viernes, 6 de julio de 2012


(Continúa…)




- No era algo urgente… - La voz de Greenberg, que regresa, me saca de mis pensamientos – puede esperar. Hablábamos del relato del pianista y el diablo. ¿No cree que es un poco forzado?

            - Bueno – respondo – ya sabe… son textos ya algo viejos y están escritos de manera que imitan…

            - Sí, eso ya lo sé, pero verá – Arrastra una silla y se sienta – estos efluvios simbolistas sobre el sexo, lo del golpeo desesperado del piano, la conciencia en forma de diablo que ríe… ¿no es ya algo que nos queda muy lejos?

            - Eso depende, puede sonar tópico, pero los tópicos… están ahí por algo.

            - No sé… demasiada exaltación para mí. No me resulta natural. – Inclina la cabeza hacia atrás y se  esfuerza en pensar -, aunque el personaje de la mujer sí que me ha gustado.

            - ¿El de la mujer? En realidad  a mi me parece que logran transmitir emociones y eso ya me parece bastante.

            - La emoción de imaginar a uno que va por ahí desnudo y se atraviesa con una espada…

            - Que no sea realista no significa que no se entienda…

            - Tranquilo, tranquilo – Se rasca la barbilla – solo quería bromear un poco. ¿Sabe? El ritmo frenético de alguno de estos textos resulta catárquico, muy pasional, pero son demasiado fantasiosos para mí.

            - Vivimos tiempos aburridos, muchísima gente se evade de ellos mediante la fantasía y la expresión subjetiva de lo propio y lo externo…

            - ¿Se ha puesto usted a filosofear?

            - Y ahora que habla de catarsis – Ojeo los manuscritos – prepárese para lo que viene ahora. ¡Oh, qué recuerdos! ¿Sabe usted que Messer me confesó una vez que este relato fue escrito en una época de desesperación?

            - Eso – Greenberg estira los brazos – eso podría decirse de todos los demás.

            - Pero de este sobre todo. Una oda a la desesperación. ¿Ha leído El Descenso al Maelstroom?

            - ¿El…?

            - No importa, pero lo que sigue le parecerá aún más fuera de lugar en los tiempos que corren… o no. Pero para empezar a falta de un título, parece que tiene dos…




En la espiral de la locura o El corazón que no palpita.




 ¿Quién lo hubiese creído posible? Era tan sólo una línea en el horizonte, pero curvada e infinita. Y a mi alrededor todo el ancho y vasto mar me circunvalaba por completo; pude ver a las aves migratorias rasgando el cielo azul y límpido, y a lo largo del transcurrir del tiempo indeterminado, a las nubes apelotonándose en la lejanía, turbando las verdes, espumosas y frescas olas que reflejaban su pálida presencia sobre la eterna superficie marina.
Se hallaban esas nubes preparando y proyectando mi muerte, próxima y terrible, sobrecogedora; yo, vuestro narrador, yacería en lo más hondo del frío y oscuro océano, hasta el fondo abisal.
             Aplastado bajo toneladas de agua pétrea y sedosa.



                                   .                  .                  .





            El mar es de un verdor pastoso, una enorme lámina sin fin en constante movimiento, fluctuante, completamente obcecada en su continuo viraje, en su ir y venir, en su bajar y subir... su tronante voz colapsa tus oídos y los tapona para siempre y sin remedio con su inhumano rugido-murmullo para que no puedas escuchar nada de lo que realmente quieras percibir, si es que hay algo que quieras percibir. Aunque, en mi situación, esos sonidos me son ya tan agradables como una canción de cuna, pues gracias a ellos más de una vez he logrado dormirme como quiera que hubiese estado arropado por una madre.


            Al principio de mi viaje me sobrevinieron unos terribles dolores de cabeza, pero pasaron al acostumbrarme rápido a los cambios de presión producidos por las mareas. Es por la fuerza como yo he llegado a conocer mi buena y rápida adaptación a este medio. Entretanto, me he visto perpetuamente prisionero de mi balsa, rodeado de agua salada e insalubre, así como del omnisciente techo, brumoso, nubloso, incoloro y gris que tengo sobre la cabeza y que se extiende como un enorme vacío de dimensiones absurdas e inextinguibles, en total consonancia con la masa acuosa que se abate ondulante bajo mis pies: como si ambos fueran un espejo que reflejase al otro incluso cuando llega la noche con sus estrellas; entonces éstas se ponen a bailar alocadamente entre el oleaje como si de una danza del fuego se tratase, como esas que hacían los antiguos, allá, por mi tierra de soles y playas. Pero aquí la música no brota de forma alguna, ni de maderas ni metales: sino del mugido eterno. Del aquejumbrado mugido del mar.

            La balsa, que inimaginablemente a todo resiste, está improvisada con unos maderos unidos por unas robustas maromas y eficientes nudos. He de confiar plenamente en ellos porque el hombre que los realizó ya no está aquí, lo abandoné yaciente y sin vida por efecto de la disentería, creo, en un islote pedregoso a muchos días de donde estoy yo ahora. Puesto que la balsa y los pocos víveres que tengo en ella son las únicas cosas aprovechables del naufragado barco Eleonora, en el que viajábamos, nada diré acerca de la suerte que corrieron sus demás ocupantes; al menos de los que yacen para siempre dentro del barco, en una mortaja demasiado grande y fría como para ser imaginada por personas juiciosas.
            Pero por si te interesa saberlo, lector, te diré que ese marinero que tan bien fabricaba nudos y yo nos hallábamos en la cubierta de popa en el momento en el que el navío se estrelló contra algo en la parte delantera, donde algo odioso y siniestro que nunca podré conocer, sesgó de un golpe la fortuna de tantos. Los restos encallaron en un islote no muy lejano, en el que no había de nada ni nos aguardaba nada salvo la desolación y el hambre.

            He de reconocer que este hombre se ocupó de todo, se llamaba Louis; fue él quien me remontó a través del agua y él quien buceó en busca de comida en el hundido barco y él quien fue sacando del mar, uno a uno, a cuantos desdichados pudo salvar.
            Como yo estaba semiconsciente, permanecí acostado sobre el suelo duro y rígido. Apenas le veía moverse de un lado a otro, con su uniforme blanco mezclándose entre las nubes, yendo de aquí a allá  sin descanso. Recuerdo también como se agachó varias veces para examinarme, intentaba comunicarse conmigo y yo le veía hablar, veía mover su boca, sus gestos desesperados, su agitación, pero no le entendía. Entonces me abandonó a mi suerte pensando quizá que ya no podría hacer mucho más por salvarme y fue apilando a los diversos náufragos alrededor y sobre mí. No tanto para que, si yo estaba vivo, les diese calor, sino más bien, para que aquellos pudieran agarrarse a algo si venía una ola, así que en cierto modo, pude contribuir de aquella manera a sacar a algunos viajeros de las garras de la muerte.


            No diré que se alegrasen de verme reanimado, estoy completamente seguro de que si no hubiera sido por aquel formidable y heroico marinero y el dominio moral que ejercían sus músculos sobre el grupo y sus posibles desacatos, yo yacería en este momento en el fondo marino, con lo que mi ración de comida habría llenado un poco más sus estómagos. He de admitir que necesité mucha ayuda para salir adelante, tuve la mala suerte de haberme golpeado malamente durante el naufragio antes de precipitarme al mar. Por eso digo y pienso que debí ser, en cierta forma, una carga  demasiado incómoda para todo el grupo y gracias a que aquel hombre impuso, merced a  su fuerza, el control de la situación, no he de lamentar incidentes mayores.
            Pero ya pocos quedábamos en ese ambiente hostil y lluvioso, las olas se llevaron a algún hombre mar adentro cuando chocaban contra la orilla del islote diminuto y por eso permanecimos apretujados como una piña los unos a los otros, sucios, hambrientos y aterrorizados.
            El infame lugar debía tener tan sólo unos cuantos metros de extensión y si no fuera porque, milagrosamente, la popa del barco permaneció en el borde del mismo, jamás habríamos podido escapar de allí. Y allí colocamos bajo unos buenos y apretados nudos todo lo que nos era útil. Con su madera el marinero pensó en realizar una balsa.
            De manera que aquel prodigioso lobo de mar confeccionó una. Pero lo hizo al tiempo que cierta infección para mí desconocida, hizo que enfermaran él y otros, amenazando con acabar con todos por falta de medicamentos. Tal era la suerte que corríamos en aquel momento. Ya una vez acabada, trasladamos a la balsa todo objeto de valor o comestible. Buscábamos su segura e inundable superficie, por seguir la  opinión de aquel hombre salvador.


            Su muerte dejó en estado de locura a los más débiles de carácter, situación en la que me incluyo; todos éramos hombres de ciudad, incapaces de adaptarnos a nada que no sean las fiestas y la rutina de la sociedad.


            Fue otra inmisericorde tormenta la que hizo que me aferrase a la balsa en un primario sentimiento de supervivencia, cuando esta se liberó de sus ataduras fui catapultado a merced de la corriente, dejando atrás y para siempre a cuantos desdichados quedaron en el islote.    
            Por suerte sólo hicieron falta unos pocos segundos para dejar de escuchar sus aterrados aullidos, pues aquel grupo gimiente vio claro y próximo su destino infausto. No podré olvidar jamás sus rostros. Su miedo y su desesperanza, manifestada en estentóreos gemidos y apagados gritos, era contagiosa y me hizo gritar a mí también, que ya me imaginaba víctima de aquella violencia desatada: la de las olas enloquecidas. No obstante, estaba aún a salvo mientras no me soltase, y como es lógico, permanecí aferrado duramente a las cuerdas salvadoras que unían el maderamen hasta que la mar se calmó, casi en el momento en que los huesos de mis manos se desencajaban y mi piel mostraba la sangre de las heridas causadas por tamaño esfuerzo.




                                   .                  .                  .





            Sé que involuntariamente condené a esos hombres a la muerte más abyecta y enloquecedora, pues yo era el dueño absoluto de toda la comida de que disponíamos. La guardábamos atada a un hatillo que asegurábamos fuertemente atado a los tablones de la embarcación. En ese momento pensé en la suerte que tuve, sin saber que yo sería el único e inesperado superviviente de una visita sin escalas a lo más hondo del infierno y de la barbarie…



                                   .                  .                  .





            El maderamen, medio podrido ya, resiste los embates marinos y sirve por ahora bien a mi propósito que no es otro que el de seguir vivo para lograr llegar a alguna parte. No obstante, he de dejarme llevar por el capricho de las olas y el orzado del viento, pues no tengo nada con que controlar la fuerza del ímpetu que los guía.
   
            He de estar calmado, un esfuerzo excesivo o mal medido puede producir hambre o sed, y no puedo permitirme el lujo de comer más que una sola vez al día, teniendo que soportar penosas experiencias cercanas al desvarío y a la fiebre, con tal de sobrevivir.
            Tengo a mi derecha el hatillo del que les hablé, contiene galletas, agua y chocolate,  y se conservan bien a pesar de todo, aunque este último por culpa del calor que hace últimamente comience a derretirse. Tengo, además, espacio para estirar las piernas. Desentumecerlas viéndome aquí postrado es algo más que un placer, es una necesidad, como no puedo caminar no quiero que se me atrofien dado que ya he perdido la cuenta de los días que me hallo en alta mar...

            He tratado de mantenerme sereno y cuerdo todo este tiempo, pero cualquiera que se ponga en mi situación comprenderá lo terrible que es la soledad en casos así; intentar evitar la desesperación, es loable, pero lo lógico es que uno pronto desfallezca ante las ideas y los sueños más ridículos.
            El Sol hace tiempo ya que habita en todo su esplendor en el azulado cielo, me protejo de él a duras penas. Un pañuelo me sirve como protector de la cabeza. Es insuficiente, lo sé, hace tiempo que sus irradiaciones de calor han penetrado a través de la tela y me empieza a escocer el cuero cabelludo. Es mas, ahora me escuece todo el cuerpo.
He de vestirme porque comenzaron a surgirme unas insoportables llagas en la espalda desnuda.
            No saben o no pueden imaginar ustedes, lo terrible que resulta esta situación tan desesperante, al más leve viento se levantan innumerables gotitas de agua salada dejando al ambiente impregnado de sal y abrasándome las heridas, removiéndome las entrañas de dolor. Es horrible. Mi aspecto es asqueroso, lo noto, lo percibo; me siento muy pesado y denso, ¿cuánto hace que no me limpio o baño? estoy seguro de que debo tener un aspecto amenazador y monstruoso.


            Esto es agotador, ese maldito Sol brilla tanto en lo alto del horizonte que mis ojos, acostumbrados a la penumbra de los días sin luz, quedan cegados con su deslumbrante fogosidad, dañina y pegajosa. Y en vano trato yo de protegérmelos con las manos intentando producir una miserable sombra que los proteja: su iridiscente y clara luz deslumbrante daña mis córneas de una manera tal que yo antes no conocía, eclipsando todo lo que abarca mi cansada vista, acostumbrada ya a observar el infinito corazón de lo inmenso e inabarcable, y ahora me hallo condenado a sufrir la cegadora luz de un Sol inmisericorde, sujeto al vaivén danzarín del oleaje y su rítmico y oleaginoso movimiento. Pero, ¿hasta cuándo durará?    




                      .                  .                  .                                                               


            Debo haber pasado muchos días contemplando esta masa ondulante y su inercia maldita, no lo sé, estoy inmerso en la ignorancia más absoluta, sumido en el desconocimiento total de mi posición en el mundo, de los posibles caminos de vuelta que pueda tener en mi situación. Sólo veo la masa verde. La masa verde y el agua y más agua. ¡EL AGUA!
            Agua por todas partes, delante o detrás, no hay duda, nada cambia, nada la altera, sigue ahí, eterna, inamovible. He intentado seguir el rastro del Sol, pero esta maldita locura sin sentido que me arrastra los pies y la cordura, no me deja. Esta maldita cosa, parece, parece un ser vivo y no me suelta y me aprisiona. Incluso ahora el cielo eterno se ha vuelto irreconocible y se ha llenado de densas nubes como montañas, con mil formas y mil rostros, pues sus mil bulbosas superficies, duras como rocas negras y gargantuescas, van cargadas de lluvia y preparan un diluvio final para mí. Un final sólo para mí.

            Son como gigantes que, quietos, me aguardasen en la línea del horizonte, y entre ellos y yo, sólo queda la gran masa verde y espumosa aún en calma meciéndose como un aburrido río Estigia que saborease tranquilamente la lenta llegada de mi fatal destino. Los colores violetas y enrojecidos del cielo tintan todo aquello que veo y observo con un brumoso y fantasmal aspecto, como si me hallase inmerso en un sueño del que no pudiese despertar. Y me encuentro solo en este escenario con sabor a sal, de mareantes y vastas superficies y eléctricas alturas.

            Son ahora mis piernas dominadas por el miedo las que sufren para reaccionar a mis órdenes, he de reavivarlas he impedir que se me duerman, agitarlas, estirarlas, pero no han de dormirse... ¿porqué ha de ser todo tan desagradable, porqué ha de existir ahora ese picor insufrible en mis pantorrillas, que me recorre por dentro como un reguero inagotable de alocada desazón?
            ¡Oh, si pudiese ahora en un instante canjearme por otro, poner a otro en mi lugar, cuan presto no iría en busca de algún desdichado! Ese es mi último deseo, no se ofendan. Perdónenme mi ira y mi resentimiento repentinos, porque solamente son producto de mis más humanas veleidades. ¡Oh!, ¿pero qué digo? Si ya nada de lo que provenga o habite en mí no es humano, ya no guarda similitudes con lo que conocemos como humano. Ya sólo aspiro a vivir, sea como sea. Yo tengo que sobrevivir...
            Pero aquí está ya la tempestad. Ya viene, ya llega: no ha podido aguardar un minuto más, usted me dirá como escapar a ella... y su impaciencia me crispa y me desata la esperanza y me la hace añicos. Delante, aún lejos, veo como la luz de los truenos estalla y sacude el aire. Nacen y mueren sus rayos entre las montañas pétreas, formadas por gases y más gases, que se deslizan entre ellas como dragones fantásticos, como criaturas juguetonas y diabólicas; de arriba a abajo y de abajo a arriba circunvalan el espacio. El estrépito surgido de las  nubes entrechocándose, cada vez lo siento más cerca y el sonido de su violencia ya me es perceptible, sé que no podré agarrarme lo suficiente a las tablas o a su correaje para escapar esta vez a su arrolladora fuerza desencadenada. Ahora, el mismo viento que empuja todos los mecanismos de violencia que se desatan en el aire, me golpea el rostro y lanza las olas contra mi y me hace probar, en pequeñas dosis, el insoportable sabor del líquido que puede llegar a matarme y que sé que me matará. Me produce arcadas y me entran ganas de vomitar y su sabor me abrasa y aumenta la sed que hasta ahora he sabido dominar sin ayuda de nadie.

            Descubro que poco a poco la distancia entre las aguas enverdecidas y las roncas nubes comienza a no ser tan grande, pues sin duda la potencia de las corrientes  ha acortado grandemente, para desgracia mía, los metros que me separaban del infortunio, son más reducidos.

            Ya no pido ayuda, y menos te la pido a ti, que has sido hasta ahora mi compañero de viaje. Y lo que siento es que no me hubieras conocido en mejor momento ni en mejor lugar. Pero así son las cosas. ¿Tal vez hubiera sido más deseable haber acabado la historia junto a los hombres desesperados y hambrientos de la isla? ¿Con el marinero yaciendo a merced del fondo marino? ¿En el Eleonora, siendo arrastrado por mi propio camarote?


            Y de repente, todo llega a su clímax. Todo se conjunta para la fanfarria final. A tan sólo diez metros de mí, se forma un enorme remolino que engulle todo lo que en él entra, como en una inconcebible pesadilla que envía sobre su centro profundo todo lo que encuentra a su paso. Se ha formado frente a mí y ya nada se antepone entre nosotros dos. Es la obra maestra final de la acuífera violencia que contemplo con mis agotados ojos, con los que comienzo a buscar desesperadamente alguna ayuda, alguna esperanza.
            Y miro, y el cielo, negro como el tizón, aparece ahora como una gran boca llena de hollín en movimiento, inmensa, que me empujase hacia dentro, más adentro, para engullirme y arrojarme sobre su garganta cósmica y terrible...
            ¡OH DIOS Y RUGE...! Oh Dios...
            Grito y grito desesperado para sentirme vivo ante la descomunal avalancha de horrores que se me avecinan, las olas ocupan de pronto toda mi visión, salpican mis ojos escociéndolos y sacuden la balsa proyectándome de un lado a otro.
            Rompo sus crestas y me hallo elevado, entonces puedo oír el ruido inhumano de la violencia primordial; otras veces me hundo tan abajo que me estalla la cabeza y se me golpean los oídos presionados por la negrura repentina y honda.
            Me hundo y luego subo hasta alcanzar de nuevo la superficie por efecto de la flotación y sobre ella me veo arrollado por el terrible embudo de agua y sal.
            Me veo arrollado por el terrible embudo de agua y doy unas vueltas rápidas, veloces, y con un sonido ahogado caigo de nuevo, caigo: la sangre de mis sienes bombea de tal forma mi cabeza que ciega mis ojos, mi pecho quiere estallar y ya ni siquiera puedo oír mis gritos entre el bramido de la mar embrutecida. Todo se confunde y pierde su forma, ya no es el cielo lo que hay arriba ni la mar lo que hay abajo, tan sólo hay vacío, un vacío inmenso que me rodea y abate, me lleva consigo y yo me adentro en él. Me adentro, cada vez más, en su fragor y en sus abismos, bajo los silenciosos arrecifes coralinos, sin remedio, en la espiral de la locura, con la boca ardiendo y la lengua escocida y los ojos quemados.
            Me adentro y soy empujado, arrancado de la superficie... llevado..., soy llevado...  arrastrado, y no quiero, y me adentro sollozando, sufriendo y maldiciendo; y soy empujado, al centro mismo de la espiral, hacia su centro, el corazón que no palpita.

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