martes, 26 de junio de 2012


La Melodía Del Diablo.



…here I opened                                                                                                      
Wide the door;-
Darkness there and                                                                                                                  nothing more.

E. A. Poe                                                                                                                          (The Raven)






            En el año mil novecientos diecisiete, cuando en Europa la guerra se había recrudecido y el horror de la “matanza de los inocentes”[1] hacía tiempo que había consternado al mundo, aún existía quien, inmerso en su mundo interior, se debatía entre oscilantes posturas frente al conflicto bélico. Según las habladurías, aquel era el hijo criado entre algodones, acostumbrado a corretear a sus anchas por sus dominios, y ahora se mostraba indiferente ante la barbarie humana y militar que acontecía tras las lejanas costas. Por otro lado, dado que al parecer estaba inmerso en un tardío mundo de identidad decimonónica, su misantropía miope le convencía de no mezclarse en los asuntos ajenos a su existencia edificada entre gruesos muros y altas torres.
            Aquellos fueron el fin de los buenos tiempos para Sir Thomas Hampton. Por eso a nadie sorprendió lo que sucedió después, cuando los hechos de mil novecientos treinta y siete tuvieron su trágico lugar; una leyenda más en la historia difusa de los mitos populares.

            No hace falta recalcar el hecho de que en el mundo aquellos tiempos no eran buenos. Como una tormenta nocturna, las convulsas realidades de las naciones crispaban el ánimo de los ciudadanos y aunque la palabra guerra era aún un rumor, era un rumor, al fin y al cabo. Aquella noche, los reflejos de los relámpagos que desde la bruma eran lanzados sobre la región de C** hicieron aterrorizar a las reses en sus establos cochambrosos. El liso y llano campo se vio sacudido por fuertes espasmos de viento y entre el espacioso hogar que dominaba las vastas extensiones, un temor reprimido dio lugar a momentos de dolorosas experiencias. Pero en medio del tumulto, el silencio amenazante asfixiaba al viejo caserón.

             
            Hacía tiempo que Sir Thomas Hampton ya no razonaba como antaño. Ya no razonaba como en aquellos buenos tiempos. No se parecía ya a aquel testarudo noble que desaprobaba la intervención inglesa en Sudáfrica, por mucho que pintasen como leones a los miembros de la expedición Boer. Los Hampton achacaron esta rebelde forma de pensar, contraría a los intereses de la nación, a la juventud revoloteante de su hijo. Entonces le buscaron a una mujer y el “rebelde” iconoclasta ya no tuvo ojos sino para “madame” Effort, hija de un diputado Tory, aplacando así sus tentativas de cambio.
            Murieron los padres allá por mil novecientos once o doce. El matrimonio de Hampton Effort avanzó por la vida gestionando las propiedades y organizando actos benéficos. Durante años Lady Effort fue una figura reconocida entre las bambalinas del ala más conservadora de Inglaterra. Y poco a poco el joven Thomas se fue apagando de manera servil, aún siendo el dueño de todo, la sombra de su mujer y, por tanto, el dueño de nada. Ella le recriminaba su desinterés por la política y él alegaba dedicarse a fines más elevados y artísticos, ante lo que ella lanzaba un profundo suspiro cargado de desprecio y él, finalmente, acababa refugiándose en su gran piano de cola blanco, muchas veces durante el día y en ocasiones también por la noche. Los criados ya lo tomaban por costumbre y si el piano sonaba a esas altas horas, ellos optaban por cerrar bien las puertas y encogerse de hombros. Lady Effort mantenía buenas relaciones con la nobleza inglesa y alemana, lo que por aquella época era de lo más normal. También eran rumores los asuntos extramatrimoniales de Lady Effort, ya que por algún tiempo hizo diversos viajes al continente. Pero nada alteraba el orden de las cosas en la vieja mansión. Sir Thomas Hampton se dejaba ver poco, cuando acompañaba a su mujer para asistir a alguna fiesta en sociedad no hablaba mucho o si lo hacía, acababa agarrándose a algún invitado con el que pudiera conversar de poesía o de pintura, al calor de las botellas que se servían sin parar. Nunca con altos dignatarios, jamás con políticos. Todo ello exasperaba a su mujer. Quien montaba en cólera al regreso a casa. Odiaba ella su falta de ambición, su ausencia de amor propio, su tendencia hacia lo inútil. Y él, borracho y gimoteante, trataba de mostrar sus sentimientos ante la inflexible postura de su compañera, quien se encerraba en su cuarto para no escucharle. Entonces no era raro que Sir Thomas Hampton se aferrara a alguna botella y se dejaba caer sobre el piano blanco, interpretando las notas en medio de la desesperación.

Acostumbraba él a dar paseos solitarios por el campo. Un buen día, su mujer le comentó que había llegado el momento de tener un hijo. Él asintió como quien obedece una orden buscando con la mirada la aceptación y el perdón. Lady Effort se ciñó un gorro de montar sobre la cabeza, golpeó ligeramente con su fusta el aire y se estiró la chaqueta con decisión. Sus ojos se curvaron. Riendo grotescamente dio media vuelta y se dirigió al establo, apartando con sus botas las heces de los caballos. Sir Thomas comenzó a caminar, aún le temblaba el semblante. Un hijo… Aún pensaba en esto cuando vio cómo un caballo se vino abajo a gran velocidad precipitando al jinete contra un muro de contención. Las nubes se apelotonaban en lo alto de la escena. Sir Thomas permaneció en pie mientras el viento comenzaba a levantarse en la ladera y mientras allá abajo un caballo relinchaba agudamente y las negras levitas de los criados corrían de aquí para allá. Poco tiempo después, Sir Joshua Effort, el suegro, alejado ya de la política, mandó una carta y un árido telegrama al nuevo viudo. Y aunque ambos apenas se conocían, fue inevitable que luego se encontrasen en el sepelio.


            Eso fue todo y aquí comienza la leyenda, el mito popular. Sir Thomas Hampton quedó viudo a los treinta y ocho años. Incapaz de superar la pérdida de quien por otro lado había gobernado su existencia incluso en los más mínimos resquicios de su alma, quedó abandonado a su suerte, porque él mismo no había sabido o podido organizarse una vida propia. Era el año mil novecientos treinta y siete y en Europa sonaban sones violentos de gallardías desafiantes, pero el único desafío que le quedaba al señor Hampton era luchar frente a algo a lo que no estaba preparado: el dolor terrible y la soledad plena, la insufrible ausencia de ocupación trascendental alguna y el abandono de la plena consciencia de manera involuntaria.
           
            Se levantaba un viento terrible en el condado de C** aquella tarde. Los árboles sacudían sus hojas y en las llanuras los cultivos se combaban en ritmos sinuosos hacia la lejanía. Un porche quedó vació y la puerta principal se cerró por espacio de dos días, dos noches y una lluviosa mañana.
            Era algo habitual, los encierros voluntarios del dueño de la casa ya no alarmaban a los criados. Entonces, cuando se cerró el portón de las estancias interiores y el último de los avejados sirvientes se había ido ya a dormir, Sir Thomas Hampton se escabulló por el enorme Hall y encendió unas pocas velas y quinqués, buscando una vez más la intimidad. Luego de cerrar las cortinas, ansioso e impaciente, destapó el piano blanco como de costumbre; en ese ambiente extraño, rodeado de los enseres de varias generaciones, circunvalado por la iluminación de vagos claroscuros, tenso a pesar de todo.
            Sin duda escondía un insospechado terror cervil tras su fino pecho, sin embargo: Y es que el pobre Sir Thomas Hampton, paranoico y obsesivo, iba a dar el salto a la locura.   

                                   .               .               .               .      

       
                       
    Desde la más tierna infancia y desde lo más oculto del alma. Es un grito del alma ejecutado por un golpe. Es una infamia lanzada al espectro. Y aunque nadie pueda oírle, aunque nadie pueda consolarle, él, blasfema cara al maldito. Pero gira y gira, muestra muecas de indecible composición, en danza loca, el ángel caído:
            YO, el hacedor de desdichas e hilvanador de negras calumnias. Y no seguro de poder torturar más hondo, allí donde se aloje el entendimiento, arrojo el hueso, me lanzo y me la juego. Él está desencajado. Suspira golpeando al silencio: blanco y negro en orden y luego, arritmias en caótica situación.
            Frente al piano de cola blanco, frente al piano de cola blanco parece flotar y desplazarse por infinitas constelaciones, derribando alzadas murallas (Habitación tras habitación) Pero no son las mías.
            Y yo que lo veo, lo gozo, lo río y lo bailo. Saco de la funda mi viejo violín labrado, pulido con el tormento de oídos no más finos que los míos: no más finos que los míos.

¡Baila y toca! ¡Baila y toca!
           
            Relámpagos en la noche, iluminan por sorpresa, crepúsculos y amaneceres en mi regocijo me contemplan. Y en la danza loca yo le observo, yo le abrazo con mis melodías, yo en danza loca dolorosa, espectro de melodías punzantes.


           
                                               .         .         .

   
            ¿A qué terribles temores gritaba en profundo silencio sentado frente al gran piano de cola blanco? ¿Qué dolorosas verdades afrontaba sumido en la más desesperante inquietud? La enorme casa había permanecido cerrada durante todo el día y el aire se sentía masificado. Permanecía denso por efecto de las velas que iluminaban la despejada sala de música. Hacían brillar con sus fulgores toda una panoplia de embotellados y finos licores, ya mediados o terciados. Había encendido la chimenea en el hogar y situado sus libros preferidos en la mesa de caoba que dividía la estancia en dos. Algunos de ellos permanecían abiertos casi al azar y sus letras de imprenta o manuscritas oscilaban al vaivén de las pequeñas llamas, ahogadas sobre los gruesos o finos candelabros de bronce y plata. Una estancia decorada con cuadros dedicados a las musas, de vivos colores venecianos, o de jóvenes entregados al discreto juego del flirteo, entre flores y arbustos, todos ellos imitación servil del viejo estilo Galante. Largas y aterciopeladas cortinas, incontables figuras de bronce y cerámica observando con sus ojos lacados los diversos muebles estilo georgiano que yacían encajonados en la habitación. Con la pesada atmósfera, con la opresiva aureola de pánico sobrevolando la cabeza de Sir Thomas Hampton, que se curvaba envuelto en su batín de seda de estilo oriental, profusamente adornado con chinerias exageradamente ribeteadas.

            Sus dedos frenéticos interpretaban  Les jeus d´eau à la villa d´este, obra de Franz Liszt que apreciaba sobremanera, de modo que no quedase ningún hueco, ninguna fisura entre las notas. A pesar de su nerviosismo intentaba concentrarse. Pero en los inevitables errores, cuando llegaba algún pasaje que sobrepasaba su capacidad, se sobresaltaba y gemía. Entonces era cuando podía escuchar de nuevo el lejano rumor del quejumbroso violín que procedía de la biblioteca. Lleno de terror comenzaba de nuevo la frase musical con mayor ímpetu y vigor, hasta que sólo se escuchaban los susurros producidos por su esfuerzo. Aquello debió durar una hora, una hora interpretando una y otra vez una composición de apenas siete minutos. Pero no se atrevía a cambiarla por otra, tenía miedo de empeorar una situación que ya le resultaba insostenible. Sin embargo, al renovar el esfuerzo en el tempo y la intensidad, acudían a él las imágenes, era el único momento en el que se sentía libre y fuera de aquella agonía.

            De golpe sus ojos contemplaban los largos paseos en el estío. Los eternos suspiros en el espolón de su jardín entre rosas, violetas, crisantemos y arboledas: la atemporal caricia del abrazo de dos amantes enamorados. La inevitable mirada del ojo agotado, la escrutadora ansia de los gustos que se aploman, la insufrible búsqueda del placer. Todas las noches de perversiones a escondidas. El abandono. La inagotable desazón de la verdad ya comprendida. Luego, se debaten las sombras, una nota se trastabilla con súbito estruendo. Y ahora el rostro del sátiro aparece junto a las velas, sobre la mesa, o reflejado en la pared. La música cesa. Sir Thomas Hampton vuelve a la realidad traído por el silencio. La estancia hermética parece levitar desde sus esquinas en penumbra. Y entonces nada. Ni siquiera en el exterior. Como si aquellas cuatro paredes no tuvieran ningún sentido en el bien tangible mundo. Así que al estirar el cuello y palparse la frente, escucha cercana la voz del violín que saborea el matiz que le da la madera fresca al sonido frotado con lascivia. Y atemorizado, no puede evitar soltar un grito, ¡Un grito!

            Y la melodía punzante, penetradora, que se ha detenido tras la puerta de dos piezas que cierra la sala, avanza sin remedio. Tras golpear el suelo con sus pezuñas sin herrar, un cuerpo adelanta su paso y camina sobre el entarimado como arrojando losas de granito. Ahora su vaho exhalado antes en las habitaciones sin calentar, se mezcla con el adormecedor calor del fuego y el agrio sabor a cera derretida. Dos manos temblorosas aporrean el piano mientras dos ojos vidriosos miran, pero no ven nada al través de sus saladas lágrimas.
            Cuanto más destruida es la melodía principal, más exacta es la copia que realiza el violín, cuanto más se estremece el hombre envuelto en seda, más se agita en su gozo el cuerpo desnudo. Y en ese gozo las pisadas se estrellan marcando un compás de marcha, con furia, con sangrante odio. Hasta que atrapa cada nota o cada suspiro, como chubascos traídos aquí y allá entre los relámpagos de la tormenta.

            Es el momento en el que, con los dedos agarrotados de golpear salvajemente, y con los ojos enrojecidos por anidar tantas visiones, Sir Thomas Hampton se levanta y se gira, al tiempo que dos hileras de dientes de lobo chirrían al frotarse satisfechas. Las cuerdas del violín se rasgan y saltan curvando el aire con una disonancia ascendente. Ambos se miran y se gritan enloquecidos, asustados de verse cara a cara. Uno con las manos en la cabeza, que echa a correr en convulsiones, el otro que se retuerce en gemidos de placer, mientras su horrenda figura machaca intuitivamente las tablas del suelo.
            Desencajado y tropezando con sus propios pies, Sir Thomas Hampton se deshace, estancia por estancia, de sus zapatillas de piel de marta y deja volar su batín exótico. Corredor tras corredor, despliega su garganta en alaridos y sollozos, ante el extraño azul que nace y hace brillar las aristas de los muebles. Y corre desnudo ya por la sala de los espejos y al mirarlos se ve a sí mismo ¡A sí mismo!

            Sin otro pensamiento que la muerte y empuñando un sable frente al colosal retrato nupcial de Lady Effort, reluciente y totalmente vestida de blanco, se atraviesa el pecho con el helado acero. Queda erecto. Queda sostenido y en pie, al clavar con fuerza la punta en el brillante entarimado. Entonces sonríe el infeliz porque cree haber acabado con la visión de su reflejo maldito.
            Y deja escapar una última arruga en su frente, al observar la pálida salida del Sol tras un ventanal. Puede ver cómo las extrañas y silenciosas formas, ya se tornan etéreas y frías: Las mesas abalaustradas, las melancólicas figurillas rosadas, los damasquinados respaldos, o los dorados marcos, pálidos, muy pálidos.




                                   .               .               .               .


- Desde luego – comenta Greenberg, a éste hombre le gusta la música. Y también los personajes solitarios…

- Un tema clásico: el violín del diablo, el ruido de la conciencia…. – Añado yo a modo de puntualización.

- Al menos cita a Poe, pero estas cosas tienen ya más de… un género antediluviano éste, realmente.

- “Espectro de melodías punzantes”, cuánta oscuridad en una frase…, desde luego, las cosas que escribíamos en aquella época…

- ¿Aún queda ron? Voy a ponerme otro vaso.

- Oiga, parece que “eso” empieza a brillar – Digo mientras señalo al I-Grid.

- Tengo una llamada, disculpe.

Mientras Greenberg se escabulle con su lámina, una melodía en armónicos endulza el aire, una voz femenina susurra “Llamada entrante, llamada entrante, usuario tres dos cero, Robert…” me giro, sus asuntos no me interesan, en realidad. Desplazo una mirada vaga a mí alrededor. El mediodía ha pasado. Él Sol declina y el aire se carga de humedad. Un otoño cargado de melancolía. Siento que algo se ha detenido, que algo está aguardando. ¿Es necesario éste nuevo encuentro? Las cosas están calmadas ahora, se ve en el ambiente. No hemos cambiado mucho. Todo un poco loco, pero eso no es nuevo. No debería sentir nostalgia. Como ese borracho de… yo ya no estoy para éstas cosas. Pero ver firmar libros a destajo a los compañeros, ¿no? Tan agotador estar ahí todo el rato, y solo, porque los compromisos de los dos son interminables. Luego tendré que hacerle la llamada, aún es pronto. Y todo eso, los viajes interminables, los salones, los brindis y las sonrisas… pasillos y pasillos, pero siempre hay algo interesante, uno no deja de ser hombre aunque esté bien atado ¿y bien?, pero no hay nada que lamentar… ¡a éstas alturas!; lo que me recuerda, tenía que mirar no sé que de unas ventas. Hoy no sé que ha pasado en el mundo. Empiezo a parecerme a quien yo me sé… y no me traje mi I-Grid, bueno, ¿quién la necesita? A lo mejor cuando vuelva a casa haya algo urgente que mirar ahí… un momento, y llamar, pero también mirar un poco de todo, ¿de qué hablaba el panel de la tienda? Algo de unos nuevos prototipos… a vueltas con el programa espacial, y algo de… ¿nuevas tensiones en el área oriental? Lo mismo ahora que hace veinte años. ¿De qué sirve el dialogo en la política de bloques?, una costumbre más. Todo muy bonito, pero siempre lo mismo. Sólo cambian las apariencias. Al menos ahora los bichos raros son algo normal, por todas partes, ¿tú te pondrías esas cosas? Tanta tecnología a veces nos atonta. Bueno, ya eres un viejo, ¿qué quieres?, nada, nada, qué tontería… aún no, no tan viejo, y hoy día ya menos. Tampoco te cuidas, tanto cóctel… ¿pero no decían que el estrés adelgazaba? A lo mejor si pisas el médico de vez en cuando, quién sabe. Al cuerno con eso. Los plazos de entrega van a llegar, últimamente pierdo la atención. Es la comodidad… Pero no es tan fantástico, al fin y al cabo, hay que cuidarse. A pesar de todo, las funciones básicas las tiene que seguir haciendo uno sin ayuda…, así que un mundo adaptable, dicen, ¿eh? Lo mismo se puede vivir como uno recuerda y acto seguido llenar de proyecciones su vida. Telas luminosas y sonidos aquí y allá. Tantas y tantas películas… pero es todo muy prosaico, la magia deja de ser mágica cuando uno sabe que todo es a base de conexiones, de falsas apariencias. Qué deriva… ¡oh! ¿Y esa tontería?, si al menos pudiera elegir… pero no tengo respiro. Hoy era urgente. ¿Qué excusa les daré? Ése Gabriel, menudo personaje… ni idea de cómo continuar con la novela. Ni idea. ¿Le hago seguir dando vueltas? Pero se va a notar… debo concretar algo, que lo otro ya está muy visto. ¡Vaya novedad! Yo creo que últimamente me aburro mucho. Toda esa charla interminable de aquí para allá, visitando tugurio tras tugurio… no sirve, no me sirve ése Gabriel, qué desgana… a lo mejor debería empezar otra cosa y acabarla en los cuatro meses que me… menudo aspecto, hum, pero voy bien ¿y ésa señora por qué me miraba así? De acuerdo, de acuerdo, un tipo como yo, una botella bajo el brazo y el aspecto de estar deambulando todo el día sin tener nada que hacer. ¡Pero bueno! Uno ya no sabe… y entra ese chaval y va y le pide… es éste clima tan raro, ¿veamos? No, yo huelo a limpio, debe ser otra cosa, la cara de perro tal vez, por tener que venir aquí.  – Suspiro – y estos textos… ¿por qué ahora? ¿Por qué así? De repente hace frio, no, son los nervios. En serio, ¿hace falta estar tan borracho siempre que se presenta un libro? Hay gente que no cambiará nunca…





(Continuará…)
           




                                                                                                                                            



[1]              La batalla de Ypres, en la Primera Guerra mundial.

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