sábado, 5 de mayo de 2012


Los cuentos macabros de la señorita
                                        Templeton

                                    (Primera jornada)






            - (…) Y ya, llegados aquí, hemos entrado en el tercer acto. El resto de lo que vi no valía mucho. Pero es entonces cuando los sucesos se tornan más atractivos.        

            - Pero Edgar, ¿y qué hay de los dos anteriores? Apenas los has esbozado…

            La silueta frente a la ventana, complacida porque sobre ella había recaído toda la atención, suspiraba de impaciencia. La desapacible tormenta que se desarrollaba en el exterior emitía sus fogonazos. Los truenos provocaban ligeros temblores en los vidrios de los vanos. Sintió cómo un nudo apretaba su estomago, mientras exhalaba el humo de sus pipa de kif. Entonces, de repente, la mirada joven e irrespetuosa se perdió por la habitación, al girarse de un gesto. Vagaba con ella entre los muebles victorianos y los aburridos y clasicistas retratos familiares, que pendían de los tabiques. Quería hacer hablar a la boca e hilvanaba las ideas que nacían confusas en su mente. Sus rubios cabellos rizados parecían rebrillar de vez en cuando, con el impacto que en ellos producían las luces nocturnas.

            - Edgar William Wolfstone… ¡Estoy esperando! - De rubios cabellos, aunque aplastados y de color paja, de gesto indolente y con cara de cansancio, John Ashley Wotton agitaba su copa y cruzaba, sobre la izquierda, su pierna derecha.  – Además, para qué querías exactamente que te trajera el esbozo de un cuento si ni siquiera lo has mirado.  - Sin embargo, no podía saber que en ese mismo instante, su gran amigo estaba a punto de pronunciar un discurso improvisado.

            - Amigo mío. Es el tercero porque los dos primeros actos de esa obra son el ejemplo perfecto del más perfecto tedio, y porque…

            Pero en ese momento un chasquido vino a interrumpir la conversación. El pomo de la puerta ha cedido y a continuación un rostro joven y ovalado se asoma por la abertura de la puerta:

            - ¿Edgar…? – dice la femenina voz.

            Y tras ella hace su aparición una enclenque figura, ataviado con una levita negra y un gran pañuelo rojo al cuello.

            - Oh… aquí están ya… levántate y saluda, John Ashley, tenemos compañía.

            Pero John Ashley Wotton permanece absorto contemplando las femeninas formas. Parece recordar algo y un momento después se yergue tieso como un garrote.

            - Claro, por supuesto. – Contesta.

            Edgar William… ejerce entonces de perfecto anfitrión y se acerca a los nuevos invitados, mostrando una gran efusividad y abriendo los brazos.

            - Finalmente habéis venido. Me alegro. Henry, Myriam…

            Entonces se gira y comienza las presentaciones “John, te los presentaré: John Ashley Wotton,  Lord Henry Cunnings; Myriam Templeton, John Ashley Wotton…” etc. John Ashley, mudo y turbado, se ajusta la ropa ante la muchacha y trata de afinar  una voz de tenor cuando dice:

            - La señorita Templeton… nos vimos en la cena que ofreció madame Cunning el día de…

            - Mi madre. – Se apresuró a responder el enclenque muchacho, que hasta ahora había pasado desapercibido para la mirada de John Ashley Wotton. Una risa apagada al instante pareció provenir de Myriam Templeton, lo que incomodó al bravo muchacho, que agitó su rubio cabello.

            - Por desgracia… me veo en la imposibilidad de permanecer aquí más tiempo. Hay asuntos que reclaman mi atención. – Se apresuró a decir. La voz de tenor ésta vez no le salió tan bien. – Señorita, permita que le bese la mano.

            - Cómo no.

            En la retaguardia, sentado en uno de los grandes sillones, Edgar William pareció carraspear.

            - Bien, me marcho. – Tras decir lo cual, John Ashley Wotton desapareció tras la puerta, marcando el paso. No sin antes dirigir una mirada a Edgar William, que se hizo el distraído recolocando un mantelito.

            Una luz repentina iluminó la estancia. La tormenta no tenía visos de terminar nunca. Pero ahora eran tres y no dos las figuras que deambulaban por ella. Edgar William cruzaba una pierna acostado sobre un gran sillón. En el sillón de enfrente, Lady Myriam, colgó su negro abrigo para acomodarse con su vestido blanco. Y en un sofá algo alejado, la curva figura de Henry Cunnings se recostaba en espera permanente a que algo sucediera. La voz de Edgar sonó clara:

            - He reservado una botella especial para esta ocasión.

            Y de un salto, casi literal, se lanzó hacia un exuberante armario de donde pudo proveerse de vino y copas. Tras lo cual empujó una mesita para tener un sitio donde ponerlo todo. Con una sonrisa algo exagerada concluyó su acción diciendo:

            - Pues bien, éste es mi estudio, lugar de reflexión y melancolía… ¿qué os parece?
            Y efectivamente. La estancia resultaba un gabinete de lo más completo. No faltaban las estanterías llenas de libros, las mesas de estudio, un mapamundi y diversos montones de hojas aquí y allá, retratos familiares, un piano oculto por una gran tela, etc. La gran ventana central era una ominosa presencia que destacaba las enormes nubes de una tormenta que se acercaba cada vez más. Los jóvenes ojos azules de la señorita Templeton parecieron recorrer los libros almacenados en las estanterías. Luego se apresuró a decir:

            - No creo que un poco de vino le haga mal a una señorita ¿verdad Edgar?

            Y como respondiendo a una orden recibida en mitad de la batalla, Edgar William sirvió las tres copas empleando para ello el ímpetu de un felino. Sonaron risas cordiales. Y Lady Templeton acudió a ojear los lomos de los libros, ante la atenta mirada de Edgar William. Lord Henry Cunnings recogió su copa y regresó al instante al sofá, adoptando la misma expresión de inseguridad con la que entrara en el salón. Entonces Edgar William se aproximó a los libros y comenzó a ponderar ante la nuca de la muchacha, (pues esta permanecía absorta leyendo títulos y títulos),  las magníficas posibilidades de su biblioteca. Los clásicos latinos, algún tratado medieval, textos de Rousseau, Milton, John Donne…, algunos autores franceses y una sección dedicada a los románticos ingleses y alemanes. Por allí desfilaban Novalis, Goethe, Coleridge, Walpole, Lewis, Hölderlin, Keats…etc. Henry Cunnings, aburrido ya de permanecer en su escondite, también se acercó a los estantes. Ojeó por encima y dio una opinión, que más bien pareció una sentencia:

            - No veo ningún autor moderno.

            Tal aseveración fue casi ignorada con un rechinar de cuello de Edgar William, quien pareció realmente contrariado. Pero eso no hizo mella para que continuase divagando de esto y aquello, tratando de impresionar a la señorita Templeton. Cuando hubieron repasado los lomos allí expuestos, decidieron animar la noche con un juego. Pero en realidad todo parecía estar planeado por el anfitrión de antemano.

            - Una noche como ésta,  - Declamó Edgar William de una manera cuasi teatral - hace ya casi setenta años, la familia Shelley se reunió con Byron y Polidori en Suiza donde decidieron retarse para ver quién de todos ellos era capaz de componer la mejor historia de terror…, ahora nosotros haremos lo mismo.  – Aquí dirigió una mirada algo histriónica a sus acompañantes – tomad el asunto con la seriedad que se merece.

            Henry Cunnings suspiró inquieto. Deslizó la mirada hacia su copa y comenzó a agitarla. Lady Templeton, en cambio, pareció encontrar diversión en la propuesta. Las gotas de lluvia bañaban el vidrio del ventanal y producían un sonido seco y múltiple.

            - De acuerdo – se apresuró a contestar la muchacha. – Pero para inspirarnos ¿podemos tocar algo de música?

            - Faltaría más, querida.

            - Un poco de Schumann, Myriam, por favor… - Añadió Henry Cunnings desde su atalaya. – Yo releeré un poco a Novalis…

            Y así dio comienzo la velada, con Cunnings estirando el cuello para inspeccionar la librería, Edgar William, afanándose en reescribir una y otra vez unos garabatos y Lady Templeton interpretando diversas piezas que eran acompañadas por el repiqueteo de la lluvia en el mundo lejano del exterior. De repente alguien exclamó “¡ya lo tengo!”, y un acorde disonante puso fin a la música.

            - Os va a emocionar – Decía a su vez un emocionado Edgar William. 
            Henry devolvió al estante el libro que estaba leyendo y se sentó en una silla, justo al lado de Edgar William. 
- ¿De qué trata? – Preguntó.
- El tema es… el sentimiento de culpa, la inquieta sensación tras haber cometido una acción inconfesable. – Contestó Edgar, y aquí dirigió una amplia mirada a sus dos oyentes, pero especialmente hacia los rojizos cabellos de Myriam. – Incluso le he puesto un título. Lo he llamado “La sombra disipada”
Henry cruzó una pierna. Myriam, embutida en su vestido blanco, se apretó un poco contra el sillón. Por su parte, Edgar hizo una pausa. Simuló un gesto concentrado y comenzó a leer:
            - “¿Quedaría algo de aquello…? Sintió dentro de su pecho una presión creciente. Bajo la llama del Sol implacable, aquella figura perdida entre las calles comenzaba a actuar mecánicamente, la silueta de su propia sombra reproducida con total fidelidad sobre las fachadas. La sombra, que parecía recorrer todas las distancias, chocaba una y otra vez contra los silenciosos muros, contorneándose, doblándose. Su soledad era ya absoluta. La soledad comenzaba a asolarle, tras cada esquina, en cada ángulo…”
            Las copas de vino fueron rellenadas.
            - “…Y la pregunta regresó, sutil, para asomarse después en lo más recóndito de su cabeza, sólo que ésta vez ya conocía la respuesta. Por supuesto que sí.”
            - La pregunta. – opinó Henry. – Yo habría incluido ahí también la pregunta.
            Myriam giró ligeramente el rostro para ocultar lo cómica que le había parecido aquella interrupción. 
            - La pregunta… - Masculló Edgar, visiblemente turbado. Ojeó rápidamente el texto y repasó las líneas una y otra vez, luego apoyó el papel en una mesita y escribió algo. – La pregunta…, sí. Veamos… “Y la pregunta regresó, sutil, para instalarse después en lo más recóndito de su cabeza, sólo que ésta vez ya conocía la respuesta: ¿Quedaría algo de aquello? Por supuesto que sí.  Permanecerán todos los recuerdos y a ellos vendrá a acariciarlos la angustia. Mientras tanto, sus pies se trababan, sus hombros se encontraban con otros hombros y sus oídos descubrían, cercanas, ásperas palabras de queja. Ya no estaba solo, sino perdido entre la multitud. Donde se disipa la tragedia de uno y comienza la de todos.”
            A continuación se hizo el silencio. Edgar William buscaba con la mirada la aprobación unánime. 
            - ¿Qué os ha parecido? – Dijo al fin.
            - Muy misterioso. - Se apresuró a contestar la muchacha.
            - A mi me ha recordado… Myriam,  - Exclamó sorprendentemente Henry - ¿cómo se llama ese autor del que te regalé una edición en francés? La de Baudelaire, si no me equivoco…
            - Sí, a mí también me lo ha recordado un poco, pero gracias a eso ya sé que historia contar. ¡Ahora me toca a mí! - Y presa de su excitación, Myriam comenzó a garabatear con desenfreno.
- Yo tocaré algo de Chopin. – Dijo Henry antes de encaramarse al piano. 
Y mientras tanto Edgar William permanecía recostado en el sillón. Observando con auténtica desgana y apatía cómo se alejaban las tormentosas nubes y menguaba la lluvia tras el ventanal. Pero ya había pasado un rato cuando Myriam reclamó la atención de los dos muchachos.
- Fijaos cómo ha pasado el tiempo. Amaina… entonces podremos regresar. Me daré prisa y os contaré mi historia, ya casi está. 
De nuevo se terminó la música y se organizaba un corro atento a lo que iba a suceder. La muchacha concentraba sobre sí toda la decisión que era capaz de manifestar. 
- Edgar  -Comenzó a decir Myriam. – Tú has querido imaginar cómo piensa un criminal. Yo quiero ir más allá. Verás: ha habido un asesinato.
- ¡Myriam! – juzgaron los dos jóvenes. 
- Ha habido un asesinato y el asesino ya ha enterrado el cadáver. -Añadió Myriam con un tono más agudo.
Alguien bebió deprisa. Una pierna fue cruzada hacia la izquierda.
- “Está acosado por la ansiedad. Está en un cementerio, en la profunda noche. Los recuerdos se agolpan en su mente: los golpes secos de un pico abriendo el terreno, el sonido de una pala arrastrando la arena. Los propios jadeos del esfuerzo, los alarmados pies avanzando entre las lápidas, luego el chirriar de goznes al cerrar la puerta…” Había pensado que podría encontrarse con alguien al salir  - la femenina voz cambió de tono al interrumpirse a sí misma. – Eso lo he escrito en los dos siguientes párrafos… ¿Qué os parece?
- No sabría qué decir. – Contestó Edgar sin saber realmente qué decir.
            - Entonces me los salto, no me gustan. El tercer párrafo es el interesante. “…Un frío insoportable se coló por sus adentros, entre sus huesos. Se vio obligado a mantenerse en calma. Los estremecimientos - se dijo - responden a la aprehensión que produce el pánico, ¿por qué temer? Sí, por qué sentir ahora ése pueril rechazo, ésa carcoma siseante en el espíritu, si ya he vencido…”
            Una copa es abandonada sobre un mantel. Allá alguien se aprieta el cinto.
            - “He vencido. Se recordó a sí mismo entre dientes - gané. Todo lo que tengo que hacer ahora es regresar. Nadie podrá intuir lo ocurrido si me muestro en calma, si ayudo en las labores de búsqueda, si me mantengo firme. No puedo dudar. Eso es, la duda siembra los pasos en falso. Pero el frío, ¡Ay!, el frío... calma, cálmate. Este frío sólo atenaza al espíritu de quien ha visto, ojo con ojo, suspiro con suspiro, endurecer sus propias manos y provocar el acto de la muerte, el horroroso asesinato. Y estas manos… son estas manos y las tengo enfrente, ojos y manos te delatarán y la imagen futura de la horca delatará a tus manos y ojos, pero no al corazón. Ya lo escuchas, lo sientes muy dentro de ti, sólo un vago rumor, y podrás caminar sereno sin generar sospecha alguna, tan solo con mantener ese vago rumor atrapado en la conciencia, tan solo si consigues mantenerlo atrapado en lo más hondo de tu conciencia, y así poder huir… aunque no sepas a dónde ni sepas por cuánto tiempo, a salvo entre tus semejantes, entre ellos que nunca, nunca sospecharán nada. ”
            - ¡Oh, Myriam, es como si eso mismo te hubiera sucedido a ti! – Exclamó un emocionado Henry.
            Edgar emitió un rápido pero sonoro carraspeo. 
            - Mirad. Ha terminado de llover. – gritó Myriam.
            - Entonces te llevaré a casa, se hace tarde. – Y tras decir esto, Henry se levantó, aunque luego volvió a sentarse.

            Edgar acompañó a ambos a la entrada y tras concertar una nueva cita para tomar el Te dentro de un par de días, los despidió y se introdujo de nuevo en su salón gabinete, donde decidió que lo mejor era apurar él solo el resto de la botella de vino, abandonándose a sus reflexiones acerca de la velada que acababa de terminar. Mientras tanto y durante el viaje en carro, Myriam aclaró a Henry dos asuntos que parecían tener vital importancia: El primero, que la inspiración de su tétrico relato fue una lectura que hizo la noche pasada y que obviamente se trataba de Macbeth. El segundo que sí había reconocido a John Ashley Wotton.
            - Alguien debió contarle que me gustan las historias de misterio. Y aprovechó en aquella fiesta para intentar impresionarme con una historia muy aburrida que pensaba enviar a un periódico local. – Sonaba el traqueteo y el galopar de caballos – la historia trataba sobre un hombre solitario cuya propia sombra reflejaba su propio… miedo. 
            Henry pareció dudar un momento. Luego se le iluminó la cara en un gesto de sorpresa. Myriam comenzó a reír y movida por un impulso natural besó al joven en la mejilla. 
            - Pero Myriam ¡Qué haces! – Henry, contrariado, se llevó la mano a la cara y de un brinco se alejó al otro extremo del carruaje. 
            Myriam, conmocionada y asustada por ello, sintió asomarse alguna lágrima a sus ojos. Trató de contemplar el paisaje que avanzaba tras la ventanilla, mientras la decepción se transformaba en mudo desconsuelo al llegar a su pecho: Y ahí sí que no había que buscar ningún misterio.

                                  
                                   .         .         .         .


            - Las cosas se ven con otra perspectiva después de llenar el estomago. 
            Greenberg se recuesta en la silla y tamborilea con los dedos sobre la mesa.
            - Voy a buscar algo en el mueble bar. – Le digo.
            - ¿Pero es usted su amigo o…?
            - No se preocupe, vengo muy a menudo últimamente. Ya le repondré, hum, esto…
            - Pues yo voy a conectar mi lámina… un momento, suponiendo que haya acceso a la red por aquí.
            He encontrado una botella de ron de una marca aceptable cuando contesto.
            - Eso sí que ya sería una locura, quedarse aislado del mundo…
            - Bien, ya está. Al menos sabemos que existe algún tipo de tecnología que nuestro amigo no desprecia… lo que no entiendo entonces es por qué he tenido que venir aquí a entrevistarle. Otro de sus caprichos, supongo. – Hace una pausa para navegar – Estoy repasando la información para mi artículo. Usted me ha dicho que ha leído sus libros… ¿Media literaria?
            - ¿Cómo dice?
            - Parece que Messer es muy popular en ese formato, los media…
            - No sé de qué se sorprende, lo suyo es la literatura de género. Voy a abrir un poco las ventanas, ¿le parece?
            - Sí, bien. Claro. Literatura fantástica. Le confesaré – Greenberg se balancea – que yo estoy suscrito a un autor de novela policiaca de éxito… - Le escucho hablar desde el estudio de Messer. - …ya sabe, casos de todo tipo, algo de sordidez aquí y allá, pistas, puzles y cosas así. A veces resulta emocionante. ¿Va a abrir esa botella?
            - Sirva unos hielos.


(Continuará…)



           
           





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