro de su oronda superficie metálica. Cometí entonces el error de golpearlo. El choque de metales fue ensordecedor, prolongando una vibración que me hizo soltar la barra. Con el pensamiento anulado por semejante estrépito tantee el suelo. Recogí la barra de metal y me encaminé de nuevo para ver si podía hacer palanca con ella de una vez por todas. Me salpiqué por entero cuando llegué hasta la puerta. Estaba algo desorientado. No sabía que hacer.
          Opté por arrancar la manivela: un golpe, otro, otro, cada vez más furia, cada vez más ira. La manivela rebotó en el suelo y su tintineo se unió al muro de sonido insoportable que bramaba a mis espaldas. Me lancé con el hombro. Fue cuando constaté que estaba atrancada por fuera.

          Desesperado, grité pidiendo silencio: necesitaba pensar. Pensar. Allí quieto, resoplando como un búfalo agónico. Lo vi claro entre todo aquel ruido, acabaría con los contadores. Bajarían a arreglarlos. Uno a uno fui reventándolos haciendo añicos los cristales, saltando por los aires sus hierrecillos y manecillas… me sentí excitado por las chispas y fogonazos de los circuitos quemados, los fulgores nacían y morían, luego mis pies pisaron los restos. Sus crujidos sorprendieron a mis oídos: el motor había cesado de chillar. Había golpeado y había hecho daño. Solté una estentórea carcajada… “¡Uno a cero!”, grité eufórico, “¡Uno a cero, malditos!” grité de nuevo, lleno de júbilo. Se hizo un silencio relativo. El leve murmullo de la electricidad me acompañaba sordamente. Tan sólo quedaba esperar. Y la espera se hizo larga.

          (…) me encontraba sucio. Mis ropas estaban pringosas… y ahora la humedad traspasaba sus tejidos. Me sentía incómodo rodeado de esas cuatro paredes, suelo y techo grises, ya grises para mis pupilas acostumbradas plenamente a aquella aburrida penumbra. Pero bajo la calma del zumbido y los ocasionales goteos, llegó también la calma del reposo. Ya nada se movía. Cajas, contadores, depósito y rincones obscuros: todos parecían rechazar mi presencia y mi aliento con su quietud. Sentí una presión extraña en la cabeza… estaba cansado.

          Al relajarme comencé a sentir frío, por lo que me puse a caminar. Por pura rutina me concentré en el sonido de mis pasos. A veces los arrastraba y con ellos efectuaba círculos concéntricos sobre el polvo… apartando las pelusas. Hasta que comencé a estornudar de nuevo y eso hizo que variase mi forma de caminar.  Una y otra vez  no hacía más que frotarme los antebrazos intentando estar activo. “Si al menos me pudiese cambiar de ropa…” decía.  “¿Vendrán?” pensaba.
          Entonces sobrevino la alarma. La bombilla enrojeció. Con ella toda la habitación… mis manos… mi cuerpo. Vi rápidamente la forma circular que ejecuté poco antes con mis pies en movimiento… era como un meandro de forma regular. Cesó el zumbido eléctrico. Y ya no podía ver nada. Todo estaba obscuro. Era una obscuridad corpórea, la negrura más absoluta. Me quedé paralizado ¿qué podía hacer ahora? Debía esperar a que mis ojos trataran de acostumbrarse a esa nueva situación. Debía hallar el interruptor a tientas, y mientras tanto,  “Qué hacer, qué hacer”, me decía a mi mismo en mis pensamientos. Pero poco a poco distinguí una claridad insospechada. Al principio me pasó desapercibida, pero después la percibí sin problema alguno. La puerta filtraba luz del exterior, muy poca, por una rendija a nivel del suelo. No era suficiente, pero ya era algo. Subí y bajé el interruptor como unas veinte veces. No funcionaba ya. Era un objeto inservible.
          Luego chascó una gota de agua, en alguna parte.                     

          El tiempo transcurrió despacio. Al final acabé sentándome, pese al tacto frío del hormigón y a la suciedad tan abundante. Demasiado tiempo en la humedad. Mirando aquella luminosa rendija. Hasta tal punto que ya mis párpados se sostenían a duras penas. Pronto comencé a cabecear, me iba quedando dormido. Al rato me sorbía la nariz y sin darme cuenta mi estado de ánimo se volvió lánguido y ausente. Medio dormido, entre la vigilia y el sueño, contemplé cómo de la puerta provino un sonido sutil: un rasgueo metálico, muy suave, muy suave. El corazón palpitaba en mi pecho.

          Apareció una nueva rendija por donde se filtraba la luz, una rendija vertical. La puerta parecía entreabrirse. Estuvo así unos momentos. La claridad aumentó también y se enrareció el aire. Quise responder a ello, pensé en actuar, pero lo único que conseguí fue arrastrar una pierna.
            Entonces un golpe seco selló la entrada y un parapeto de metal se deslizó en su reverso con un gemido hiriente. La claridad disminuyó. El bronco sonido del motor revivió de nuevo, primero poco a poco, ascendente, luego se mantuvo terco, para no desaparecer. Sin embargo y para mi sorpresa, ya me era tolerable. El tiempo es relativo y todo puede cambiar en algún momento. Sólo es un juego: envuelto en la obscuridad más acuciante y aferrado a la erecta barra metálica como quien sostiene un punto de apoyo, ya formo parte de ese estruendo inagotable, del frío y del silbido del viento que me llega desde el bajo de la puerta metálica, (…)

            Como en una nube me zarandeo cómodamente en mi quietud, y para poder escapar confío muy seriamente en aprovechar, la próxima vez, la nueva oportunidad que se me presente allí dentro.

                             .               .               .               


            - ¡Deprimente!
            - Hombre, ya le advertí que…, de todas formas tiene su cosa, no crea.
            - Bueno, es posible.
            Greenberg, apoya su cabeza en las manos. Permanece absorto. Yo me apuro mi copa.
            - ¿Un poco más de vino? –le pregunto.
            - Es extraño, muy extraño. Nunca entenderé las rarezas de la gente como Messer. Fíjese – señala alrededor – todo en esta casa es viejo… de verdad. Al entrar me he sentido como si entrase en otro mundo… ninguna imagen en movimiento, nada que precise de una comunicación intuitiva, todo tan… primitivo.
            - Tal vez esa sea la idea. Messer vivirá así para tener un ambiente más íntimo donde dar rienda suelta a su imaginación.
            - He visto casos peores en mi profesión, pero tan sólo disimulaban o fingían un estilo eternamente retro o antiguo, pero esto es demasiado ¿por qué renunciar a las comodidades de nuestro tiempo?, cierto que la mayoría aún son novedosas, pero…

            Asiento con la cabeza, incluso yo, que en cierta manera comprendo a Messer, sé apreciar el signo de los tiempos en lo que vale, en cierta forma es más higiénico. Las paredes de aquella casa presentaban angulosidades al haber sido recubiertas con piedra encintada. El polvo se acumula en los muebles y seguramente las reparaciones del baño y la cocina resulten caras y especializadas. Son las cuatro de la tarde. Habría que ir pensando en comer algo.

            - Yo por mi parte, no renunciaría a la autoregulación asistida… figúrese qué ocurrirá aquí con los cambios de temperatura – se gira – y no ver nada en movimiento, siempre la misma cosa enfrente de uno, es desesperante.
            - Parece que ya no le da vueltas al asunto de la biblioteca.
            Greenberg me mira. Se rasca la cabeza.
            - Tengo hambre – dice finalmente.
            - Le propongo que leamos un capitulo más, terminemos la botella, y hagamos algo de comer en esa cocina tan antigua y llena de restos y ácaros.
            Greenberg  se ciñe los pantalones y sonríe.
            - De acuerdo  - responde. 




(continuará...)



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