viernes, 22 de febrero de 2013



Prólogo:



            Me contaste que alguna vez pudiste ver a ese personaje de cerúleo rostro, raido abrigo negro, gafas de concha y andares de vendaval. Sí, los dos sabemos de quién estoy hablando. Aún puedo notar la extraña sensación que produce encontrárselo cara a cara sabiendo, como tú y yo sabemos, las cosas que se asocian a su nombre.  Pues hace una semana vino a visitarme y tuve que aguantarme el sobresalto. “Soy Céloric…”, me dijo, como si yo no lo supiera ya. A punto estuve de decirle que sabía perfectamente que ese no era su verdadero nombre, ¿Te imaginas? ¿Y si hubiera sido capaz de realizar una torpeza tan enorme?; comprenderás que yo no podía saber a qué demonios había ido a mi casa el tal Céloric… pero en cuanto le vi entrar en el salón tuve que esforzarme en disimular mis ansias por salir corriendo. Y no puedes figurarte… vino para contarme una cosa… ¡y se quedó para varias horas!; un asunto de conciencia ¿lo puedes creer? Alguien como él posee una, pero ya te contaré en otra ocasión todos los detalles y a ser posible junto a un buen vino, como es tu costumbre… Ése tétrico personaje llevaba años mascullando acerca de uno de los diversos crímenes que había cometido, uno de esos crímenes por encargo y a la desesperada que le han hecho famoso en ciertos círculos. Se sentó tan tranquilamente frente a la mesa del salón y se quitó su sombrero de ala ancha. “Por favor, si fueras tan amable de servirme un anís…”, eso fue lo primero que me dijo. La luz blanca pintaba su rostro entrado en siglos vividos con desconcierto y yo no podía sino pensar que tal vez mi última noche en este mundo se decidiría en base a si guardaba alguna botella con ese brebaje o no… y no tenía, así que me apañé con un moscatel del que ignoro su procedencia… debía ser el regalo de algún vecino, uno de esos jubilados que de vez en cuando se entretienen haciéndome una visita. En ese momento sentí que aquella botella que brillaba rojiza en la noche me había salvado la vida… aunque siempre podía haber recurrido a la ayuda que me proporciona mi ancestral biblioteca secreta, esa que ya conoces. Hubiéra bastado que me escondiera en ella, pues allí el horror que era el ser que me observaba de frente en ese momento no poseía ningún poder, ninguna influencia. Pero mejor que no me entretenga. Solo diré dos cosas, increíbles por cierto: la primera es que, según me contó a lo largo de la velada, llevaba años, varias décadas, tratando de retomar el camino correcto. Ignoro qué debía entender él por algo así. Pero asómbrate después, amigo mío, porque lo segundo no es menos curioso, sobre todo para ti que tanto te gustan estas cosas… me reveló, en unas horas, el secreto de un misterio sobre el que llevábamos años hablando y sobre el que Helmke dudó hasta el final de sus días… me contó, en resumen, lo que ocurrió realmente con (Ernesto Meneses), y lo hizo al punto, comenzando la narración al pie de aquella frase…, como si realmente no hubieran pasado los más de cien años desde entonces, en un vistazo temporal tan pragmático como un parpadeo. Por eso te contaré la historia como si de la ampliación de aquella novela que escribí se tratase. Ya sabes lo mucho que me gustan mis transcripciones literarias sobre todo lo que me contaron Helmke y Jacobs. Agradécemelo porque la narración atropellada que yo escuché aquella noche carecía de toda emoción. Por último añadiré que desde entonces, junto a una botella de moscatel, guardo siempre otra de anís, conviene ser precavido. Así pues…


Diálogo con una sombra

¿Qué ocurrió sin embargo con el extraño buhonero conocido bajo el nombre de Humberto Meneses? Todo hacía suponer que en sus últimas horas había conseguido la posesión del preciado tesoro que con tanto anhelo había perseguido en un viaje a vida o muerte desde lo profundo del Yucatán hasta París, alcanzando las solitarias calles de la Barcelona gótica. Nadie supo más de él, nunca se encontró su cuerpo, desapareció junto al objeto numinoso que representara la obsesión de su vida. Y sin embargo aún estaba por decidirse un secreto encuentro, término de una búsqueda desquiciada que tuvo a bien producirse una noche de mayo de 1944. Una fría noche en la que un desamparado hombretón de rasgos severos huyó de nuevo de sus semejantes, buscando refugio una vez más en su pensión destartalada, cercana al puerto de la ciudad; esa noche escuchó una gélida llamada desde el reverso de la única puerta de su guarida. Inquietante esa llamada. Como un chiquillo asustado aproximó una oreja deseando con todas sus fuerzas que aquello no representara de nuevo para él una de esas pesadillas en vida de las que nunca podía escapar. Tal era su destino y tal era su cruz. Entonces ante el silencio producido por la marcha del supuesto visitante, se atrevió a abrir la puerta y asombrado no pudo distinguir sino unas leves palabras negras garabateadas sobre la vieja madera del suelo. “He estado esperando muchos años este momento. Usted y yo somos viejos conocidos. Yo fui su víctima y usted mi verdugo. Por favor, acuda al piso tercero, puerta cuatro”. En esas se expresaba el escueto mensaje. Por lo que aquel hombre con aspecto de no conocer el miedo, tembló al instante. Aquel hombre, que no era un hombre, y que respondía con la identidad de Céloric Callaghan…; era evidentemente un nombre falso y tan poco ilustrativo de su corpulenta figura, tan poco asociado a sus rasgos de cera, que jamás resultó ser un engaño creíble. Nosotros que un día le oímos nombrarse a sí mismo Helveg, podemos imaginar, igualmente, los pensamientos que comenzaron a nadar en el interior de su cabeza desde aquel momento, iban pasando de una sien a otra. Por un lado sentiría curiosidad, pero por otro lado un terror insoportable a encontrarse ante otra vieja historia, olvidada ya, que le haría sentir como un condenado en vida. Víctima y verdugo. El mensaje no llevaba a engaño. Helveg sabía que de nuevo debía enfrentarse a los remordimientos que le atormentaban. Que debía afrontar los resultados de otro de sus actos de supervivencia, a otra humillación, de nuevo otra pesadilla confundida entre un mal sueño y la cotidiana necesidad de seguir con vida.

            Debió desplazarse con cautela. Tan sólo subir unos escalones, hacia el piso superior, y dirigirse a la puerta con el número cuatro colgando impasible. ¿Qué habría detrás? ¿Qué nueva historia? Golpeó la puerta. Una y dos veces. Tres veces. Una misteriosa y trémula voz  susurró hasta alcanzar un cierto volumen, le pidió que “Por favor, no apague la luz del pasillo”, dos veces. Un chasquido precedió a una corriente de aire que se coló fresca por unos instantes en el momento en el que las bisagras gimieron al rozarse, y algo poco menos que comprensible quedó centrado tras el marco de la puerta, una silueta de indescriptible forma, esponjosa y con apenas consistencia. Helveg tuvo que esforzar sus ojos ante la visión de lo incomprensible. Para alguien como él resultaba una actividad poco menos que habitual. Aquella vez, en cambio, dejó escapar un débil y prolongado quejido mientras los ojos tras sus redondas gafas se agrandaban tratando en vano de delimitar aquella forma incorpórea que temblaba y se estremecía, aquella forma oscura que hacía marear a los sentidos. “Entre, se lo suplico, o de algún modo podríamos prolongar en exceso la agonía de verme reconocido en sus ojos, de otra manera no me es posible, ya que en mi casa no guardo espejos.”
            Un nuevo quejido de las bisagras precedió a un suave contacto de madera. Una pequeña casa de apenas tres habitaciones, todas las luces encendidas, las bombillas irradiando calor y las velas apagadas, distribuidas en todos los rincones. Helveg creyó encontrarse en un lugar ahogado, asfixiado. Las paredes se encontraban desconchadas. El amarillo de la luz jugaba con las manchas y la suciedad. Ese calor le hizo sentir su enorme abrigo apretándole el cuerpo. Helveg sentía todas estas cosas cuando la figura trémula se desplazó en dirección a una mesa para después sentarse; costaba acostumbrarse a ella, apenas se atrevía a mirarla. Habian libros por el suelo, libros en torcidos estantes, libros apilados por los suelos, montañas de libros, junto a las velas apagadas. La figura hizo un gesto. Todos los libros eran viejos. Con otro gesto señaló una silla apoyada a un muro. Entonces un sudor frío cayó por la frente de Helveg. Acercó la silla, evitó arrastrarla con un golpe de voluntad, la acomodó y se sentó sobre ella. Sonó algún tipo de crujido. Levantó la vista, y algo pareció brillar entre la densidad de aquel ser oscuro. Brilló otra vez y luego comenzó a hablar.
            - Usted es Celoric, aunque en realidad se llame de otra forma. Hace exactamente cuarenta y nueve años, usted acabó con mi vida.
            Y efectivamente, así podía haber sido. La silla crujió y Helveg se desabrochó el grueso sobretodo. La duda comenzó a asaltarle. ¿Qué ocurrió hace tantos años? ¿En qué se habría diferenciado de otros sucesos similares? Permanecieron en silencio. Trató de observar, la mirada le sirvió de guía para entender mejor a lo que se enfrentaba. Aquella silueta oscura poseía volumen, pero era mudable, a veces parecía perder parte de su contorno y a continuación lo recuperaba dando la impresión de un acabado preciso.
            - Es difícil hacer memoria ¿no es cierto? A mí también me cuesta, mucho más que a cualquier otro. Las ideas no duran mucho dentro de mi cabeza. Siempre que pudiéramos llamar cabeza… - Entonces señaló dos veces al bulto ovalado e impreciso en el que brillaban unas luces internas, lejanas en apariencia. Helveg comenzó a sentir nauseas. Como no había cenado, solo sintió emerger un cierto asco por la garganta. 





(Continuará...)

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