viernes, 21 de septiembre de 2012



La revelación de Lord Henry Cunnings










Lord Henry Cunnings caminó durante una hora entre los jardines de la villa de Cunnings, balanceando a cada paso su barnizado bastón de cedro. Bajo la clara luminosidad de aquella mañana de Julio atravesó el sendero anexo a la finca, bajo las hileras de álamos blancos. Su conversación con su prima, Lady Templeton, aquella vivaracha y rubicunda jovencita, había resultado tan divertida como de costumbre. Todo un encanto verla ceñirse el sombrero ante la expectación que le producía un nuevo chisme, escuchar sus risas ante las descripciones de la “agitada” vida de parientes y personas próximas. “Son como un libro abierto para mí”, añadía, “verdaderamente, nuestra vida obedece en exceso a los dictámenes del aburrimiento. No es que ellos sean torpes. Es que, además de eso, su juego consiste en hacerse notar y esa es, sin duda, la parte más estúpida”. Oh, sí, no podría estar más de acuerdo Lord Henry con aquellas palabras tan maliciosas y juguetonas. “Ah, mi querida Myriam, si todas fuesen como tú… qué auténtico remedio para el espíritu”, se decía a si mismo Lord Cunnings. Había sido una lástima que aquella mañana ella no pudiera permanecer más tiempo a su lado. No obstante, la excusa para verse de nuevo ésta vez era que Sir Tomkins organizaba una reunión esa misma noche, al parecer, para presentar en sociedad a un primo irlandés que a saber de dónde había salido. Eso le hizo recordar que debía devolverle cierto libro de cuentos y misterio que le pidió prestado hace tres días. De todas formas se lo pidió prestado con doble intención, ya que a la escena de marcarse la imagen de desinteresado erudito, se añadía que su querido amigo William le exhortó que leyera cierto relato, que el ya conocía de oídas… porque quería comentárselo a la hora del Té del sábado, o sea, mañana. Se trataba de otro de sus conocidos ultimátum literarios. “Sir William me visitará mañana en persona, sería una pérdida de tiempo que yo…., por otra parte no me quito de la cabeza ese pavoroso personaje, ese Lord Ruthven, realmente William tiene razón, su parecido con Byron no puede ser mera casualidad.”

            Una brisa ensoñadora despierta de la calurosa sensación estival a Lord Henry Cunnings. Acotado por las sombras reducidas que proyectan los árboles, se pregunta si no habrá llegado ya el mediodía. “Eso parece” piensa, y golpea suavemente con su bastón el camino de tierra. Algo, sin embargo, parece inquietarle. A su derecha y atravesando un campo cercado, se abre el bosque. Un pequeño e interno brote de misterio le impulsa a saltar la insegura valla que lo rodea. Se dirige hacia allí a zancadas precisas para cruzar el sembrado metódicamente. “¿Me toparé con algún ciervo?”, pero de momento sólo le acoge el rumor de las copas de los árboles mecidas en lo alto. Ahora se da cuenta del silencio en el que lleva sumergido desde hace una hora, más o menos. Al avanzar siente crujir las ramillas caídas. En algún destino incierto se escucha el piar monótono de algún ave. Su bastón brillante se hunde firmemente en el suelo fértil. La inquietud, finalmente, se hace pregunta: “¿Quién habrá venido a recoger a Myriam?, Oh, ella es como una hermana para mí, ¿es que acaso comienza a importunarnos algún mozo con sus peticiones? O será que la edad proclama su enérgica dictadura, servil con el tiempo, pero sobre todo con el laberinto de deudas sociales que contraemos al nacer. Es imposible que la niñez dure eternamente.” Una amplia verja le sorprende en mitad de un claro. La verja se extiende, pero puede ver la puerta principal, abrupto final de un sendero de cipreses. El cementerio bordea en uno de sus laterales la mansión de Cunnings, que, apenas perceptible desde aquí, se eleva distante. “He debido volver sobre mis pasos, pero ¿qué hago ahora?” El extremo del bastón le sirve para entreabrir la enrejada puerta con un movimiento suave de los goznes. Dentro, las calles de lápidas se hilvanan lo más simétricamente posible; las tumbas, ya se sabe, son morada de las postrimerías y en torno a ellas el recuerdo de frases sentidas aún lame el aire, pero ahora el aire permanece inmóvil. “Qué entupido soy ¿no me ha comentado ella que Rushmore, ese muchacho, le había acompañado a casa, a mí casa? ¿Y no fue él quien apareció la otra tarde y la saludo delante del grupo?, ah, ahí le tenemos. Ahora recuerdo la impresión de altivez que le distinguía, no me gustó nada, demasiado evidente, desde luego. ¿Nos habrá salido militar? Todo pudiera ser, en ese caso..., no divaguemos enfermizamente, no nos enfrentamos a un Ruthven de folletín, amigo mío. ¿Tendrá razón William? ¿Serán tan intensas las ficciones, que bajo su apariencia solapamos los actos reales?”. Lord Henry Cunnings sabe que su imaginación ha sido siempre poderosa. En aquellas frías noches de invierno en las que, al calor de la chimenea, escuchaba atentamente la voz de Sir Edgar William leer una y otra vez aquellos pasajes llenos de prodigios. Keats, Shelley, Hoffmann, Homero, Virgilio, Esquilo o Shakespeare, todos desfilando frente a sus ojos. Ellos dos agazapados, conmocionadas criaturas luchando contra la tormenta nocturna y la intemperie, buscando la solución del enigma con la mirada y la mirada planteando a su vez el enigma. “¿Será que el noble vampiro que se lee,  - prosigue - se ha fugado de sus páginas y ha dado el gran salto hacia la humana forma? Sí, es cierto, esa forma, para mí, se ha encaramado en el brazo de la dulce Myriam. ¿Por qué éstos pensamientos?”. Bajo la agotada sombra de un chopo pegado al muro enredado de hiedra, bajo el Sol implacable del mediodía, se sienta, se diría que se derrumba, sobre los mohosos escalones de un viejo panteón. Algún antepasado suyo descansa en su interior, aunque el verbo descansar sea poco apropiado para sus circunstancias, ya que para él las circunstancias acabaron hace tiempo: descansar implica una acción momentánea. Descansa quien luego se levanta, claro, quien quiere realizar después una acción, etc. Porque agotarse es sentir las cosas próximas y terrenales ya saciadas, sentir lo rugoso, sentir lo curvo y sentir el fuego. Descanso previo al grito que proclama la vida, el esplendor de la vida, el latido que se siente cada vez más rítmico, más violento, más aferrado, más y más adentro. Nada de eso se encuentra en el silencio adormecedor, entre las cruces y los pedestales. Frente a la calma que habita desde hace tiempo, noche tras noche, en su lecho: bien está todo a ésta hora donde el Sol golpea el suelo y revela los detalles como puras aristas, en este campo muerto, junto a las flores del artificio y del “no te olvido, pero apenas te recuerdo”. Esa calma, esa claridad que envuelve el camposanto, esa brisa apenas perceptible que empuja el calor cobre la superficie de los objetos. Pero aquí hay alguien que es capaz de sentirse recorrido por esa sutil llama que se contonea, que se pasea suavemente por el cuerpo joven con su caricia inevitable y necesaria. Y es ese rostro, pero sobre todo esos ojos, aquellos ojos ¿fantasías producidas por una mente inquieta, ávida, que desea volar, ávida porque desea saber? “Esos ojos, esa fuerza…” Y desea, desea con esa voluptuosidad que le retuerce bajo la luz cegadora de julio, junto al acalorado muro penetrado por la hiedra aún fresca (…)



            Una nube se pasea solitaria y otorga una breve pincelada de penumbra sin matices al calentado suelo del mediodía, ¡cómo se ha enrarecido la escena! Incluso el piar aquel del pájaro se ha ido. Al cabo de un rato, los árboles, la verja, las tumbas, el sudor, la propia respiración, las propias manos, ya todo parece enrarecidamente familiar. El hambre suena en su estómago. Sensación que se añade a la que le pesa en el pecho, que le provoca un vaivén en la cabeza. Rápido, esta vez sin ningún tipo de cautela, se aproxima a la puerta enrejada. Inicia el trayecto. A paso ligero por el camino llano, recorre el sendero mientras roza apresuradamente matojos y flores. Todo se siente extraño. La casa está próxima, quiere ir hacia la casa a través del tiempo que para él se ha detenido. El frescor del gran zaguán le recibe. Palpitaciones. El salón está próximo, la gran mesa está próxima. Todo lo que le es próximo ahora lo tiene a su alcance.
           
            La comida está servida, el vino dispuesto, el criado aguarda discreto para ofrecerle asiento, “Señor” – le dice. El brillo de las velas es lo único que hace palpitar sus venas con el recuerdo de algo lejano. Con la mirada asustada y por tanto, poco inocente, recorre el amplio comedor, han llegado los padres. El saludo, habitual, de compromiso. Como mandan los cánones, la educación exquisita. No encuentra nada en ellos más de lo que ve yacer por la mesa distribuido, ordenado. Hasta se sorprende a sí mismo repasando, una y otra vez, los objetos cotidianos, los objetos de siempre. Pero no como siempre, algo se rebela en su interior y una nueva sonrisa colorea su rostro ¿Cómo evitarlo? ¿Cómo evitar algo que le hace sentir tan bien?




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            - Curioso, muy curioso…  - Masculla Greenberg.

            - A día de hoy…- Divago yo mientras busco en la nevera. – Puede sonar anticuado. Pero sí que mantiene el espíritu de Hoffmanniana ¿no cree?, no como el anterior. De todas formas, parece más humano.
            - Oh, claro. Pero, je… casi parece un Spin Off donde hacer evolucionar a un personaje. Éste libro… ésta colección de relatos no parece poseer una estructura interna y en cambio…

            - ¿Usted qué dice? Está claro que el tema era sexual, salta a la vista. – Remuevo los baldes -, teníamos que haber comprado…, verá, tal y como yo lo veo, la revelación que tiene el personaje es muy personal. Por desgracia esos temas siempre son actuales, al fin y al cabo en los tiempos en los que vivimos, los extremos se han disparado hacia direcciones irreconciliables. El mundo ahora está formado por grandes islas. Las personas son realmente distintas en un sitio o en otro. Cuando eso fue escrito, más o menos, esto no era así. Vivimos en un mundo bastante extraño y cansado…

            Greenberg se levanta y comienza a contemplar reflexivo los cuadros.

            - Todo en esta casa pertenece al pasado. Pero ese pasado no fue mejor que el presente, ¿lo recuerda? La época en la que se escribió ese libro resultó ser convulsa, pero nada de eso aparece ahí…

            - Un escapismo, una evasión… y sin embargo ahora nos ocurre lo mismo. ¿Qué me dice de la libertad del individuo? El personaje, Cunnings, se sorprende de sí mismo en una especie de ambientación decimonónica, es la misma sorpresa que todos tenemos al recordar cómo ha transcurrido el tiempo… ha habido cambios extraordinarios, pero también, también…

            - La misma basura de siempre – El periodista suspira. – Ahora sé por qué me afecta tanto estar aquí. Uno no puede huir de estas paredes, son demasiado estables.

             - ¿Quiere que siga leyendo?

            - Por favor. Yo prepararé la cena.

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