jueves, 10 de mayo de 2012

(A través de los versos espejados, continuación...)




Alcancé el pueblo en silencio, entre la negrura, hasta alcanzar una solitaria farola. Atravesé un puentecillo de madera. Bajo el puente, el río seco dormía su sueño de nulidad. Seguí caminando y luego agaché la cabeza ante la llegada de unos molestos vientos que cruzaban las esquinas de las primeras casas. A lo lejos crecía una masa de nubes. El moho que colgaba de los tejados generaba un inquietante sentimiento de soledad. Temblé ante el repentino frío que llegó a la caída de la noche, con los perros ladrando a intervalos largos. Ladridos que más parecían ser quejidos, hechos más por oficio que por temperamento. Bajo el campanario de chapitel de pizarra, me figure a mí mismo como un ser de aspecto tenebroso, cayado en mano y enfundado en una levita negra. Por suerte no me crucé con nadie por la calle y no tarde en verme abriendo la puerta de mi casa, penetrando en ella y procurándome la luz de alguna vela mientras trataba de acceder al salón para animarme frente a los rescoldos de la chimenea.
Sentado allí, dispuse algo de comer y cuchillo en mano, traté de calmar mi estado llenando mi estómago. Luego debía mirar entre los papeles y las posesiones de mi padre en busca de las escrituras y de cualquier cosa de valor. ¿Sabía entonces lo que me encontraría? no lo creo, ¿no espera uno encontrarse siempre con algún tesoro de gran valor sentimental cuando ojea entre los recuerdos del pasado? ¡Y cual no es mi sorpresa al remover entre los trastos de mi progenitor! además de las esperadas cartas y viejas fotografías, allí estaba, escondido o apartado en la mesilla de noche, el papel misterioso, escrito con una caligrafía desconocida para mí, con un texto aún más extraño. La hoja amarilla parecía bastante vieja ya. ¿Obra de algún antepasado familiar? cuando la hube desempolvado leí con cuidado la difícil letra. Decía así:

            Hubo una vez una historia de otro tiempo y otro lugar,
            suceso contado de padres a hijos, generación tras
            generación, allí donde los señoriales cipreses cubren los
            páramos y su altura descubre en la lejanía el camposanto
            en mitad de la nada, llana y vasta, solitaria y muerta.
            Y muertos eran, quienes allí depositaban su morada y su esperanza,
            yerta, cada vez que más la postergaban, abandonando sus arrugas
            y abandonándose sus cabellos, blancos y grises, del color de su mirada.

            Quedé estremecido al instante debido a la extrañeza de esas palabras ¿qué podía ser aquello? retiré mis ojos de tan deprimente texto que parecía estar escrito con impetuosa desgana... escrito a desgana no, no es esa la palabra. Era ciertamente un poema, tal vez un poema de tradición oral que se perdía en el tiempo. Es curioso ¿hubo un poeta en mi familia? sin embargo aquel me parecía tosco, sin métrica aparente aunque con intención de encontrarla…. Tal vez fuese realmente así si es que era de tradición oral, o se hubiera ido alterando con el tiempo, transmitido de generación en generación. O bien se trataba, simplemente, del primer y último ejercicio acabado de un ascendente familiar que hizo brillar su genio en una ocasión y después lo hizo morir dado el mundo hostil que le rodeaba. Si fuera así, sentíame yo hermanado con aquel ascendiente; qué pálpito no llegué a sentir ante un compañero de armas, ante un artista. Así podía comprender yo mi natural inclinación al arte, tan alejado de éstos yermos odiosos, cuyas exigencias hacían menguar la vida de los hombres con el más arduo y poco agradecido de los trabajos. Pero no acababa ahí el poema, había más y seguí leyendo:



Hubo una vez una alameda por allí cerca elevada, que servía
            de guía a los corazones valientes sumergidos en la luz de la
            primavera, ahora ignorada, pues en su lugar permanecen,
            en el alto cerro que se alza y desciende por las perdidas hondanadas,
            los esqueletos de madera, como postrer señal de la vida que fue allí
            abundante,  junto a las jóvenes ilusiones y a los jóvenes
            amores que, en otro tiempo, bajo ellos se arrullaban.


            El tono seguía siendo extraño, pesimista, melancólico... esas eran las palabras.
Sin duda la sensibilidad del poeta adivinaba muerte allí donde en el momento florecía la vida, esqueletos de madera que sustituían a frondosos árboles que antaño arropaban bajo sus copas repletas de verdor a los jóvenes amantes. Emití un resoplido de satisfacción y por poco apago las velas. No me sorprendí al encontrarme excitado por aquel hallazgo. Un lúgubre viaje transformado ahora en un inquietante deambular por el pasado de mi sangre. Siempre me había juzgado como un ser extraño entre los míos. Tan sólo en la ciudad encontré gente afín a mí, y hete que me encuentro con esto... así que debo bajar a la bodega en busca de una botella para acompañar el descubrimiento. Por poco que sea lo que uno halle, si despierta sus emociones más anheladas, nada habrá en el mundo que iguale su fortuna. Así que corrí escaleras abajo, corrí y subí, y con la botella sobre mis labios ya, continué leyendo el siguiente párrafo, que decía:

            Hubo una vez un río donde ahora yace el barro,
en sus riberas colmaban
            las flores, hoy marchitas y no queda nada alrededor
salvo un llano abrupto
            y ceniciento como un llanto eterno, sumido en la desgracia;
pues ya nada
            agarra en su linde maldita, ese lugar de corazón compungido
donde nació
            la ponzoña que devoró el triste destino de una joven que supo amar,
            pero que jamás fue amada.

            Pero, ¿podía ser?, ¡qué estupidez! miré la botella de vino: apenas bebí de ella unos sorbos. ¿Acaso había que ser idiota para no ver la comparación que hacían los versos con el páramo yermo y la altiplanicie que rodeaba el cementerio?, ¿qué significaba aquello? de nuevo la extrañeza se apoderó de mí. Miré al vaivén de la llama sobre la vela. Pues... claro, el autor tan sólo había ambientado el texto con el territorio que él conocía. Simplemente dotaba de un aire misterioso un poema sobre dos amantes, quizá la historia de un amor no correspondido que él mismo sufrió. Como tantos otros... como tantos otros. Al fin y al cabo ¿cuántos se pueden jactar de no haber plasmado sus frustraciones amorosas de adolescente entre unos torpes versos? Yo mismo lo hice, ¡demonios!, son cosas de la tierna juventud. Ahora que lo pienso me resulta curioso. Los poemas de juventud parecen brotar siempre con la fuerza de un despertar indeterminado... como si no se pudieran contener los empujes del deseo o de una nobleza que brota al hacerse consciente del mundo. Es esa eufórica sensación la que nos hace imaginar y proyectar sobre nuestro futuro, ¡qué edad tan turbulenta... todo se quiere al instante!, pero veamos... sigamos con nuestro triste poema de amor.

            Hubo una vez que en estos campos tan llenos de todo
 y a la vez tan llenos de nada,
los bosques eran oscuros,
pues la claridad del Sol el suelo no hería.
Tierra fértil repleta de vida,
            allí donde las casas de los soñadores nacían y se multiplicaban,
            apilándose entre empedradas calles; no había quien dejase de reír
            hasta que cambió risa por llanto, buscando después entre los áridos campos,
            sueños y palabras, los familiares nombres, descripciones ya olvidadas.

            y luego:

            Los versos espejados.
Hubo una vez, finalmente, que aquel llanto fue aplacado,
            y ya no quedaron sino los recuerdos, espejos ensuciados.

            Esto no lo comprendía bien... ese era el final y de repente el poema era apagado con una oscura y vaga descripción..., no, premonición. A ver, aquí nos habla de vida, de vida que nunca cesaba. Los soñadores, los soñadores... vaya. Pues bien ¿no sueña alguien que proyecta un futuro...? Sí, es lo que decíamos antes, pero... unos soñadores..., gente que es joven, por supuesto, y que está en un sitio joven. Casas nuevas, con familias… pero esto no tiene sentido. No lo tiene a no ser, claro está, que sea una simple metáfora, una manera de hablar metafórica. Ya está, son las ilusiones comunes de la gente, sin más... y se trata de varias generaciones. Luego, todo se vuelve oscuro y algo parece desplomarse y llega ese olvido, sueños y palabras, sueños y palabras... y descripciones ya olvidadas, simplemente, el paso del tiempo y los deseos incumplidos, eso es obvio. ¿Pero por qué el llanto? ¿Estaba ante la típica atracción adolescente por la fatalidad? ¿Otra vez con esas? y me apoyé contra el respaldo de la silla. La desilusión comenzaba a aflorar en mi pecho y tragué más vino. "Una mediocridad", pensé. Y me convencí de que estaba en lo cierto. Penetré con mi mirada en el silencio ambárico de la habitación. "Pero no debo ser tan duro, decíamos que fue el primer y el último intento de mi viejo colega y estamos hablando de alguien de mi propia familia..."; con todo ojee por la parte de atrás con gesto decidido. Habían unas líneas.

            Camino por los paisajes por este cuento aquí descritos
            cómo han cambiado, no lo sé, pero no son ya los mismos

            Escudriñé la hoja en busca de algo más, pero fue inútil. Al menos fue bonito mientras duró. Me dirigí a los bultos donde había amontonado todo lo que pensaba llevarme de allí. Terminé de arrinconarlo y cuando di por concluida la tarea, regresé a la habitación. Comenzaba a hacer fresco, pues hacia ya rato que la chimenea estaba apagada y los rescoldos estaban consumidos. El tubo metálico se conectaba al exterior pasando por el dormitorio y eso hizo que allí, al menos, no se pasara mucho frío. Dejé el candelabro en la mesilla, al lado del poema manuscrito. "Mañana tengo que hacer la visita", me dije, y me preparé para dormir. 




(Continuará...)

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