martes, 26 de junio de 2012


Segundo interludio (Kreisleriana)


El otoño tardío en Bamberg tiene aún por lo general algunos días hermosos…, permíteme amable lector (o lectora) que me tome la licencia de ejercer el pseudoplagio al encabezar el presente relato; al representar el contexto que ilumina las calles de Bamberg y al hombre enjuto que aún camina por ellas. Con su mirada despierta y su caminar apresurado, descubrimos a un Hoffmann nervioso que irrumpe en su casa tras atravesar las callejas anexas. Se encamina hacia el interior con el cuidado necesario para no despertar a su hija, la pequeña Cecilia que duerme en su cama. El hogar en calma. Saluda a Mischa mientras aguarda la hora de cenar. Marido y esposa se contemplan, las velas a medio gastar, la miseria planeando por encima de sus cabezas y sin embargo se dan la calma mutuamente al recorrerse en sus miradas. No me entretendré en mi narración. Una vez despedida la querida esposa, una cierta ansiedad corroe al aún joven Hoffmann, una ansiedad que lleva sin embargo, atada el nombre de la suerte.

            Y es que la respuesta de la Allgemaine… no termina de llegar, ¿habrá gustado a los dueños de la revista su caballero Gluck? Poco importa…, o mucho en realidad, pero son otros pensamientos los que también ocupan su cabeza. No te sorprendas por este desanimado comienzo, amable lector, ¿y qué si los negros pensamientos no son sino el origen de la duda, la incertidumbre y el pesar? No podemos culpar, mucho menos juzgar, pues muchas veces el origen mismo de la luz son las tinieblas y en esto el hombre debe enfrentarse a sus propios miedos. Decidido a afrontarlos, se ha instalado en su escritorio. “Bien”, se dice, “Bien, continuemos el Trío para piano” y comienza a emborronar páginas y páginas con el aleteante chisporroteo del fuego de la chimenea como caótico metrónomo desacompasado. Cuando cree estar satisfecho, estalla en cólera, y entonces reescribe y reescribe. La frustración va en aumento ¿qué hacer? ¿Tal vez ayude un poco de vino? Tal vez ayude un poco de vino, mientras tanto las ideas obscuras se agolpan una a una en su cerebro. En un momento indeterminado golpea con las palmas la mesa y se sirve un trago largo. Las velas tiemblan, los recovecos de las paredes brillan y Hoffmann hunde su cabeza entre las manos, tras lo cual lanza un sonoro suspiro. Una risilla de burla proviene de alguna parte.

            - Ji, ji, ji… - La risilla se vuelve sardónica.

            ¿Pero cómo? ¿Es el causante el vino, la imaginación enfebrecida? A la risilla acompañan unos tenues chasquidos. Hoffman levanta entonces la cabeza y la gira abriendo mucho los ojos, todo parece dar vueltas. La risa suena de nuevo, un hombrecillo sentado sobre la repisa de la chimenea la acompaña con unas palmadas apenas audibles.

            - ji, ji, ji… enfermarás de tanto trabajar en vano.

            Hoffmann no sale de su asombro al observar a aquel duende: un kobold hogareño que permanece jovial y campechano mientras aspira humo de una larga y delgada pipa y se recrea en la desgracia ajena, el sufrimiento de un artista, vistiendo un batín verde a juego con un gorro del que sobresalen dos orejas puntiagudas. ¡Extraña criatura ésta!

            - Es algo digno de admirar, - Comenta mientras se aproxima – un enanito…

            - ¡Oh!, más respeto enclenque joven, tus patillas apenas son como briznas secas, mientras las mías ya cuentan con cien años.

            Efectivamente, el malhumorado kobold se da aires de dignidad mientras camina de este a oeste con gesto de preocupación exhalando el tabaco como una fumarola. Sobre el gorro pende una pluma que bota de arriba abajo.

            - ¿Acaso – se pregunta Hoffmann – acaso no estaré ya loco?

            Hoffmann piensa ahora en el personaje que ha hecho con su admirado Glück, e imagina que lo que está sucediendo no es una mera casualidad. ¿Cuan insondables son los enigmas de nuestra mente?

            - ¡Alto!, no sigas por ahí, si comienzas con esa cantinela… no querría yo tener que enfrentarme luego a las demás personas de la casa por culpa de sus gritos.

            Bien, Hoffmann no está loco ¿puede una alucinación razonar? Decide entonces aproximarse aún más hacia la chimenea. Se ajusta su gorro de andar por casa y observa con detenimiento aquel fenómeno. El reflejo de la hoguera baila en sus pupilas mientras trata de comprender y se acaricia la barbilla.
           
- Sácame de dudas entonces, ¿qué es lo que te ha traído aquí, a mi casa?

            Y la respuesta es inmediata.

            - Me ha traído aquí el ruido que haces al pensar, nada hay peor que eso.

            - ¿El ruido?

            - Tus locas ideas me alteran los nervios y he decidido instalarme aquí, con la intención de calmarte. En las décadas en las que he habitado…, eso no importa. No puedes componer ¿verdad? ¿Cierto?, desde que te marchaste de Posen no has hecho más que llevar una vida errática. Primero Posen, luego Varsovia, después Berlín, ¡Y los franceses! – El hombrecillo sacude un momento el gorro emplumado – No podrás huir eternamente con ese Napoleon empeñado en poner los pies en toda Europa… recuerda Varsovia, recuerda el desorden que viste allí…

            Hoffmann se lleva la mano a la boca. “Conoce todo sobre mí”, piensa alarmado. Pero pronto alguien llama a la puerta. Es Mischa, Mischa les ha oído.

            - ¿Ocurre algo, cariño?

            Ambos callan. Miran en silencio el pomo de la puerta. El aire tenso empuja a Hoffmann a decir algo.

            - Mischa… tan sólo escribía en voz alta.

            - Bien, pues no hables tan alto, por favor. Buenas noches.

            - Buenas noches… Mischa.

            Pasos que se alejan, unas miradas furtivas, cómplices, unas ramas que se tronchan por el fuego.

            - De acuerdo – susurra el kobold – de acuerdo. No puedes huir eternamente ¿y entonces? Tratas de escapar ¡y cómo!

            - ¿Y cómo?

            - En la fantasía, jovencito, tratas de escapar por medio de la fantasía. Pero no lo consigues, no lo consigues y entonces llega el ruido, ese murmullo de preocupaciones…

            Hoffmann se sume en sus pensamientos. Desde que ha llegado a Bamberg las cosas no le han ido bien, nada bien. El kobold parece observarle, ladea su diminuto cuerpo de un lado a otro. De repente frunce el ceño y mira a Hoffmann.

            - No se ve que comas bien – concluye.

            Hoffmann suspira. Es por culpa de Cuno, el inútil director del teatro, de sus encargos sin ningún tipo de valor artístico, nada que permita hacer destacar al genio;  de las aburridas clases de piano y canto a los pequeño-burgueses, de la monotonía… y sin embargo puede dar gracias a que puede comer. Si pudiera volver a ser un jurista, pero está el expediente…

            - En todas partes es igual, la banalidad parece triunfar sin remedio. Los grandes maestros…

            - ¡Alto! – Exclama el hombrecillo – alto de nuevo. ¿Invocas a los grandes maestros? ¿No trataba de eso mismo tu historia sobre aquel compositor de opera? Pero la historia pasada ya no puede regresar.

            Hoffman agita los brazos.

            - ¡Aún tenemos su huella!

            - Más bajo – Susurra de nuevo el kobold. – Se despertarán…

            - Tenemos su huella – Continúa Hoffmann – Su inspiración…

            - ¿Inspiración? – El tono es sarcástico - ¿Lo que tú hacías antes era inspiración? Contentar al público no es inspiración, pero es oficio.

            Y en esto que al dar un pequeño salto, el kobold queda sostenido en el aire, estirando brazos y piernas y como por arte de magia adopta un tamaño desmesurado, de manera que al crecer necesita inclinar la cabeza a un lado para no derribar el techo. Hoffmann, que ha caído de espaldas, no puede sino quedar hipnotizado ante semejante locura, ese sin sentido.

            - No te asustes, amigo, no voy a hacerte daño, si quieres volveré a mi tamaño normal, si quieres…

            Y diciendo esto, obra de manera que desplaza el viento y comba las llamas arremolinando las luces y los papeles del escritorio. La ventana queda abierta, abiertos de par en par sus batientes. Suena una risilla y un susurro. Hoffmann está ahora sentado. Nuevamente está sentado, ¿un sueño? ¿Ha sido tan sólo un sueño? ¡Oh, lector, te pido perdón mil veces! Qué barato recurso, y qué esperabas ¿al kobold caminando durante toda la noche al vaivén de las rojizas llamas? Al darse cuenta del natural engaño, el compositor corre a cerrar la ventana asegurando sus pestillos.


            - No claudicaré – Se dice mientras aún permanece entre la realidad y la ficción onírica.  – El arte no es mercancía, el arte es también pasión.

            Pero qué tarde es ya. Apoyando una vela para ver mejor piensa en su doble vida, su doppelgänger: una aparente y exterior, y otra llena de inventiva y juego mediante la que agita sus emociones. Son como líneas de un círculo, inacabables, y antes de irse a dormir escribe de un trazo irracional una frase:
           
            Caminar en círculos: mi doble: Kreisler.




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