lunes, 2 de julio de 2012

(Continuación de En la espiral de la locura...)






La balsa, que inimaginablemente a todo resiste, está improvisada con unos maderos unidos por unas robustas maromas y eficientes nudos. He de confiar plenamente en ellos porque el hombre que los realizó ya no está aquí, lo abandoné yaciente y sin vida por efecto de la disentería, creo, en un islote pedregoso a muchos días de donde estoy yo ahora. Puesto que la balsa y los pocos víveres que tengo en ella son las únicas cosas aprovechables del naufragado barco Eleonora, en el que viajábamos, nada diré acerca de la suerte que corrieron sus demás ocupantes; al menos de los que yacen para siempre dentro del barco, en una mortaja demasiado grande y fría como para ser imaginada por personas juiciosas.
            Pero por si te interesa saberlo, lector, te diré que ese marinero que tan bien fabricaba nudos y yo nos hallábamos en la cubierta de popa en el momento en el que el navío se estrelló contra algo en la parte delantera, donde algo odioso y siniestro que nunca podré conocer, sesgó de un golpe la fortuna de tantos. Los restos encallaron en un islote no muy lejano, en el que no había de nada ni nos aguardaba nada salvo la desolación y el hambre.

            He de reconocer que este hombre se ocupó de todo, se llamaba Louis; fue él quien me remontó a través del agua y él quien buceó en busca de comida en el hundido barco y él quien fue sacando del mar, uno a uno, a cuantos desdichados pudo salvar.
            Como yo estaba semiconsciente, permanecí acostado sobre el suelo duro y rígido. Apenas le veía moverse de un lado a otro, con su uniforme blanco mezclándose entre las nubes, yendo de aquí a allá  sin descanso. Recuerdo también como se agachó varias veces para examinarme, intentaba comunicarse conmigo y yo le veía hablar, veía mover su boca, sus gestos desesperados, su agitación, pero no le entendía. Entonces me abandonó a mi suerte pensando quizá que ya no podría hacer mucho más por salvarme y fue apilando a los diversos náufragos alrededor y sobre mí. No tanto para que, si yo estaba vivo, les diese calor, sino más bien, para que aquellos pudieran agarrarse a algo si venía una ola, así que en cierto modo, pude contribuir de aquella manera a sacar a algunos viajeros de las garras de la muerte.


            No diré que se alegrasen de verme reanimado, estoy completamente seguro de que si no hubiera sido por aquel formidable y heroico marinero y el dominio moral que ejercían sus músculos sobre el grupo y sus posibles desacatos, yo yacería en este momento en el fondo marino, con lo que mi ración de comida habría llenado un poco más sus estómagos. He de admitir que necesité mucha ayuda para salir adelante, tuve la mala suerte de haberme golpeado malamente durante el naufragio antes de precipitarme al mar. Por eso digo y pienso que debí ser, en cierta forma, una carga  demasiado incómoda para todo el grupo y gracias a que aquel hombre impuso, merced a  su fuerza, el control de la situación, no he de lamentar incidentes mayores.
            Pero ya pocos quedábamos en ese ambiente hostil y lluvioso, las olas se llevaron a algún hombre mar adentro cuando chocaban contra la orilla del islote diminuto y por eso permanecimos apretujados como una piña los unos a los otros, sucios, hambrientos y aterrorizados.
            El infame lugar debía tener tan sólo unos cuantos metros de extensión y si no fuera porque, milagrosamente, la popa del barco permaneció en el borde del mismo, jamás habríamos podido escapar de allí. Y allí colocamos bajo unos buenos y apretados nudos todo lo que nos era útil. Con su madera el marinero pensó en realizar una balsa.
            De manera que aquel prodigioso lobo de mar confeccionó una. Pero lo hizo al tiempo que cierta infección para mí desconocida, hizo que enfermaran él y otros, amenazando con acabar con todos por falta de medicamentos. Tal era la suerte que corríamos en aquel momento. Ya una vez acabada, trasladamos a la balsa todo objeto de valor o comestible. Buscábamos su segura e inundable superficie, por seguir la  opinión de aquel hombre salvador.


            Su muerte dejó en estado de locura a los más débiles de carácter, situación en la que me incluyo; todos éramos hombres de ciudad, incapaces de adaptarnos a nada que no sean las fiestas y la rutina de la sociedad.


            Fue otra inmisericorde tormenta la que hizo que me aferrase a la balsa en un primario sentimiento de supervivencia, cuando esta se liberó de sus ataduras fui catapultado a merced de la corriente, dejando atrás y para siempre a cuantos desdichados quedaron en el islote.    
            Por suerte sólo hicieron falta unos pocos segundos para dejar de escuchar sus aterrados aullidos, pues aquel grupo gimiente vio claro y próximo su destino infausto. No podré olvidar jamás sus rostros. Su miedo y su desesperanza, manifestada en estentóreos gemidos y apagados gritos, era contagiosa y me hizo gritar a mí también, que ya me imaginaba víctima de aquella violencia desatada: la de las olas enloquecidas. No obstante, estaba aún a salvo mientras no me soltase, y como es lógico, permanecí aferrado duramente a las cuerdas salvadoras que unían el maderamen hasta que la mar se calmó, casi en el momento en que los huesos de mis manos se desencajaban y mi piel mostraba la sangre de las heridas causadas por tamaño esfuerzo. 




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            Sé que involuntariamente condené a esos hombres a la muerte más abyecta y enloquecedora, pues yo era el dueño absoluto de toda la comida de que disponíamos. La guardábamos atada a un hatillo que asegurábamos fuertemente atado a los tablones de la embarcación. En ese momento pensé en la suerte que tuve, sin saber que yo sería el único e inesperado superviviente de una visita sin escalas a lo más hondo del infierno y de la barbarie…



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El maderamen, medio podrido ya, resiste los embates marinos y sirve por ahora bien a mi propósito que no es otro que el de seguir vivo para lograr llegar a alguna parte. No obstante, he de dejarme llevar por el capricho de las olas y el orzado del viento, pues no tengo nada con que controlar la fuerza del ímpetu que los guía.
   
            He de estar calmado, un esfuerzo excesivo o mal medido puede producir hambre o sed, y no puedo permitirme el lujo de comer más que una sola vez al día, teniendo que soportar penosas experiencias cercanas al desvarío y a la fiebre, con tal de sobrevivir.
            Tengo a mi derecha el hatillo del que les hablé, contiene galletas, agua y chocolate,  y se conservan bien a pesar de todo, aunque este último por culpa del calor que hace últimamente comience a derretirse. Tengo, además, espacio para estirar las piernas. Desentumecerlas viéndome aquí postrado es algo más que un placer, es una necesidad, como no puedo caminar no quiero que se me atrofien dado que ya he perdido la cuenta de los días que me hallo en alta mar...

            He tratado de mantenerme sereno y cuerdo todo este tiempo, pero cualquiera que se ponga en mi situación comprenderá lo terrible que es la soledad en casos así; intentar evitar la desesperación, es loable, pero lo lógico es que uno pronto desfallezca ante las ideas y los sueños más ridículos.
            El Sol hace tiempo ya que habita en todo su esplendor en el azulado cielo, me protejo de él a duras penas. Un pañuelo me sirve como protector de la cabeza. Es insuficiente, lo sé, hace tiempo que sus irradiaciones de calor han penetrado a través de la tela y me empieza a escocer el cuero cabelludo. Es mas, ahora me escuece todo el cuerpo.
He de vestirme porque comenzaron a surgirme unas insoportables llagas en la espalda desnuda.
            No saben o no pueden imaginar ustedes, lo terrible que resulta esta situación tan desesperante, al más leve viento se levantan innumerables gotitas de agua salada dejando al ambiente impregnado de sal y abrasándome las heridas, removiéndome las entrañas de dolor. Es horrible. Mi aspecto es asqueroso, lo noto, lo percibo; me siento muy pesado y denso, ¿cuánto hace que no me limpio o baño? estoy seguro de que debo tener un aspecto amenazador y monstruoso.


            Esto es agotador, ese maldito Sol brilla tanto en lo alto del horizonte que mis ojos, acostumbrados a la penumbra de los días sin luz, quedan cegados con su deslumbrante fogosidad, dañina y pegajosa. Y en vano trato yo de protegérmelos con las manos intentando producir una miserable sombra que los proteja: su iridiscente y clara luz deslumbrante daña mis córneas de una manera tal que yo antes no conocía, eclipsando todo lo que abarca mi cansada vista, acostumbrada ya a observar el infinito corazón de lo inmenso e inabarcable, y ahora me hallo condenado a sufrir la cegadora luz de un Sol inmisericorde, sujeto al vaivén danzarín del oleaje y su rítmico y oleaginoso movimiento. Pero, ¿hasta cuándo durará?    




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(Continuará...)    

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