jueves, 5 de julio de 2012

(Continuación de En la espiral de la locura)






            Debo haber pasado muchos días contemplando esta masa ondulante y su inercia maldita, no lo sé, estoy inmerso en la ignorancia más absoluta, sumido en el desconocimiento total de mi posición en el mundo, de los posibles caminos de vuelta que pueda tener en mi situación. Sólo veo la masa verde. La masa verde y el agua y más agua. ¡EL AGUA!
            Agua por todas partes, delante o detrás, no hay duda, nada cambia, nada la altera, sigue ahí, eterna, inamovible. He intentado seguir el rastro del Sol, pero esta maldita locura sin sentido que me arrastra los pies y la cordura, no me deja. Esta maldita cosa, parece, parece un ser vivo y no me suelta y me aprisiona. Incluso ahora el cielo eterno se ha vuelto irreconocible y se ha llenado de densas nubes como montañas, con mil formas y mil rostros, pues sus mil bulbosas superficies, duras como rocas negras y gargantuescas, van cargadas de lluvia y preparan un diluvio final para mí. Un final sólo para mí.

            Son como gigantes que, quietos, me aguardasen en la línea del horizonte, y entre ellos y yo, sólo queda la gran masa verde y espumosa aún en calma meciéndose como un aburrido río Estigia que saborease tranquilamente la lenta llegada de mi fatal destino. Los colores violetas y enrojecidos del cielo tintan todo aquello que veo y observo con un brumoso y fantasmal aspecto, como si me hallase inmerso en un sueño del que no pudiese despertar. Y me encuentro solo en este escenario con sabor a sal, de mareantes y vastas superficies y eléctricas alturas.

            Son ahora mis piernas dominadas por el miedo las que sufren para reaccionar a mis órdenes, he de reavivarlas he impedir que se me duerman, agitarlas, estirarlas, pero no han de dormirse... ¿porqué ha de ser todo tan desagradable, porqué ha de existir ahora ese picor insufrible en mis pantorrillas, que me recorre por dentro como un reguero inagotable de alocada desazón?
            ¡Oh, si pudiese ahora en un instante canjearme por otro, poner a otro en mi lugar, cuan presto no iría en busca de algún desdichado! Ese es mi último deseo, no se ofendan. Perdónenme mi ira y mi resentimiento repentinos, porque solamente son producto de mis más humanas veleidades. ¡Oh!, ¿pero qué digo? Si ya nada de lo que provenga o habite en mí no es humano, ya no guarda similitudes con lo que conocemos como humano. Ya sólo aspiro a vivir, sea como sea. Yo tengo que sobrevivir... 
 
            Pero aquí está ya la tempestad. Ya viene, ya llega: no ha podido aguardar un minuto más, usted me dirá como escapar a ella... y su impaciencia me crispa y me desata la esperanza y me la hace añicos. Delante, aún lejos, veo como la luz de los truenos estalla y sacude el aire. Nacen y mueren sus rayos entre las montañas pétreas, formadas por gases y más gases, que se deslizan entre ellas como dragones fantásticos, como criaturas juguetonas y diabólicas; de arriba a abajo y de abajo a arriba circunvalan el espacio. El estrépito surgido de las  nubes entrechocándose, cada vez lo siento más cerca y el sonido de su violencia ya me es perceptible, sé que no podré agarrarme lo suficiente a las tablas o a su correaje para escapar esta vez a su arrolladora fuerza desencadenada. Ahora, el mismo viento que empuja todos los mecanismos de violencia que se desatan en el aire, me golpea el rostro y lanza las olas contra mi y me hace probar, en pequeñas dosis, el insoportable sabor del líquido que puede llegar a matarme y que sé que me matará. Me produce arcadas y me entran ganas de vomitar y su sabor me abrasa y aumenta la sed que hasta ahora he sabido dominar sin ayuda de nadie.

            Descubro que poco a poco la distancia entre las aguas enverdecidas y las roncas nubes comienza a no ser tan grande, pues sin duda la potencia de las corrientes  ha acortado grandemente, para desgracia mía, los metros que me separaban del infortunio, son más reducidos.

            Ya no pido ayuda, y menos te la pido a ti, que has sido hasta ahora mi compañero de viaje. Y lo que siento es que no me hubieras conocido en mejor momento ni en mejor lugar. Pero así son las cosas. ¿Tal vez hubiera sido más deseable haber acabado la historia junto a los hombres desesperados y hambrientos de la isla? ¿Con el marinero yaciendo a merced del fondo marino? ¿En el Eleonora, siendo arrastrado por mi propio camarote?


            Y de repente, todo llega a su clímax. Todo se conjunta para la fanfarria final. A tan sólo diez metros de mí, se forma un enorme remolino que engulle todo lo que en él entra, como en una inconcebible pesadilla que envía sobre su centro profundo todo lo que encuentra a su paso. Se ha formado frente a mí y ya nada se antepone entre nosotros dos. Es la obra maestra final de la acuífera violencia que contemplo con mis agotados ojos, con los que comienzo a buscar desesperadamente alguna ayuda, alguna esperanza.
            Y miro, y el cielo, negro como el tizón, aparece ahora como una gran boca llena de hollín en movimiento, inmensa, que me empujase hacia dentro, más adentro, para engullirme y arrojarme sobre su garganta cósmica y terrible...
            ¡OH DIOS Y RUGE...! Oh Dios...
            Grito y grito desesperado para sentirme vivo ante la descomunal avalancha de horrores que se me avecinan, las olas ocupan de pronto toda mi visión, salpican mis ojos escociéndolos y sacuden la balsa proyectándome de un lado a otro.
            Rompo sus crestas y me hallo elevado, entonces puedo oír el ruido inhumano de la violencia primordial; otras veces me hundo tan abajo que me estalla la cabeza y se me golpean los oídos presionados por la negrura repentina y honda.
            Me hundo y luego subo hasta alcanzar de nuevo la superficie por efecto de la flotación y sobre ella me veo arrollado por el terrible embudo de agua y sal.
            Me veo arrollado por el terrible embudo de agua y doy unas vueltas rápidas, veloces, y con un sonido ahogado caigo de nuevo, caigo: la sangre de mis sienes bombea de tal forma mi cabeza que ciega mis ojos, mi pecho quiere estallar y ya ni siquiera puedo oír mis gritos entre el bramido de la mar embrutecida. Todo se confunde y pierde su forma, ya no es el cielo lo que hay arriba ni la mar lo que hay abajo, tan sólo hay vacío, un vacío inmenso que me rodea y abate, me lleva consigo y yo me adentro en él. Me adentro, cada vez más, en su fragor y en sus abismos, bajo los silenciosos arrecifes coralinos, sin remedio, en la espiral de la locura, con la boca ardiendo y la lengua escocida y los ojos quemados.
            Me adentro y soy empujado, arrancado de la superficie... llevado..., soy llevado...  arrastrado, y no quiero, y me adentro sollozando, sufriendo y maldiciendo; y soy empujado, al centro mismo de la espiral, hacia su centro, el corazón que no palpita.

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