sábado, 30 de junio de 2012


(Continúa…)




- No era algo urgente… - La voz de Greenberg, que regresa, me saca de mis pensamientos – puede esperar. Hablábamos del relato del pianista y el diablo. ¿No cree que es un poco forzado?

            - Bueno – respondo – ya sabe… son textos ya algo viejos y están escritos de manera que imitan…

            - Sí, eso ya lo sé, pero verá – Arrastra una silla y se sienta – estos efluvios simbolistas sobre el sexo, lo del golpeo desesperado del piano, la conciencia en forma de diablo que ríe… ¿no es ya algo que nos queda muy lejos?

            - Eso depende, puede sonar tópico, pero los tópicos… están ahí por algo.

            - No sé… demasiada exaltación para mí. No me resulta natural. – Inclina la cabeza hacia atrás y se  esfuerza en pensar -, aunque el personaje de la mujer sí que me ha gustado.

            - ¿El de la mujer? En realidad  a mi me parece que logran transmitir emociones y eso ya me parece bastante.

            - La emoción de imaginar a uno que va por ahí desnudo y se atraviesa con una espada…

            - Que no sea realista no significa que no se entienda…

            - Tranquilo, tranquilo – Se rasca la barbilla – solo quería bromear un poco. ¿Sabe? El ritmo frenético de alguno de estos textos resulta catárquico, muy pasional, pero son demasiado fantasiosos para mí.

            - Vivimos tiempos aburridos, muchísima gente se evade de ellos mediante la fantasía y la expresión subjetiva de lo propio y lo externo…

            - ¿Se ha puesto usted a filosofear?

            - Y ahora que habla de catarsis – Ojeo los manuscritos – prepárese para lo que viene ahora. ¡Oh, qué recuerdos! ¿Sabe usted que Messer me confesó una vez que este relato fue escrito en una época de desesperación?

            - Eso – Greenberg estira los brazos – eso podría decirse de todos los demás.

            - Pero de este sobre todo. Una oda a la desesperación. ¿Ha leído El Descenso al Maelstroom?

            - ¿El…?

            - No importa, pero lo que sigue le parecerá aún más fuera de lugar en los tiempos que corren… o no. Pero para empezar a falta de un título, parece que tiene dos…




En la espiral de la locura o El corazón que no palpita.




 ¿Quién lo hubiese creído posible? Era tan sólo una línea en el horizonte, pero curvada e infinita. Y a mi alrededor todo el ancho y vasto mar me circunvalaba por completo; pude ver a las aves migratorias rasgando el cielo azul y límpido, y a lo largo del transcurrir del tiempo indeterminado, a las nubes apelotonándose en la lejanía, turbando las verdes, espumosas y frescas olas que reflejaban su pálida presencia sobre la eterna superficie marina.
Se hallaban esas nubes preparando y proyectando mi muerte, próxima y terrible, sobrecogedora; yo, vuestro narrador, yacería en lo más hondo del frío y oscuro océano, hasta el fondo abisal.
             Aplastado bajo toneladas de agua pétrea y sedosa.



                                   .                  .                  .





            El mar es de un verdor pastoso, una enorme lámina sin fin en constante movimiento, fluctuante, completamente obcecada en su continuo viraje, en su ir y venir, en su bajar y subir... su tronante voz colapsa tus oídos y los tapona para siempre y sin remedio con su inhumano rugido-murmullo para que no puedas escuchar nada de lo que realmente quieras percibir, si es que hay algo que quieras percibir. Aunque, en mi situación, esos sonidos me son ya tan agradables como una canción de cuna, pues gracias a ellos más de una vez he logrado dormirme como quiera que hubiese estado arropado por una madre.


            Al principio de mi viaje me sobrevinieron unos terribles dolores de cabeza, pero pasaron al acostumbrarme rápido a los cambios de presión producidos por las mareas. Es por la fuerza como yo he llegado a conocer mi buena y rápida adaptación a este medio. Entretanto, me he visto perpetuamente prisionero de mi balsa, rodeado de agua salada e insalubre, así como del omnisciente techo, brumoso, nubloso, incoloro y gris que tengo sobre la cabeza y que se extiende como un enorme vacío de dimensiones absurdas e inextinguibles, en total consonancia con la masa acuosa que se abate ondulante bajo mis pies: como si ambos fueran un espejo que reflejase al otro incluso cuando llega la noche con sus estrellas; entonces éstas se ponen a bailar alocadamente entre el oleaje como si de una danza del fuego se tratase, como esas que hacían los antiguos, allá, por mi tierra de soles y playas. Pero aquí la música no brota de forma alguna, ni de maderas ni metales: sino del mugido eterno. Del aquejumbrado mugido del mar.





(Continuará...)

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