viernes, 11 de mayo de 2012

(A través de los versos espejados, continuación...)






A la mañana siguiente desayuné, me lavé y vestí a toda prisa. Debían ser las diez y media cuando me dirigí a la casa del alcalde que se había ofrecido para supervisar el reparto de los bienes de mi padre. Todo ello muy formal; al entrar me recibió el abogado, un hombre joven que dirimía entre las partes. Supongo que el alcalde actuaba a modo de cacique y pretendía estar bien informado de todo lo que sucedía por aquellas tierras. No me hablé mucho con el par de familiares que acudieron allí... unos primos lejanos, pero como estas cosas no son muy de mi gusto, les ahorraré los pormenores. Yo me quedé con una suma que dejó para mí mi padre y con los recuerdos del hogar que ya tenía empaquetados. A cambio cedía la  propiedad de la casa, a condición de que se ocupasen de cuidar la tumba, por supuesto. Vendí barata mi parte de las tierras, pero recibiría el dinero en unos meses... ¿para qué jugar con el destino de esas gentes? ellos las necesitaban más que yo. Además, si algún día regresaba al pueblo no quería pasar por indeseable. Así que, concluido todo, tenía un día más si lo requería, antes de marcharme. Tras lo cual aclaré que me iría por la tarde y añadí que se pasasen por la casa una media hora antes de que llegase el coche de caballos y yo les daría la llave. Tendría tiempo para preparar mi marcha. Cuando todo el mundo estuvo conforme, el alcalde rió satisfecho y el abogado me pidió compañía, porque ambos viajaríamos a la misma hora, ya que tenía que ir a sellar los papeles en el juzgado, en la ciudad. Aquello me pareció bien, dado que así podríamos comer en la taberna y yo no tendría que cocinar.

Así pues teníamos hasta las cinco... pues el carruaje salía a las cinco y media. Muchas horas por delante para pasarlas charlando tranquilamente. Y aún era pronto, no nos dimos mucha prisa en llegar. "¿Hacía mucho que usted no venía al pueblo?", me preguntó. Yo le dije que la última vez que estuve aquí fue hace cuatro años. Ya entrados en tarea nos bebimos unos vinitos y me confesó que   sus padres vivían en el pueblo más cercano "Sí es que no te molesta que saque el tema..."; nos hicimos familiares. "No fue fácil para el hijo de un carpintero abrirse camino en las leyes. Trabajo para una firma en la ciudad, ya sabe, modestita...". La taberna estaba semivacía. Un hombre muy mayor comió en una esquina, mientras el posadero devoró un gran conejo a nuestra salud. El lugar era agradable, aunque el olor de la cocina lo impregnaba todo. Afuera comenzó a levantarse viento, pero en el muro más extenso de la taberna había una colección de platos que atraía toda mi atención ya que era lo único ordenado allí. "Pero, no comprendo, entonces usted no conocía a sus padres, ¿cuántos años estuvo junto a sus tíos?", me inquirió. Yo le contesté que no andaba muy en sintonía con la familia. "Perdone que me entrometa, pero eso ya se ve. Es decir... creo haberlo visto". Le calmé diciéndole que no se preocupara. Que era del todo cierto y que con mi padre había mantenido una sólida correspondencia y que si yo no había ido mucho al pueblo, él si que se acercó bastante a la ciudad. Y es que, tras la temprana muerte de mi madre, el no volvió a casarse y vivió muy solo. Era a mi madre a quien no conocía, porque falleció cuando yo tenía cuatro años. Y a estas cosas sumé el hecho de que me había topado recientemente con una sorpresa: un familiar poeta, más bien un antiguo familiar poeta. Él acogió la noticia sorprendido. “Sí”, le dije, “no sabía de nada parecido en mi familia”. Pero también le dije que se andara con ojo, pues hablábamos de un proyecto de poeta, pero de un proyecto de poeta frustrado. Ciertamente, las risas iban en aumento en nuestra mesa a medida que el posadero fregaba los cacharros con verdadero ímpetu. Aquel abogado me contó no se qué historia y después demostró sentir curiosidad por el poema. El viejo solitario, que pareció acercarse antes a nuestra mesa, giró de un lado y sin decir nada, se marchó a la calle. Nos pilló desprevenidos, la verdad. Y nos echamos a reír, ya que el vino hacía rato que nos puso contentos. El posadero barría ahora el suelo, porque durante la comida dejó abierto para que entrara la corriente y como es natural, el polvo se coló adentro, tapizando las agrietadas baldosas. Le hablé, pues, del poema y de sus extraños versos, de sus ideas tópicas, de sus imágenes, y añadí que eran similares a los lugares que rodeaban el cementerio. Y que yo suponía que al fin y al cabo el autor no debía conocer muchos escenarios más donde posar su despertada imaginación. Él asintió y después dijo otra cosa: "Ha debido ser algo extraño. Y precisamente en el cementerio. ¿Recuerda haber visto aquella zona tan seca en su infancia?". El abogado, tras decir aquello, se echó para atrás con una sonrisa en la boca. Luego alzó la mano, "Voy a pedir un café ¿qué te ocurre?". Lo que me ocurría era inesperado ¿cómo decirlo? No, no lo recordaba. Claro que no podía recordarlo. Claro que yo era muy pequeño entonces.... ”Lo digo porque algo escuché por ahí, una habladuría. De adolescente, bueno... jugábamos a perdernos por esa zona. Como una prueba de valor ¿sabe?, una tontería. Se decía que el lugar es malo, cosas de viejas ¿comprende?, preguntaré al posadero, él se acordará." Le pedí que lo hiciera y a ambos se nos aclaró después algo la cabeza por la impresión que nos causó el hacerlo, dado que aquel hombre esquivaba respondernos sobre ése tema. Y no lo disimulaba. Se marchó a la barra y trajo dos cafés: "Invita la casa" y se marchó de nuevo e hizo como que tenía tareas importantes que llevar a cabo. La escoba, sin embargo, estaba donde la había dejado y el polvo seguía tapizando las baldosas agrietadas. El abogado y yo nos miramos. Tomamos el café y acto seguido salimos afuera dando las gracias.


            Ya en la calle y de camino a mi casa seguimos charlando. Me restregué la cabeza y declaré como si me regresaran las ideas. "Cuando me fui a la ciudad, o poco después... yo era muy pequeño. Quizá debería preguntar sobre esto a mis tíos, tal vez vaya a visitarlos. Fui a vivir con ellos cuando murió mi madre. Pero yo creo que los bosques enfermaron." comenté. "Extraña coincidencia, - contestó él - ¿Y usted cree que la tierra está contaminada desde entonces? y a saber de qué. Mire que aquí todavía son muy torpes y supersticiosos." Fui arrastrando los pies, como movido por una lejana inquietud. "¿Contaminadas?, pues verá... yo no soy hombre de campo, pero seguramente ocurra que..." Pero desde hacía un momento veíamos a una moza de unos treinta y pico al final de la calle. Morenaza, con un pañuelo en el pelo, un talle firme y andares decididos. En realidad ambos la estábamos mirando, para qué engañarse. Giró en el cruce antes que nosotros y a Fe mía que apresuramos el paso para alcanzarla. Al dar vuelta a la esquina ya no estaba. Y seguimos disimuladamente nuestro camino, entonces una vieja que estaba sentada a nuestra izquierda se levantó y nos hizo un gesto con la mano. Nos detuvimos. Yo ni me habría percatado de su presencia de no ser por su llamada y me figuro que mi nuevo colega tampoco. Avanzó despacio hacia nosotros, envuelta en luto, maldita costumbre. Entonces, de repente, me agarró de las manos. Pude notar el temblor de sus dedos. Miré al abogado en busca de apoyo, pero ni él mismo sabía que hacer con su cuerpo, pues se sentía totalmente fuera de lugar. Las manos de aquella vieja eran ásperas y sus ojos vidriosos me miraban fijamente. Al final tuve que enfrentarme a ellos. Esbocé una sonrisa. "Señora..." comenté. Y ella respondió "Yo conocí a tu madre. Ella te quería mucho". Murmuraba. Siguió mirándome, me miró de arriba a abajo. Sus ojos se agrandaron y  en ése momento sus manos apretaron con fuerza. Entonces me soltó y se fue, lentamente, hacia la esquina. Cuando no la vimos más, sentí  algo en mi hombro, la mano del abogado, pálida como su cara. "Vamos", fue lo único que pude dejar escapar por mi boca.


            No eran todavía las cinco de la tarde, pero el viento era molesto. Aquellos metros hasta mi portal se me hicieron densos, eternos. La turbación por aquel encuentro se iba disipando poco a poco a cada paso. Aquel primo lejano, el de la herencia, aguardaba frente a mi casa. Al verlo amagué un saludo, pero el viento levantó una tolvanera y se me metió algo de polvo en un ojo. "Tal vez bebimos demasiado y hayamos estado torpes con esa señora...", comentó mi colega. Pero yo me zafaba aún intentando liberar mi ojo de aquella molestia incómoda. Me sentí ridículo y sonreí. Ambos reímos, toda la tensión se liberó de nuestras cabezas ante la boba mirada de mi primo. "¡Eh!... parecen contentos, ¿eh?" comentó de lejos. Quería aparentar familiaridad y la oportunidad era magnífica para él, habida cuenta que hace unas horas nos estuvimos disputando tierras y casa. Luego añadió, observador: "Imagino yo que ya que va ha hacer el viaje con ese señor con el que ha comido, no me llegue a mi noticia mala sobre lo firmao", sonreí, ¿qué otra cosa podía hacer? en realidad éramos como dos extraños y comprendí que sus suspicacias eran algo natural. "Éste señor y yo sólo somos compañeros de viaje, nada más", él pareció insistir "Compañeros, ¿eh?" y tras ejecutar una sonrisa forzada, me dirigí a por los paquetes. En el cuarto, me encontré con la página manuscrita allí donde la había dejado la noche antes, junto al candelabro. Lo recogí y me lo guardé en la chaqueta. La persiana dejaba entrar un fosforescente y lánguido halo de luz.


            "Tome, la llave de la casa", dije mientras extendía el objeto metálico a su nuevo dueño. "¿Sabe? - comenté - antes he visto a una señora que dijo haber conocido a mi madre ¿la conoce?",  "Agradecido estoy por la llave - dijo - aquí ya no queda naide así, ya nada le ata a usté aquí. - Hizo una pausa -  por cierto, ¿usté es un artista ¿verdá?, ¿pintor?", según mi parecer aquel hombre quería por algún motivo forzar la charla de compromiso. No vi objeción en ello. "No, escritor. Escribo. Para periódicos. A veces publico cuentos, algún libro...", contesté sin prestar mucha atención, no veía ningún interés en ser conocido por allí, demasiados vínculos.... Me contestó lo que sigue: "Escribe ¿eh? ¿Poesía? como verá, aquí las noticias vuelan", me miró con suspicacia y me quedé helado. "Aquí no - continuó - aquí no tenemos d´eso, nunca tuvimos. Con el campo ya tenemos para rato largo...  -  se hizo el distraído y arrastró la arena bajo sus pies - ¡Eh!, vamos, el coche espera." Yo estaba estupefacto. No supe qué hacer ni responder. Señaló hacia delante, "El coche espera." Por fin el abogado agarró mi maleta y aprovechó para mirarme a los ojos y susurrar nervioso "El coche...", tratando de calmarme. Sin mirar atrás coloqué mi equipaje y acudí a sentarme. Mi colega delante y a su lado, una señora mayor, "Hola, cómo están ustedes", dijo reservada. Y tan pronto como eso sucediera, dos chasquidos pusieron en marcha el carro, con los caballos al trote.


            El viaje se hizo incómodo. El camino era pedregoso y accidentado. Aquellas palabras tan sutiles...,  "poesía", pensé, "Nuestra charla en la taberna..., qué error he cometido. Pero aún así... ¿por qué...?" La voz del abogado me despertó de mis ensoñaciones. La señora también pareció despertar. "¿No se ha dado cuenta de cómo ha subrayado algunas de sus palabras aquel... familiar suyo?, estaba claro que quería apartarle a usted de algo..." Entonces pareció pensar un momento "¿Me deja ver el escrito? ¿Lo lleva usted ahí?", yo, casualmente, lo había escondido en el bolsillo de la chaqueta, ya que fue lo último que me guarde estando todavía en la casa. Se lo acerqué, noté un pálpito insospechado en la sien izquierda. Aquel joven lo observó detenidamente, lo leyó para sí, y lo volvió a observar. A su lado la señora comenzaba a intrigarse, pero no se atrevía siquiera a preguntar. "No parece tan viejo - declaró de repente - créeme, estoy acostumbrado a ver papeles antiguos y éste no tiene mucho más de quince o veinte años.", "¿Está seguro?" respondí. "Totalmente. Y otra cosa más. Un detalle. La letra de éste manuscrito... ha notado sin duda suspicacias hacia su familia en el pueblo, hacia sus padres." "Extraño ¿no?, - respondí yo -  en los pueblos ya se sabe... ¿por qué lo pregunta?" Las ruedas pasaron por encima de algo y dimos un pequeño salto. La señora dejó escapar un "¡Oh!", pero el abogado lo aprovechó para acercarse a mi. "Amigo mío. Amigo mío... porque yo nunca me equivoco en éstas cosas ¿no se ha dado cuenta? la letra es tosca - señaló en el papel – pero la letra contenida en éste manuscrito es de mujer."
            Alargué la mano. Con la otra sujeté firmemente el pliego y leí aquellas líneas de nuevo. Miré a mi compañero, a su lado la mujer parecía asustarse sin saber ella misma por qué motivo. Luego volví a leer y a reeleer, varias veces. Repasé el texto varias veces mientras en la cabeza se arremolinaban los sucesos acontecidos los dos últimos días. Los sucesos y las conversaciones. Las conversaciones, aquella conversación.

Silencio.


            Al llegar a nuestro destino ya era casi de noche. Nos dimos un apretón de manos. "Ése campesino, primo suyo, tiene motivos de sobra para sospechar, ¿eh?", agradecí con la mirada que aquel abogado pronunciara aquellas palabras, ya que permanecimos callados en el coche durante hora y media. "Le enviaré  una copia en cuanto pueda", agregó señalando con un gesto su maletín. Fue una despedida escueta, casi automática, pues la sombra de la desazón se había interpuesto entre nosotros. Me marché, a paso rápido llegaría en media hora a la pensión. En cambio en una hora estaría en casa de mis tíos...  Descarté lo segundo.
            Por la mañana tenía trabajo. La mayor parte del tiempo hago de corrector en el periódico y la primera tirada... (…) Anduve por la acera, rápido por encima de los adoquines. La sombra de los últimos tranvías destacando en la distancia, con el ralentí nocturno en aumento. Pronto la bruma y la humedad. Sentí pesarme el corazón. Al llegar a mi destino estaba agotado. Desde aquel día no volví a saber nada de aquel joven, pues aquel amable abogado decidió enviar a un aprendiz a hacer las labores de correo.

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